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Dos hombres sin destino

Fernando Bonete Vizcaino

La muerte del western a lo largo de la década de los sesenta es ya por todos conocida. Desde El hombre que mató a Liberty Valance (1962) John Ford daba un vuelco al género y permitía a sus homónimos en la dirección transformar al vaquero tradicional. Peckinpah se desplazaba en busca de novedosos guiones con aventuras diferentes mientras que Leone exageraba los gestos hasta deformarlos.

Dos hombre y un destino (G.R. Hill, 1969) es inevitablemente hijo de su tiempo, por lo que se encuentra dentro de esta metamorfosis del estudio hollywoodiense no solo en cuanto al revólver, sino también en la forma y la estética. Es imposible no ver en este largometraje la huella de los nuevos parámetros que rigen el cine de los sesenta y el primer sello del emergente cine posmoderno.

La exaltación de la anomia (la ausencia de reglas sociales), la búsqueda de nuevos horizontes, el encumbramiento del villano como ejemplo modélico, la relación amorosa de corte relativo y equívoco… Todo ello nos hace remitirnos a películas como El graduado, Easy Rider Cowboy de medianoche, tan distintas en cuanto a la forma como parecidas por su mensaje. Por no decir de Bonnie & Clyde, que pese a sus diferencias por la justificación del fin por los medios de esta, tiene hasta un mismo final.

Y como acompañamiento la excepcional actuación de Newman y Redford en una absoluta compenetración y una música que brilla por su ausencia. Solo suena cuando debe hacerlo, en el momento preciso nos dedica los acordes necesarios para acompañar y encumbrar la acción y darle la función que se busca. Inolvidable ese Raindrops keep fallin’ on my head (B. J. Thomas) a modo de videoclip, con la magistral actuación de Newman como saltimbanqui y una grabación de luces preciosistas. Esto no hace sino recordarnos de nuevo las películas anteriormente citadas, en las que se presentan temas musicales que pasarán posteriormente a la historia de la música como auténticos clásicos: Sound of Silence (Simon & Garfunkel) en El graduado, Born to be Wild (Sttepenwolf) en Easy RiderEverybody’s talking (Harry Nilsson) en Cowboy de medianoche.

Pero ¿y si Butch Cassidy siguiera vivo? ¿Y si el western no hubiera muerto? El viaje continúa con Blackthorn en una auténtica joya de la dirección y fotografía españolas en la que las imágenes se palpan, se gustan, se sienten, se huelen y hasta se ven, ensalzadas por una música sutil y perfectamente acoplada al espíritu del film. Pero el camino no tiene fin, no hay destino posible, el mundo del vaquero con todo lo que representa (honor, virtud, solidaridad) no tienen cabida en el nuestro. Cuando el cuerpo desaparece, el espíritu, la leyenda, debe continuar…

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– Otras críticas en la sección Cine.

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Continúa el camino...
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