¿Caballeros?

Bruno Pardo Porto
@brunopardoo

El mundo del lujo y del dinero es una fiesta de disfraces. Las máscaras se superponen unas a otras y los individuos tienen infinitas identidades. Para ellos, los caballeros, lo mejor de tener mucho capital es mostrar al resto del mundo su poder adquisitivo. De ese deseo de superioridad nace el negocio de los coches de lujo, los grandes yates y los restaurantes de ingentes propinas. En esta espiral de derroche, donde las monedas no tienen sentido, todos bailan al son de una melodía inaudible.

Los protagonistas de nuestra historia se zambulleron en esta realidad casi ficticia, privilegio de pocos. Se sentaron en una mesa en el centro del restaurante. Era un sitio caro y ostentoso. Ningún plato bajaba de los ochenta euros y todos los camareros llevaban en sus caras una sonrisa forzada y decían señor, señora, señorita y caballero. El local estaba abarrotado de hombres trajeados y mujeres bien vestidas. Ellos eran mayores que ellas. 

La pareja en cuestión estaba por debajo de la media de edad.

Todo transcurría con normalidad. Se miraban mutuamente. Él vestía una camisa blanca, ella, un vestido negro corto. Primero pidieron marisco para los dos, como todo el mundo que visita Galicia. Percebes, camarones y cigalas. Les sirvieron una cantidad desmedida para una pareja. Ellos pagaron mucho pero comieron poco y los camareros se dieron un festín en la cocina con las sobras.

-Estoy llenísima. No puedo más -dijo mientras se servía la segunda copa de aquel delicioso vino francés de etiqueta impronunciable.

-Me da pena dejar toda esta comida aquí, pero no hay sitio para estos bichos en mi estómago- respondió el caballero.

Como manda el protocolo social, pidieron un segundo plato cada uno. Mero para él y lenguado para ella. Los camareros tardaron en servir y ellos bebieron mucho entre medias.

-Están siendo unas vacaciones geniales cariño- susurró la señorita con tono sensual.

-¡Es verdad! Estamos comiendo como cerdos y follando como monos- su tono de voz era el reflejo de la botella de vino vacía.

Ella se sonrojó, en parte por el comportamiento de su pareja, en parte porque ella también había bebido más de lo normal. En realidad, él era muy gracioso cuando estaba borracho. Todo le daba igual y soltaba lo primero que se paseaba por su cabeza. Decía lo que pensaba y no pensaba lo que decía. Y el resultado eran muchas risas. Pero aquel no era un restaurante para reír, sino para comer estirados y serios y beber vino a pequeños sorbos.

En el salón se escuchaba un tictac inaudible para ella y, aparentemente, para todo el mundo. Una bomba de relojería iba a estallar con el postre y solo el caballero (si es que aún era adecuado llamarlo así) la escuchaba. Él se cansó del vino y pidió lambrusco.

El camarero, un joven que solo trabajaba en verano, les llevó el pescado.

-¿Me haces un favor?

-Por supuesto, lo que usted mande- respondió perplejo el camarero.

-¿Me traes una botella de lambrusco? Es más barato y me gusta más que este Château – estaba acentuando mucho las “eses” y resultaba gracioso escucharlo.

-Por supuesto, ahora mismo caballero.

Tampoco se acabaron los segundos platos. La señorita estaba hinchada, había comido demasiado y parecía mareada. Él, el caballero (resulta gracioso que los camareros todavía lo tratasen con tal respeto), tenía las mejillas muy rosadas y los ojos muy abiertos. Se reía mucho con cada frase que escuchaba. Ella no había bebido tanto y estaba más seria. 

No pidieron postre. La hecatombe se acercaba.

-¿Sabes?

-¡Baja el tono!- gritó ella.

-Creo que estoy borracho- le susurró al oído.

-No lo había notado- respondió con sarcasmo.

-Verás- su tono cambió a un registro más grave- estoy borracho no porque haya bebido mucho, sino porque estoy nervioso. Llevo días intentando pensar un discurso perfecto para ti, pero no he conseguido nada. No soy muy hábil con las palabras. Quería decirte que…

-¿Qué?- interrumpió ella sin darse cuenta de lo trascendental de la situación.

-Quería decirte que te quiero, que te amo, que me encanta el sexo contigo, que eres bella, y que quiero que vivas conmigo. Por eso te he traído a este restaurante lleno de pingüinos y sus putillas, porque es lo que hacen en esas películas que tanto te gustan y yo aborrezco, pero que disfruto cuando veo contigo. Así que, antes de que nos echen- su tono de voz había ido subiendo hasta llegar a decibelios ilegales- ¿Quieres venir a vivir conmigo?

-…- ella no respondía.

En medio de aquel silencio incómodo la bomba estalló y todo saltó por los aires. Nadie murió, pero todos salieron heridos y amnésicos. Ninguno de los dos protagonistas recordó la bochornosa conversación y su relación, como otras muchas, murió entre infidelidades.

El baile continúa, nadie puede parar la rueda.

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