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El Delator y la consolidación de Ford como director (II)

Viene de El Delator y la consolidación de Ford como director (I)

Germán Esteban Espinosa

Para comprender una película siempre conviene tratar de contextualizarla en unos factores de producción determinados. Tras el pacto firmado con Merian C. Cooper, la RKO compra por 2.500 dólares un relato de Liam O’Flaherty, que se encuentra de gira promocional por América. Acto seguido, Ford se lleva a Nichols de viaje en el Araner por Méjico y le propone escribir el guión, asegurándose, tal como afirma Anderson, de introducir sus cambios personales a la trama original.

La película trata sobre un grandullón monstruosamente fuerte pero patéticamente idiota, Gypo Nolan, que sueña con llevarse a su novia prostituta a América para vivir bien, para lo cuál vende a su compañero Frankie a la policía inglesa, lo que despierta en Gypo un descenso a los infiernos motivado por su alcoholismo y su arrepentimiento, además de sufrir una persecución policial por parte del IRA. Esta producción establece los cimientos del idealismo irlandés de Ford, que transforma el relato original sobre un grupo comunista en contra de la policía irlandesa, en un cuento audiovisual sobre  un grupo del IRA en contra de los británicos. De hecho, hay datos no contrastados de que uno de los más celebres expresionistas alemanes, Arthur Robinson, rodó otra versión del relato de Flaherty, sin modificar, en 1929.

Gypo

Nichols ya demostró su maestría escribiendo el guión de La Patrulla perdida en tan solo ocho días, y vuelve de nuevo a exhibirla ganando un Oscar por El Delator. Nichols le comentó en una carta al británico Lindsay Anderson que esa película salió tan bien gracias a las reuniones de preproducción que se hicieron, en las que se congregaban Max Steiner con Joseph August (director de fotografía) y el resto. Afirma que el guión final no fue retocado por Ford, que no obstante simplificó algunos de los símbolos pensados por Nichols.

El aire que se respira a cine alemán de entreguerras no es casual. Ford realmente quería hacer una película expresionista, ya que solicitó al estudio que los decorados estuvieran deformados, al estilo de El gabinete del doctor Caligari (1918), aspecto demasiado vanguardista para la RKO, que se negó completamente.

El rodaje de la película se hizo con poco presupuesto y a toda pastilla. Expulsó a un especialista por varias discusiones con él. En la filmación se encuentra una de las típicas anécdotas de Ford, según la cuál dejó de rodar una escena de Margot Grahame, la novia prostituta de nuestro protagonista, Gypo Nolan, porque ésta llegó 45 minutos tarde al plató, aunque seguramente lo hiciera porque no le gustaba la escena.

En el pase previo a su estreno, los de la RKO se quedaron perplejos y seguros del fracaso de la cinta. Sin embargo, la crítica la premió con cuatro estatuillas, y el público con una recaudación que les dejó un beneficio neto de 290.000 dólares (el presupuesto de la producción era de 243.000).

El Delator. El descenso a los infiernos

El Delator es una de esas películas que aún están buscando el lenguaje del sonoro, en la que se aprecia claramente la influencia de los alemanes, especialmente de M, el vampiro de Dusseldorf  (Fritz Lang, 1931), película sonora en la que un asesino de niñas es buscado por los criminales, y hay un ciego que lo señala con una M en su espalda.

Los seis primeros minutos de la película carecen de diálogo, lo que demuestra que podría haber sido una excelente cinta muda. De hecho, la primera parte es la más interesante de la producción; porque después, cuando comienza el viaje alcohólico del protagonista, sus gritos y las sobreactuaciones aún imperantes en buena parte del reparto hace que la cinta parezca muy envejecida. De hecho es la única de las personales de Ford que parece antigua.

