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La guerra de las corrientes

generadores de corriente alterna de Westinghouse

Eduardo Mirón López
@EduardoMironLpz


Si la historia del ser humano fuera una cordillera montañosa con sus picos apareciendo en orden cronológico y su altura fuese en función de su importancia, veríamos al principio colosos del tamaño del Everest representando el dominio del fuego o el desarrollo de la agricultura, pero muy cerca del día presente aparecería una pantagruélica cima. Ésta sería como el monte Olimpo al Everest (el citado monte es la mayor montaña conocida en el Sistema Solar con unos 23 km de alto) y representaría el dominio de la electricidad. El mundo actual sería imposible sin ella, pues la usamos como medio para almacenar información, para transmitirla, para realizar complejos cálculos en un abrir y cerrar de ojos o como energía pura. Puede que te preocupe la dependencia de los combustibles fósiles y su desaparición a medio plazo, pero eso quedaría en anécdota si perdiéramos el control de la electricidad. En este artículo vamos a destacar algunas curiosidades sobre este bien imprescindible y a ahondar en lo que se conoció como la “guerra de las corrientes”.

La corriente eléctrica es el flujo de carga eléctrica de un punto a otro debido a una diferencia de potencial. En palabras menos académicas: es el efecto del movimiento de unas partículas (generalmente electrones) de un lugar a otros porque en el último están en un estado de menor energía. Y es que todo tiene naturalmente a estados más estables, es decir de menor energía, ¿o alguien se estresa por gusto? La principal ventaja de la electricidad es que en la historia relativamente reciente se han desarrollado ingenios que permiten emplear la energía de este fenómeno para almacenarla o generar luz, calor o energía mecánica. Hoy disponemos además de aparatos pequeños y ligeros capaz de controlar este flujo de energía con gran precisión, por lo que al asignar valores lógicos a los estados de esos aparatos somos capaces de usar la electricidad como información.

Pero sin duda cuando oímos la palabra electricidad pensamos en ella como energía. Precisamente en este contexto comenzó la guerra de las corrientes. Corría el año 1882 y hacían dos años que Edison había perfeccionado la bombilla incandescente. Ese tiempo había bastado para hacer de él y de sus socios hombres ricos, Norteamérica había desarrollado un apetito voraz por la iluminación eléctrica y el negocio era redondo. Las bombillas de Edison funcionaban con corriente continua, así como los también populares motores eléctricos de corriente continua que aparecieron en aquella época. El principal problema de todos estos ingenios era el mismo: no podían alejarse mucho de su fuente de energía. Transportar corriente continua a más de una milla de distancia con pérdidas asumibles requería de cables imposibles. El cobre no era entonces tan caro como hoy, pero tampoco crecía en los árboles. Con todo, Edison no creía que esto fuera un problema y seguramente pensara que la necesitad de muchos generadores era bueno para el negocio.

La guerra de las corrientes

En ese mismo tiempo, en Europa ya había quien experimentaba con la corriente alterna: Duchenne, Ferranti, Gaulard, Ferraris y Tesla. Este último llegó a Estados Unidos empleado por el propio Edison. Como sabemos, tras muchos azares y crisis, Tesla logró el apoyo económico necesario para crear su propia empresa y su producto estrella era el motor eléctrico de corriente alterna. Este tipo de corriente ofrece unas ventajas evidentes sobre la continua: es fácil variar su voltaje y gracias a ello se puede transmitir a grandes distancias con muy bajas pérdidas. La energía eléctrica es un producto de su tensión, su intensidad y el tiempo. Las pérdidas en el transporte son principalmente debidas al efecto Joule, por lo que cuanto menor sea la intensidad, menos pérdidas habrá. La solución para transmitir la misma cantidad de energía sin grandes pérdidas es entonces aumentar el voltaje. Esto es complicado en corriente continua, pero muy sencillo en alterna gracias a los transformadores.

El siglo XIX llegaba a su fin con Edison a la cabeza de General Electric y Tesla abanderando la Westinghouse Electric, ambos en plena pugna por el recientemente creado mercado de la energía eléctrica. Edison acusaba abiertamente a la corriente alterna de matar accidentalmente al ganado y se cree que financió en secreto la creación de la silla eléctrica, que funcionaba con corriente alterna, para indisponer aún más al público a usar este tipo de energía.

En 1889 se inauguraba la primera línea de corriente continua de larga distancia (23 km) para transportar la electricidad desde una central hidroeléctrica a Portland, pero un año después una riada destruía las instalaciones y al reconstruirlas se emplearon generadores experimentales de corriente  alterna. Antes de poder sacar conclusiones llega la gran batalla de la guerra: las cataratas del Niágara. En 1990 se proyecta la construcción de una central hidroeléctrica en dichas cataratas y se encarga su diseño a un grupo de expertos liderados por el mismísimo Lord Kelvin. Los grandes tiburones de las finanzas de la época están en el negocio, entre ellos el magnate J. P. Morgan. Este último era uno de los fundadores de General Electric. La gran pregunta era ¿continua o alterna? La comisión no podía decidirse por una u otra a pesar de las muchas presiones existentes.

estación cataratas niagara

Mientras, al otro lado del Atlántico, en 1891 tiene lugar la Feria Internacional de la Electricidad de Franckfurt. La iluminación corría a cargo de la empresa AEG, que aprovechó para zanjar la guerra en Alemania al demostrar que su sistema de corriente alterna llevaba la electricidad a la feria desde la planta generadora a 175 km con un sistema sencillo y con muy pocas pérdidas. Esto impresionó a muchos técnicos y fue el argumento principal que George Forbes empleó para convencer a la comisión de las cataratas del Niágara de adjudicar el proyecto a Westinghouse Electric. El proyecto era faraónico y el primer problema era la financiación, pero General Electric aprendió por las malas que en el capitalismo sólo importa el dinero cuando J. P. Morgan respaldó económicamente a Westinghouse Electric.

Edison atacó entonces a la desesperada, argumentando que nunca serían capaces de proveer suficiente energía para la industria de Buffalo a la que debían abastecer. Tesla respondió afirmando que sería capaz de abastecer todo el este de los EE. UU. Hasta entonces se había logrado una potencia generada de 225 kW, pero gracias a los ingenios de Tesla se pudieron generar en las cataratas del Niágara 37 MW, más de 150 veces más potencia. En 1896 General Electric había perdido la batalla y la guerra. Los generadores llevaban placas con el nombre de Tesla y como compensación o humillación, se le adjudicó la construcción de los cables de transmisión de la electricidad hasta Buffalo.

Aunque ninguna epopeya está completa sin un final mínimamente abierto. Tras décadas de indiscutible dominio de la corriente alterna, nació una nueva técnica que empleaba pequeñas corrientes continuas para transmitir información. Así resurgió la corriente continua, no como el gigante de la energía, si no como la sutil pero hoy indispensable electrónica.

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