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Henry Ford

Eduardo Mirón López
@EduardoLpzMiron


En la sociedad en la que vivimos damos por supuestas muchas cosas, como que ciertos artículos sean lo suficientemente baratos y abundantes como para considerarlos al acceso de toda la población. Como todos aquellos que hayan estudiado Historia saben, esto no fue siempre así y en gran parte esto fue posible gracias al personaje de hoy.

Henry Ford nació en 1863 en  EEUU, en el seno de una familia humilde que vivía de la granja familiar. Su madre murió cuando él contaba trece años y esto supuso un duro golpe ya que Henry detestaba la granja y su madre era lo que más le unía al resto de su familia. Desde los diez años conocía su verdadera pasión: los automóviles. Fue en 1873 que vio por primera vez una máquina de vapor (destinada al trabajo agrícola) propulsar un carro. A los quince años su padre le regaló un reloj y practicó desmontándolo y volviéndolo a montar una y otra vez hasta poder ganar algún dinero reparando relojes. Con dieciséis años se marchó a Detroit y desde entonces persiguió su sueño.

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En 1891, trabajando para la Compañía de la Luz Eléctrica Edison, Henry Ford se convierte finalmente en ingeniero. Tan sólo dos años más tarde es el ingeniero jefe de la compañía y puede dedicar tiempo y dinero al diseño y construcción de su primer vehículo a motor, que termina en 1896. En ese mismo año el propio Edison le anima a continuar con sus diseños. Tardó dos años más en construir un nuevo coche y en 1899 deja la empresa de Edison para crear la suya propia. Tras una época convulsa en la que funda varias compañías sin éxito, en 1903 se funda finalmente la compañía Ford que ha llegado hasta nuestros días.

El gran éxito que supuso la fama para Henry Ford se presentó al público en 1908 con el nombre de Ford T. Hasta este momento los automóviles eran un artículo de gran lujo al alcance de unos pocos privilegiados. Eran máquinas complejas y muy costosas de fabricar debido a que requerían de trabajadores muy cualificados y gran parte de los procesos eran de facto artesanales. Henry Ford vislumbró el gran negocio: coches más baratos y simples al alcance de gran parte de la población. Así desarrolló el concepto de cadena de montaje, en la que los operarios se especializaban en unas pocas tareas y el producto final pasaba por sus puestos de trabajo en vez de ir ellos a un punto de montaje. Mejorando los procesos productivos se llegó a poder montar un Ford T en ocho horas.

Durante varios años el desarrollo de la compañía se disparó gracias a las ventas cada vez mayores del modelo T. Aquí es donde aparece la segunda gran idea de Henry Ford: el capitalismo del bienestar. Hasta entonces seguía vigente la idea del proletariado y la explotación del trabajador era algo común. Ford quería a los mejores trabajando para él y para ello ofreció en 1914 unas condiciones laborales que dejaron perplejo al mundo: sueldos el doble de los de mercado y 40 horas semanales. Esto no sólo consiguió el objetivo de Ford de aumentar la eficiencia en sus fábricas, sino que dio lugar a lo que hoy conocemos como clase media. Esto redundó en beneficio de la economía local al poder permitirse los empleados comprar los mismos automóviles que fabricaban.

Gracias a Henry Ford apareció la industria como entendemos hoy en día, con capacidad de fabricar un mismo producto en poco tiempo, grandes cantidades y con un bajo coste recurrente. Además impulsó el empleo de la publicidad para dar a conocer su producto con métodos que se siguen empleando a día de hoy. Pero probablemente su mejor aportación a la sociedad fue la idea de que los beneficios de la empresa debían redundar en un mayor bienestar y poder adquisitivo de los trabajadores, una idea que es básica para entender la sociedad en la que vivimos.

Henry Ford murió en 1947 y es un personaje al que merece la pena recordad por sus ideas brillantes y no por sus muy desafortunadas convicciones afines a las tesis sobre las que se fundó el partido nacional-socialista alemán que finalmente sumió al mundo en el caos de la Segunda Guerra Mundial.

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