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Bon Appétit

Fernando Bonete Vizcaino

Daniel, un joven y ambicioso chef español, acaba de conseguir su sueño: una plaza en el prestigioso restaurante de Thomas Wackerle en Zurich. Su extraordinario talento gastronómico servirá a Daniel para progresar en la exigente cocina de Wackerle, donde se enamorará de Hanna, la atractiva sumiller del restaurante. Ambos iniciarán un periplo “amoroso” que destapará la verdadera realidad de la vida de los dos protagonistas.

“Historia de amigos que se besan” receta el subtítulo en castellano de esta producción española, primer largometraje del director David Pinillos. Desde luego, si algo había en esta película eran besos, pero no busquen más allá. Aquí la posmodernidad campa a sus anchas sin barreras y es expuesta como única forma de vida posible.

No han transcurrido ni diez minutos cuando recibimos el primer mensaje sesentayochista: “el amor solo es química”. Es Daniel el encargado de firmar esta sentencia. Las relaciones solo tienen su sustento en el sexo, y esta atracción se acaba a los 3 años, viene a decirnos nuestro protagonista. Tanto Hanna como Hugo, otro chef del restaurante, se muestran de acuerdo. Y es que en la película no encontramos ni una sola relación verdadera. Los encuentros entre Thomas Wackerle y Hanna son únicamente eróticos (aunque esta se diga enamorada de su jefe), Daniel solo consigue obtener besos de Hanna, y Hugo va de flor en flor teniendo como diversión el placer.

Las relaciones “líquidas” son las únicas posibles, no existe nada verdadero en el amor digno de ser buscado (menos aún vivido). Claro que los problemas ante esta exaltación del sentir y ausencia de la voluntad y la razón no tardan en presentarse. Hanna queda embarazada de Thomas y Daniel es incapaz tanto de amar a la que hasta ese momento era su novia como de obtener el amor completo y de verdad de la primera, ese amor que afirmaba que no existía y que cada vez con mayor urgencia necesita.

El choque con la cruda y áspera realidad los sume en la consternación. Y la salida a la que optan no es a través del otro, pues no se asume el error cometido hasta ahora, que es precisamente la falta de alteridad, sino la evasión. Daniel, Hanna y Hugo comienzan un viaje a Bilbao, donde se entregarán a las salidas nocturnas, donde el alcohol y las relaciones sexuales son la medicina perfecta para escapar al desastre.

Es aquí cuando se hace patente otro elemento posmoderno crucial: la ausencia del padre. Daniel creció sin padre, pues se marchó a vivir con otra mujer cuando tenía 10 años. No ha tenido un referente con el que basar su vida, y la madre se erige entonces como presencia protectora y a la vez agobiante. La desacreditación de la figura paterna se completa con Hanna. Tampoco su hija tendrá padre, pues Thomas tiene mujer e hijos y no se hará cargo del pequeño para que su engaño no sea descubierto por su mujer; se trata de un irresponsable e inconsciente que no ha tenido en cuenta las repercusiones de sus actos en la vida de los demás, solo mira por sus intereses y por conservar las cinco estrellas de su famoso restaurante.

En esta oscuridad la única luz nos llega cercana al final. Hugo rechaza seguir trabajando en el restaurante de Thomas, consciente de su comportamiento con Hanna y cansado de su actitud arrogante, egoísta y despiadada hacia los cocineros. Se despide del restaurante en busca de algo más verdadero. Daniel, sin embargo, seguirá trabajando con la intención de obtener éxito y fama, aunque es consciente de lo anterior y de que Hanna le necesita. Finalmente, se da cuenta de sus faltas y deja de lado su propio yo para darse a Hanna. Esta es tal vez la única salida del narcisismo imperante en toda la película. Sin embargo, su intención cae en saco roto. Si bien Hanna acepta su amistad, no comparte el amor que Daniel siente hacia ella. La inutilidad de comportamientos más nobles y verdaderos queda patente en la última escena y toma, en la que Daniel aparece sentado sólo en la playa leyendo una carta de Hanna en la que le agradece todo su esfuerzo. La mirada de Daniel lo dice todo: de nada han servido mis esfuerzos por algo verdadero, sigo inmerso en la soledad.

La verdadera intencionalidad del largometraje y de su director, mostrar y demostrar constantemente a lo largo del filme la incapacidad de llegar a vivir una relación verdadera hacia el otro, queda patente en el subconsciente. Una soledad que solo puede ser combatida con narcotizantes como el alcohol, el vino o el éxito, y donde la otreidad queda relegada a un trigésimoquinto plano. David Pinillos reconoce que esta forma de vivir la existencia no nos hace felices, pero es la única que él conoce.

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