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Decepcionante

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"Renoir" (2012) - Gilles BourdosTítulo: Renoir

Director: Gilles Bourdos

Guión: Jérôme Tonnerre, Gilles Bourdos

Director de fotografía: Mark Ping Bin Lee

Producción: Olivier Delbosc, Marc Missonier

Reparto: Michel Bouquet (Renoir pintor), Vincent Rottiers (Renoir cineasta), Christa Theret (Andrée Heuschling)

Duración: 111 minutos

País: Francia

Año: 2012

Distribuye: Golem

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Germán Esteban Espinosa

Hay películas que conmueven el alma, nos provocan una catarsis, o hacen que disfrutemos como enanos. Otras son pésimas, las odiamos, hacen que segreguemos bilis y que lamentemos profundamente habernos gastado el dinero en ir a verlas. Pero las peores son las que decepcionan, las que  produjeron en nosotros, gracias a la publicidad, una serie de expectativas que se ven traicionadas y pisoteadas por la cinta final.

Esa es la sensación con la que salimos de la sala después de contemplar la producción francesa Renoir. Cuando un largometraje trata sobre la vida de un artista, el realizador y el guionista se enfrentan a la elección de qué aspecto tratar con mayor cuidado, si la forma o el tema. Las que abordan el tema, se preocupan fundamentalmente por transmitir la historia y los conflictos de la persona del pintor con su familia, con la sociedad y consigo mismo. Las que tratan sobre la forma, que son las más interesantes y complejas, tratan de hacer que la fotografía y el color del filme restituya sobre el lienzo el estilo pictórico del artista.

Sin embargo, la película de Gilles Bourdos no termina de comprometerse ni con la temática ni con su estilo. El impresionismo genial del pintor francés desaparece y se ve sustituido por un realismo sin gracia. La llegada del tren al principio de El Hombre Tranquilo (John Ford, 1954) tiene más de Renoir y Manet que toda la trama de Renoir. El fondo argumental parece dibujado con un bolígrafo despuntado, de manera que todo queda superficial y desenfocado, tanto como los rostros de los personajes en los planos generales de la cinta.

Nunca sabremos si estas manchas de luz en las que se transforman las caras de los actores en los grandes cuadros campestres del largometraje son causados por una penosa labor de dirección de fotografía o por un fallo en la copia proyectada; pero lo cierto es que no es lo único en lo que flojea la cinta, ya que los movimientos también quedan emborronados y los contrastes desaparecen.

Fotograma de "Renoir"

El colmo de la petulancia, de lo hortera, sucede durante la cena a la luz de la hoguera del joven Jean Renoir (hijo del pintor y destinado a ser uno de los mayores iconos del cine galo) con la indefinida Andrée. El director parece que sabe cómo engañar al público, haciéndole creer que ha iluminado la escena valiéndose únicamente del leve temblor de las llamas. Sin embargo, el espectador atento no tardará en descubrir que por encima de las sombras temblorosas arrojadas por el fuego, los actores reflejan el fulgor de un foco de luz continua, que es la auténtica fuente de iluminación.

Nos quedaría el fondo, idealmente construido sobre una historia compleja, de conflictos paternofiliales irresolubles; sobre el amor y el desamor, la búsqueda del sentido de la vida y el arte, o al menos un triángulo amoroso entre los Renoir y la joven modelo Andrée. Pero no. No hay nada de eso. El pintor simplemente aparece esbozado. No explica bien sus problemas  de salud, ni la relación con sus hijos y sus múltiples criadas. Sobre su concepción del arte y la vida solo cita unas breves frases, que quedan falsas, casi sobreactuadas pese al gran talento interpretativo de Michel Bouquet.

Michel Bouquet

Andrée es un personaje que podría no existir. Supuestamente ejerce de motor de los puntos de giro de la trama, pero actúa de manera ilógica, porque no tiene bien definidos ni sus objetivos ni su trasfondo. ¿Es actriz? ¿Una niña rica que huye de casa? ¿Una prostituta? Nunca lo sabremos. La cumbre del absurdo lo encarna el retoño menor del pintor, que aparece y desaparece de la cinta más perdido que el personaje de Quique San Francisco en Amanece que no es poco (José Luis Cuerda, 1989).

El realizador tiene el mal gusto de perder en la entropía la escena más interesante de la cinta, cuando el pequeño Renoir pilla a Andrée durmiendo desnuda, coge un bote de puntura en polvo y sopla, decorando de azul el pecho de la mujer. Es una escena delicada, que enfrenta el arte contra la inocencia y el erotismo, y que puede dar mucho de sí. Sin embargo, tan pronto como ha llegado se va. Hay un corte de plano y la vida fílmica sigue como si no hubiera pasado nada. Ni un comentario. Ni una reacción. Ni siquiera Andrée quejándose de las manchas. Nada. Desaparece con la misma magia indescifrable con la que aparece la segunda modelo, la que tiene un bebé en la película. En una escena no está y de repente ¡pum! Aparece.

Andrée

El resultado final de este conjunto de despropósitos es una película soporífera, en la que ni se puede disfrutar del arte pictórico del maestro impresionista ni aprender de su vida. Ni siquiera invita a reflexionar sobre la diferencia o proximidad entre arte y oficio; entre el talento y la técnica. Es claramente decepcionante a la par que aburrida. Solo tiene una escena digna, que es la que opone un interior caldeado por la luz del fuego, esta vez real, a un exterior suavizado por el azul intenso procedente del mar.

Continúa el camino...
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