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Darwin

Eduardo Mirón López


En el mundo científico hay pocas figuras en situación tan polémica como Charles Darwin, todo ello derivado del enfrentamiento de sus postulados con las creencias religiosas de su época. Probablemente el choque no fuera más frontal que el de Galileo con Roma a cuenta del heliocentrismo, pero a mediados del siglo XIX el conflicto tuvo mucha más repercusión. En el renacimiento las grandes masas de la sociedad permanecían ajenas a tan elevadas discusiones, pero Charles Darwin probó en sus carnes que el paso del tiempo y los cambios sociales derivados de la Revolución Industrial habían cambiado eso.

Charles Robert Darwin nació el 12 de febrero de 1809 en Shrewsbury, Inglaterra. Fue el quinto hijo de Robert y Susannah Darwin. Eran una familia acomodada y su padre un respetado médico de la alta sociedad. Susannah murió cuando Charles apenas tenía ocho años y sólo un año más tarde el futuro naturalista acompañaba a su hermano Erasmus como interno en una escuela en el mismo Shrewsbury. Charles siempre demostró ser un muchacho despierto y con 16 años acompañó a su padre durante el verano como ayudante, tal vez por ellos su padre decidió que debería convertirse en médico.

En octubre de 1825 Charles Darwin se unía a su hermano Erasmus (cinco años mayor y junto con Charles los únicos hijos varones de Robert) en Edimburgo para estudiar medicina. La universidad de medicina de Edimburgo era entonces la más prestigiosa de Inglaterra, pero Charles no podía aburrirse más con las clases. Tardó muy poco en dejar de lado sus estudios de medicina y dedicarse a la historia natural que era lo que siempre había despertado su curiosidad.

Charles Darwin manuscrito

Ya en 1828 el muy respetado -y enfadado con su hijo menor- Robert Darwin asumió que Charles no iba a ser médico. Por ello lo mandó a Cambridge con el objetivo de que se convirtiera en clérigo, estudiando lo que creyese conveniente. Allí entró en contacto con algunos preeminentes naturistas y se formó con los textos de Paley, Herschel y Humbolt. Toda la literatura coincidía en que la historia natural se explicaba por la acción divina a través de las leyes de la naturaleza, idea esta que daba vueltas en la cabeza de Charles.

Por fortuna para la historia natural, Charles Darwin era un entusiasta del trabajo de campo. Esto hizo que cuando en el verano de 1831 se le presentó la oportunidad de participar en la expedición de dos años que el Beagle iba a llevar a cabo, hiciese todo lo posible por aprovechar esta ocasión. Con la ayuda de su tío, convenció al reacio Robert Darwin para que le diera su permiso -y le financiara la expedición- y el 27 de diciembre de ese mismo año zarpó en el citado barco desde Plymouth.

El objetivo principal de la expedición era cartografiar la costa de América del Sur durante dos años. Finalmente duró cinco años y se la recordó por algo totalmente inesperado. Darwin no era ni el naturista oficial a bordo (era el cirujano Robert McCormic), de hecho no era oficialmente ni naturista. El trabajo de Darwin debía ser de ayudante principalmente en las tareas cartográficas. Por aquel entonces sus conocimientos se limitaban a la geología, la entomología y nociones de disección de invertebrados marinos. Afortunadamente Darwin era meticuloso en su trabajo y documentaba sus observaciones al detalle, amén de acompañarlo todo con gran cantidad de especímenes. Toda este torrente de información era enviado regularmente a Cambridge y registrado en su diario. Darwin tenía la excelente, altruista y poco común idea de que lo difícil de conseguir eran los datos, pero que si estos se mantenían ordenados podría analizarlos más adelante o por otros científicos con conocimientos mayores.

Darwin Charles

Cuando volvió a Londres en 1837, Charles Darwin era conocido y respetado entre los naturistas, había acumulado una colección de fósiles, plantas y animales excepcional y con la ayuda de otros colegas como John Gould y Richard Owen comenzó a sacar conclusiones de todo lo observado. El trabajo fue agotador y ello tuvo duras repercusiones en su salud, pero los hallazgos se sucedían y cada uno era una pieza de un puzle que poco a poco iba definiéndose. La teoría de la evolución era todavía un caos informe de conceptos en su cabeza, pero en 1838 apareció la chispa que la haría cristalizar cuando leyó las teorías de Malthus sobre la población humana. Esto le dio la clave que faltaba: las especies se creaban cuando individuos con características distintas a sus progenitores eran significativamente más exitosos en adaptarse a su entorno. La población de estos seres mejor adaptados crecía, pero al ser los recursos limitados lo hacía a costa de las poblaciones ya existentes.

Las conclusiones sobre la teoría de la evolución no se harían públicas hasta muchos años más tarde, debido a la dedicación de Darwin a su familia (se casó en 1939), a otros estudios y a sus problemas crónicos de salud. Comenzó en 1856 a escribir lo que se terminó publicando como El origen de las especies. Cuando estaba aún a medias en 1858, Darwin recibió un manuscrito de su amigo Alfred Russel Wallace en el que este último exponía sus ideas sobre la evolución de las especies. Wallace había llegado independientemente a las mismas conclusiones que Darwin. Esto animó a Darwin a trabajar en su libro, tal y como refleja la correspondencia entre él y Wallace. Por fin lo publicó en noviembre de 1859 e inesperadamente fue un gran éxito.

La polémica que siguió es de sobra conocida. Supuso un gran enfrentamiento entre ciencia y religión a pesar de que Darwin no discutía en ningún momento la existencia de Dios: simplemente afirmaba que no es necesaria su intervención para explicar la historia natural. El trabajo de Darwin continuó polarizado por su gran teoría hasta su muerte en 1882 tras la que fue enterrado en la abadía de Westminster por petición de sus colegas. Sin esperarlo nunca, pero no sin ganárselo con un trabajo incansable, Charles Darwin se había convertido en un héroe de la ciencia, como atestiguaron las miles de personas que acudieron a su funeral.

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1 Response

  1. Charles Darwin

    Estimado Eduardo,

    Al hilo del debate contemporáneo sobre mi creencia o no religiosa, del cual se han adueñado extremistas de ambos bandos (ultradarwinistas y creacionistas), he de recordar -como muy bien lo hace usted- mi inquietud hacia la Causa Primera:

    “Otra fuente de convicción acerca de la existencia de Dios, relacionada con la razón y no con los sentimientos, me impresiona más y me parece tener mucho más peso. Surge de la extrema dificultad, o más bien imposibilidad, de concebir este inmenso y maravilloso universo, incluido el hombre con su capacidad de mirar tan lejos en el pasado y en el futuro, como resultado de la necesidad o del ciego azar. Cuando pienso en esto, me siento impulsado a considerar una Causa Primera con una mente inteligente y, en alguna medida, semejante a la del hombre: así que sería justo decir que soy teísta”.

    Conor Cunningham. “La piadosa idea de Darwin: ¿Por qué se equivocan igualmente ultradarwinistas y creacionistas?”. Granada, Nuevo Inicio, 2015.

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