No obstante, la música y la fotografía son soberbias. El metraje se rodó en estudio, aunque gracias a la siempre constante niebla, las luces de farola, y la sencillamente gloriosa fotografía de August, el espectador tendrá la sensación de que se tratan de exteriores opresivos. El primer encuentro de Gypo Nolan con el cartel de su amigo, buscado por la policía y con recompensa de 20 libras, es soberbio. Los créditos comienzan con la silueta de Gypo y de soldados, seguidos por la música. Después la cámara sigue a Gypo, que se para frente al cartel de la recompensa, para a continuación ser la cámara la que avanza hacia el cartel, señalando su importancia y estableciendo un vínculo entre uno y otro.

Gypo McLaglen

Aunque finalmente decide arrancar el cartel, cuando avanza por la calle siguiendo el sonido melodioso del canto de un irlandés, el póster lo persigue, llevado por el viento y pegándose a su pierna. Ya solo es necesaria la irrupción del diálogo con su novia, que por cierto abre la sonoridad del filme gritando su nombre: “¡Gypo!”, con lo que demuestra la importancia superior del personaje central. Cuando miran juntos un escaparate en el que se ofrecen billetes para América por 10 libras, la decisión de Gypo está prácticamente tomada.

Es cómico cómo Ford muestra visualmente los sentimientos de Gypo cuando se encuentra con Frankie, ya que se superpone un letrero que reza ‘20 libras’ debajo de la cara real de Frankie. Tras la muerte de su compañero, al salir de comisaría se choca contra un testigo que resulta ser un ciego, invidente que al final lo inculpará ante el juzgado de soldados del IRA, de modo semejante al desenlace de M. Aquí comienza un camino de destrucción en el que McLaglen se sumerge en una locura etílica y malgasta sus libras, por culpa de la acción de un molesto personaje encarnado por J. M. Kerrigan, único irlandés del reparto, que le convence de la ilusión de que es el más querido del pueblo, cuando en verdad solo se aprovecha de su dinero, como si fuera un Mefistófeles guiando a Fausto a través del espacio y el tiempo.

Gypo y Frankie

Su destrucción culmina con el juicio, en el que acusa a un pobre sastre genialmente interpretado por Donald Meek. Cuando lo declaran culpable huye a la casa de su novia, hasta que tras luchar termina tiroteado por el IRA. La clave de la cinta está en la niebla y en los gritos de Gypo. McLaglen es realmente robusto, como lo demuestra el hecho de haber pertenecido a la Guardia Real de Inglaterra y ser campeón de boxeo de los pesos pesados del ejército británico, lo que le permite encarnar con maestría toda la fuerza bruta que exige su personaje. Parece ser que para dirigir a McLaglen, ensayaban al final de cada día de rodaje las escenas del día siguiente, aunque en realidad para Ford no eran ensayos, sino las tomas auténticas, ya que reflejaban el cansancio real del actor.

Max Steiner repite aquí un trabajo excelente, semejante al que realizó en La patrulla perdida, donde se le encargó pintar con música a los enemigos árabes invisibles, trabajo de gran calidad que compensaba la insoportable sobreactuación de Boris Karloff. La música es constante, repitiendo sus leitmotifs en los momentos precisos. El símbolo de su arrepentimiento se denota en el dinero, que lo corrompe y traiciona sus fines, dejando a todo su círculo y a él mismo en una situación mucho peor a la inicial. También potencia la sensación de culpa el cartel con al foto de su amigo, que aparece en transparencia cada vez que Gypo pasa junto al sitio donde estaba.

Fotograma de "El delator"

Esta es una de las cintas donde Ford deja constancia de su catolicismo, al colocar el desenlace en una iglesia, a la que Gypo entra malherido, para que la madre de su amigo asesinado lo perdone. El cuadro se cierra con una imagen de Cristo a la izquierda, con la madre arrodillada y cubierta por un manto, y McLaglen con los brazos en cruz hablando con Cristo, mientras cae muerto.

Es la mejor manera de empezar en serio con la obra de Ford. No obstante, recomendamos que si nadie ha visto nada de Ford, comience con El hombre tranquilo (1954), una de las múltiples obras maestras de Ford. En la próxima entrega, abordaremos La Diligencia (1939), película de grandísima importancia para Ford, que establece el vínculo entre el director y John Wayne, y que rescata del olvido el género del western.

John Ford - el monográfico

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