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Terremotos

Eduardo Mirón López
@EduardoMironLpz


Los seguidores habituales de los artículos de ciencia de Hombre en camino estarán ya familiarizados con mi ciclo habitual de artículos, formado por una biografía de algún científico ilustre, una introducción a la ciencia tras algo cotidiano y un comentario de alguna noticia de actualidad y la ciencia que en ella subyace. Este artículo versará sobre terremotos debido a los muchos titulares suscitados por la tragedia que sacudió Nepal el pasado sábado. Llegue desde esta humilde tribuna mi apoyo a los damnificados y sus allegados.

Un terremoto no es sino la liberación brusca de energía acumulada en la corteza terrestre. Para  llevarlo a un ejemplo común: se parece a cuando separas un yogur de los demás en un pack. Cuando comienzas a ejercer fuerza sólo se deforma un poco, pero llega un punto en que se parte la unión con un sonoro crack. La corteza terrestre está formada por 58 placas flotando sobre un manto de magma. Éstas se mueven, crecen y menguan demasiado despacio para que seamos conscientes de ello, pero inexorablemente. En los bordes las placas se empujan, separan o rozan y todo ello es fuente de tensiones, que no es más que una forma corta de decir energía acumulada. Al igual que en el caso de los yogures, llega un punto en el que las energía se libera bruscamente, produciendo en este caso un terremoto.

Esquema terremoto

El punto bajo la superficie terrestre de donde proviene la energía liberada en un terremoto se llama hipocentro, mientras que el epicentro es el lugar de la superficie directamente sobre este. Cuando este fenómeno ocurre la energía escapa en tres ondas distintas:

  1. Ondas tipo P: se propagan tanto en sólidos como líquidos a una velocidad entre los ocho y los trece km/s y lo hacen comprimiendo y dilatando alternativamente el suelo en la dirección de propagación de la onda. Son similares a las ondas sonoras y parten del hipocentro.
  2. Ondas tipo S: también parten del hipocentro, pero se mueven perpendicularmente a la dirección de propagación de la onda, como una cuerda pulsada en un instrumento. Estas ondas se mueven únicamente a través de sólidos a una velocidad entre cuatro y ocho km/s.
  3. Ondas superficiales: parten del epicentro y resultan de la combinación de las ondas P y S cuando llegan al límite de la corteza terrestre con el aire o el mar. Son las más lentas (se desplazan a unos 3,5 km/s) y de ellas se conocen varios casos: oscilaciones libres, ondas de Love y ondas de Rayleigh.

 

Como es sabido, hay zonas más propensas a sufrir temblores de tierra. Los límites entre placas tectónicas son de diversa índole. Hay casos en que las placas se separan, otros en los que convergen y en algunos que se rozan. La placa India chocó con la Euroasiática hace unos 70 millones de años y desde entonces la primera se hunde bajo esta última a razón de cinco centímetros al año, pero no sin dar batalla. Debido al titánico choque se formó la cordillera del Himalaya en la que se encuentra el Nepal.

El terremoto del pasado día 26 fue de 7,8 en la escala de Richter, aunque se tiene conocimiento de otros mucho mayores. La escala de Richter es una escala logarítmica para medir la energía de un terremoto, lo que significa que de 4 a 5 la intensidad es diez veces mayor (la energía liberada es 31,6 veces mayor). Dos cosas importantes de esta escala es que sus valores no se miden en grados al no ser una escala graduada y que los terremotos por encima de ocho no deberían medirse con ella, ya que este es su límite superior a partir del cual la escala pierde su sentido. En la actualidad realmente medimos los temblores en la escala sismológica de magnitud de momento, pero como los valores de esta coinciden con los de la de Richter en el rango de aplicación de esta última, por costumbre se sigue hablando de escala Richter.

Los seres humanos percibimos los terremotos a partir de tres en la escala Richter y el mayor del que se tiene constancia fue el Valdivia de 1960. Ese temblor fue de 9,5, lo que equivale a la energía liberada por una bomba de 290 megatones. Por compararlo con algo conocido, ninguna de las bombas nucleares lanzadas en el final de la Segunda Guerra Mundial pasó de los 20 kilotones.

En cualquier caso el terremoto que ahora copa las noticias no deja de tener un efecto devastador, al que hay que añadir los daños que causen sus numerosas y también fuertes réplicas. La prevención de terremotos es actualmente una quimera, porque no pueden detectarse con antelación. Lo único que puede hacerse es conocer la zona de riesgo y evaluar el riesgo estadístico de que ocurra dentro de un tiempo dado. Pero lo que sí puede hacerse es emplear técnicas de construcción específicas para zonas de riesgo sismológico, como se viene haciendo desde hace años en Japón en donde tan buenos resultados ha dado.

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