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Bananas

Fernando Bonete Vizcaino

Tengo entre mis más insanas costumbres el no leer libro o ver película alguna más de una vez. Las causas de esta desventurada práctica no vienen ahora al caso, pero les cuento esto para poder referirles ahora la excepción que confirma la personal y curiosa regla. Porque confieso haberla incumplido una vez ¡Qué digo! ¡Qué escribo! Dos, dos veces. Y ambas con la misma película: Bananas de Woody Allen.

Algunos pensarán que mereció poco la pena haber traicionado mis convicciones por tal frenética y desmedida creación rebosante de absurdo. Pero todo buen cinéfilo sabe que para enamorarse del séptimo arte es necesario un especial encuentro que nos cautive. Que el largometraje sea peor o mejor, afamado o desconocido importa poco. Hemos quedado ya prendidos del celuloide.

En mi caso fueron dos cintas, y dos citas. La primera de ellas despertó mi interés más abstracto e intelectual por la gran pantalla. El repaso a algunas escenas de Fresas salvajes durante la clase de Antropología me impulsarían después a refugiarme durante mucho tiempo en los metrajes de Bergman, con la convicción de que el cine también constituía fuente de acceso indispensable al conocimiento humano (ahora más que nunca, en una sociedad eminentemente audiovisual).

El segundo encuentro antecede en realidad al primero, aunque más tarde se haya repetido, como les señalaba al principio, dos veces más. No sabía por entonces que aquella estrafalaria y cutre película (porque es cutre, porque aunque las intenciones de Allen son inmejorables en aquel momento de inicio de su filmografía, el presupuesto es cutre) llegaría a edificarse como una de las propuestas del cineasta que más me gustan de su carrera.

Una sincera muestra de admiración por el cine mudo, a la vez que una burla a la falsa valentía humana, nos ofrece la siguiente exagerada y maestra escena, con el añadido del sorprendente cameo de Stallone:

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La parodia universal a las revoluciones sociales, con nuevos gobernantes peores a los predecesores, se deja sentir en la arriesgada aventura de la República de San Marcos, mientras que el hazmerreír personal deja el que para mí es el mejor juicio cómico de la historia del cine. Algunos fragmentos para ir sonriendo:

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Fumar cigarrillos tampoco será ya lo mismo tras la irreverente publicidad inserta en el filme:

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Para el buen fumador el ritual de aspirar humo es ahora más que nunca sagrado. Así una tras otra, Woody Allen se muestra como es. Lejos quedaban aún las máscaras de intelectualidad tomadas de Dreyer y Bergman, las situaciones de supuesta originalidad alquiladas a Fellini y un humor que fue expoliado sin miramientos a Keaton. No es que considere ilícito homenajear a los maestros (prohibirlo sería tachar de copia el cine actual), pero en Bananas, como en el resto de aquel cine de los 70 con el que Allen inauguraba su carrera, se respira novedad, frescura y una ilusión tremenda por hacer pensar para reír. Si era copia, se trataba de una copia original.

Así me enamoré yo del cine.

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