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Cuando el cine nos engaña… “Drácula”

Antonio Miguel Jiménez Serrano


Con Drácula Untold se hunde la última de las oportunidades que el cine ha tenido para llevar a la gran pantalla la versión histórica del archifamoso personaje Drácula. Aún así recuerdo cómo, hace casi dos años, escribía un artículo en torno a ello, la doble vertiente mítico-histórica del príncipe vampiro, aunque, por desgracia, no llegó a las altas esferas de Hollywood.

En la nueva entrega sobre este personaje, vemos un fallido intento de entrelazar una historia mítica, la cual he de decir que no está mal, con una historia verídica, que es chapucera como poco. Así, los que hayan visto el filme deben saber ciertas cosas que les aclararán algún lío que les hace la película, y para los que no la hayan visto… Se la estropearemos.

De esta manera, me gustaría empezar hablando de la nefasta visión que muestra el filme (aunque dudo seriamente que lo muestre) en cuanto al ámbito socio-político de los territorios en, o en torno a, los Cárpatos. La situación del poder en las zonas de Valaquia, Transilvania y Moldavia en torno a mediados del siglo XV con respecto al reino de Hungría y al Imperio otomano son de una complicación considerable, eso sin olvidar que nos encontramos ante un caso peculiar: una sociedad de frontera.

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Tanto Valaquia como Moldavia eran pequeños principados que contaban con una nobleza autóctona (boyardos), un pueblo mayormente campesino (pequeños propietarios) y núcleos poblacionales de origen sajón, situados en los nacientes burgos. Hemos de repetir, pues tiene su importancia, que dichos territorios se encontraban rodeados de unos potentes vecinos. Encontramos, además, una situación interna cuya mejor política hubiera sido una mezcla de prudencia y contundencia. En cuanto al exterior sólo cabían dos opciones: aliarse con el más fuerte o sucumbir. Ello propició que los intereses húngaros y turcos convulsionaran de manera importante la situación política de los pequeños reinos, siendo así que Mehmet II y Matías Corvino usaron, o al menos lo intentaron, a personajes como Esteban el Grande de Moldavia o Vlad Draculea de Valaquia a modo de torres-caballo en su gran tablero de ajedrez.

En cuanto al caso concreto de Vlad III Draculea, o Tepes (estacas), tenemos que entender que conocía a los turcos, pues engrosó la lista de rehenes reales en la corte de Constantinopla, pero de ningún modo formó filas con los jenízaros, cuerpo de élite del sultán, procedente del impuesto en niños de las tierras conquistadas o subyugadas, y, por supuesto, nunca luchó para, ni, con los turcos. Las fuertes convicciones religiosas de Vlad le impidieron entrar en batalla bajo el estandarte musulmán, y, pese a que algunos autores actuales afirman que contó con el apoyo del sultán durante su primer mandato en Valaquia, lo cierto es que no hubo tal, si bien su posición allí convenía estratégicamente al turco y, sin más, no le quitaron. Los intereses húngaros y boyardos, sin embargo, jugaron en contra de Vlad, que se vio en un abrir y cerrar de ojos vagando sin reino. Pero los vientos cambian, y si bien Juan Hunyadi, rey de Hungría, había sido acérrimo enemigo del monarca transilvano hasta el punto de arrebatarle el trono, más tarde se dio cuenta de la valía de aquél como aliado, reinstaurándolo como voivoda de Valaquia en 1456. Es, por otra parte, en este momento cuando las leyendas y los hechos se mezclan en los documentos históricos, como en la crónica de Antonio Bonfino (cronista de la corte de Matías Corvino), y si esto ocurre en los documentos históricos, ¿qué, pues, en un guión cinematográfico?

El hecho es que en el periodo de Vlad como voivoda de Valaquia (1456-1462) tuvo lugar la gran purga tanto de boyardos, la nobleza que se le oponía constantemente además de oprimir a la población y conspirar en lugar de unir fuerzas contra los enemigos, como de sajones, quienes tampoco aceptaban su poder llegando a rebelarse. Hemos de entender aquí que el empalamiento era un método de muerte cuyo objetivo era uno: aterrorizar. Utilizado por los antiguos asirios, dicho método debía recordar a los transilvanos y valacos que la rebelión se castigaría con la peor de las muertes. Lo cierto es que en aquella época era un recurso muy socorrido por gobernantes de “zonas periféricas” (y no tan periféricas) para la pacificación de territorios. Pero Vlad tuvo la mala suerte de enfrentarse a unos propagandistas natos, que convirtieron la imagen de un gobernante que luchó por su religión, su tierra y su gente a capa y espada en la de un monstruo sediento de sangre humana.

Vlad acabó en la cárcel de Matías Corvino después de haber aterrorizado a los turcos, y el monarca húngaro, como nos cuenta el cronista Bonfino, recibía a los legados otomanos delante del preso, para que las exigencias de éstos, a causa del miedo, fueran más bien moderadas. Vlad fue liberado, para morir luchando contra los turcos en 1476.

Continúa el camino...
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