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Edward Jenner

Eduardo Mirón López
@EduardoMironLpz


En la historia de la ciencia muchos de los nombres más brillantes corresponden a personas que podríamos calificar de curiosas, metódicas y en cierta medida desdeñosas de las consecuencias últimas de sus actos. El personaje de hoy es un buen ejemplo de todo ello.

Edward Jenner nació el 17 de mayo de 1749 en Berkeley (Gloucestershire, Inglaterra). Era el octavo hijo de su padre, el reverendo Stephen. Gracias a la posición de su padre como vicario de Berkeley, el joven Edward recibió una educación de primera calidad. Con catorce años entró al servicio de un cirujano local y durante los siete años siguientes adquirió la experiencia suficiente para convertirse él mismo en cirujano. Ya con veintiún años pasó a ser pupilo de John Hunter en el hospital San Jorge de Londres. Este mismo maestro inculcó en el joven científico la filosofía característica de la Ilustración: “no pienses, experimenta”.

Ya con veinticuatro años, Edward volvió a Berkeley para ejercer como médico y cirujano con notable éxito. En ese tiempo cultivó su afición a la ornitología, siendo admitido en la Real Sociedad de Londres por sus minuciosos estudios sobre los cucos. Una muy loable cualidad que poseía era la de aplicar escrupulosa y exhaustivamente el método científico a sus estudios.

Estatua a Edwar Jenner en los jardines Kensington

En el año 1788 se casó con Catharine Kingscote, a la que conoció de manera curiosa y accidentada. Mientras Edward y unos amigos experimentaban con globos no tripulados de helio, el suyo fue a caer en un terreno propiedad del padre de la que sería su esposa. No se sabe en que estado recuperó su globo, pero seguramente le importó poco. En 1792 es reconocido como doctor en medicina por la universidad de San Andrés, obteniendo gran crédito por sus avances en el estudio de la angina de pecho.

Hasta aquí la historia no destaca especialmente. No deja de ser la de un hombre ilustrado, acomodado y de buena familia. Pero todavía no hemos presentado al enemigo de esta historia: la viruela. La viruela es una enfermedad provocada por un virus y en el siglo XVIII causaba estragos en Europa y América. Esta enfermedad mataba a uno de cada tres que la contraían y desfiguraba terriblemente a los que sobrevivían. En la época en la que vivía Edward Jenner su aparición provocaba un terror parecido al que hoy inspira el Ébola.

Claro que entonces no se disponían de microscopios, la microbiología no era ni un sueño y la palabra virus no tenía acepción. Había algo parecido a la prevención de la viruela. Los primeros ejemplos de inoculación que se conocen datan del siglo XV y en a principios del XVIII se extiende su uso en Inglaterra. El procedimiento consistía en extraer fluido de las pústulas de un paciente con un caso leve de viruela para administrárselo a un sujeto sano. Después se cruzaban los dedos con la esperanza de que la viruela que desarrollaba el inoculado fuera también suave. La realidad es que era una lotería y que muchos morían al resultar el proceso en viruelas agresivas.

En este punto volvemos a Edward Jenner, que desde su apacible Berkeley demostró admirablemente la utilidad del método científico. Edward era asiduo a tertulias médicas y se mantenía informado de las novedades científicas, por lo que es casi seguro que conocía los estudios de Fewster, Sevel, Jensen, Jesty, Rendell o Plett. Todos estos científicos habían estudiado la relación entre la viruela  y la viruela bovina. Esta última pasaba en ocasiones del ganado a los seres humanos y presentaba síntomas similares a los de la viruela, pero sin los mismos riesgos para la vida ni las secuelas. Era una enfermedad relativamente común entre los ganaderos y llamaba la atención de los científicos que durante los brotes de viruela eran muy pocos los ganaderos que la contraían.

Edward Jenner había completado la primera parte del método científico, al igual que otros tantos investigadores contemporáneos. Había observado el fenómeno y tenía una hipótesis, que la viruela de las vacas era pariente de la viruela y que podía utilizarse para combatirla. Faltaba el último paso, demostrarlo con experimentos, pero ahí yacía la dificultad. ¿Quién iba a arriesgarse a probar sus teorías? Es como si a día de hoy se buscasen voluntarios para probar una vacuna contra el Ébola sin haber hecho pruebas en animales ni estudios microbiológicos, sólo apoyándose en la teoría de un único médico.

La primera vacunación de Edward Jenner

En 1796, Edward Jenner arriesgó todo por probar su teoría y empleando muestras extraídas de las lesiones de una paciente de viruela bovina inoculó a un niño (previo consentimiento de su padre). La diferencia con los anteriores estudios es que demostró fehacientemente la inmunidad desarrollada por el sujeto al inocularle muestras de viruela pasado un tiempo. De haberse equivocado habría matado al niño y en vez de ser un héroe habría pasado a ser perseguido. Repitió el experimento más veces con otras personas y finalmente publicó los resultados.

Edward Jenner desarrolló la primera vacuna contra la viruela y sus descubrimientos corrieron como la pólvora. El riesgo que asumió ha salvado millones de vidas y la enfermedad que aterrorizaba a sus coetáneos ahora está erradicada desde hace décadas. Poco antes de su muerte en 1823 afirmó ante un amigo: “No me sorprende que los hombre no sientan gratitud hacia mí, pero me maravilla que no agradezcan a Dios por hacerme instrumento para llevar semejante bien a mis prójimos”.

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