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El perfume de los pobres

Autor invitado / Pablo Ortiz Soto

Solidaridad, misericordia, piedad y amor; compañerismo, familiaridad, altruismo y filantropía; generosidad, amparo, honradez y honestidad; humildad, trabajo, sencillez y llaneza; ternura, comprensión, devoción y Humanidad; cercanía, acogida, afabilidad y gracia. Todas estas calificaciones se podría resumir en un epíteto: Caridad.

El anterior párrafo resume las líneas que vienen a continuación y que versan sobre el trabajo que llevan a cabo en el mundo, desde 1950, las Misioneras de la Caridad siguiendo el espíritu de su fundadora: Agnes Gonxha Bojaxhiu, también conocida como Madre Teresa de Calcuta.

Pequeña Flor es el significado de su primer nombre y hace alarde a lo que sería para el mundo, una meliflua fuente que rebosó de Humanidad dejando en el ambiente un floreciente perfume que se interiorizó en los más pobres de entre los pobres, como diría ella, y transportando a los desgraciados (enfermos mentales, prostitutas, niños abandonados, leprosos o víctimas del sida) a la belleza suprema de Adán.

Gracias a esta dádiva existencial, el siglo XX no solo será recordado por los innumerables antónimos que se pueden taladrar a la adjetivación anterior, resumiéndolos en la maldad y el terror que extendieron por el mundo, una serie de tiranos que no consiguieron su objetivo imperialista y, equivocando su respuesta al por qué de la existencia arrastraron, en su egoísmo, a millones de almas inocentes, dejando a otras mutiladas tanto en lo humano como en lo intelectual. A pesar del calvario vivido, este siglo sería subsanado por la contraposición a las anteriores líneas de la Santa Viviente, como así la proclamaban y divulgaban los mass media. Este inmaculado ser dejó una máxima donde resumía en esencia el problema de la no realización del concepto humano, y la clave para mejorar o cambiar el futuro: “la pobreza no fue creada por Dios. Hemos sido nosotros los que la hemos provocado, tú y yo a través de nuestro egoísmo”. Es asombroso cómo una sola mujer, de pequeña estatura, graciosa en sus andares pero con un corazón universalmente caritativo pudo hacerse magna, llevar a la práctica la palabra Amor y a la vez sentirse parte de ese tercermundismo material, porque el humano lo tendrían y tenemos en el Primer Mundo, viviendo curiosamente, en el mejor periodo tecnológico de la Historia, pero olvidando al Ser por la máquina. El Tercer Mundo no está en los países inferiores, está en nuestros corazones; está en nuestra egolatría.

Teresa cambió el devenir de la historia, recordando que los necesitados no solo son aquellos a los que les ofreció su vida, sino el resto de la humanidad que por el Yo, el egocentrismo, la incertidumbre y resignación existencial, el narcisismo, el consumo exacerbado de lo innecesario, el vacío optimista o en definitiva,  como diría Lipovestky,  la  “era del vacío”, otros con menos posibilidades, pero igual de humanos que nosotros, se mueren cada día en la más miseria económica y desdicha humana, que si cabe es más cruel que la primera. La Madre decía que la riqueza no fomenta la Humanidad, la Felicidad, como podemos experimentar con la actual crisis, más de valores, como ya apuntan, que económica. El dinero decía, “no es suficiente, el dinero se puede conseguir, pero ellos necesitan tu corazón para sentirse amados. Por lo tanto, derrama tu amor dondequiera que vayas”. Si una sola mujer, débil físicamente, y enfermiza con el paso de los años pudo realizar tan magnánima obra, ¿qué puedes hacer tú? ¿y dos personas? ¿y tres? ¿y mil? ¿y las millones que viven con una salud que la propia Madre envidiaría, con extraordinarios portentos físicos? Pueden, ¡podemos realizar la Humanidad!

Siguiendo el último concepto citado se podría decir que Teresa, aún siendo una fervorosa practicante de la verdadera razón de ser de nuestra existencia, concedida y concebida por un Hombre que ofreciendo toda su vida y espíritu, recibiendo a cambio palizas inhumanas, siendo maltratado, insultado, ensuciado y ajusticiado en una cruz de madera, la Madre siguiendo a este Hijo hacía eso mismo, acoger a todos, ya fueran de una lengua, raza o nación diferentes. La beata no distinguía a nosotros, sus prójimos; se ofrecía como una madre que no difiere el amor que siente por sus hijos. La esencia de su trabajo era primero amar y luego dar e innumerables anécdotas pueden dar fe de ello.

Un desdichado, cuando expone al público su mugriento y roñoso antebrazo, cabizbajo evitando así las miradas de compasión moralista, que no humanista por parte de los viandantes que pasan a su lado evitando pisarlo, retorciendo más su vergüenza existencial, en ese apocamiento no busca arrancar de nuestros bolsillos la calderilla sobrante de los cafés, que sabe que no le solucionará la vida, busca como todos, sentirse humano, querido y amado. La Madre Teresa antes de dar, primero besaba, acariciaba y mimaba esa mugre carnal que le pedía ser amado. En sus escritos relata, recogidos en el libro La alegría de darse a los demás, que en una redada nocturna por las calles de Calcuta donde recogieron a varias personas en estado crítico para llevarlas a la Casa del Moribundo, hubo entre ellas una anciana que fue atendida por Teresa. Tras arroparla en la cama, comentaba el perfume de los pobres, “me cogió la mano mientras en su rostro se dibujaba una sonrisa maravillosa” y, tan solo articuló una palabra: “Gracias”, minutos más tarde, expiró.

Teresa de Calcuta nació el 26 de agosto de 1910 (Skopie, Albania), y falleció el 5 de septiembre de 1997 (Calcuta, India). El mundo la despidió como su madre, la Madre de la Humanidad. Fue proclamada y laureada por todos sus seguidores ofreciéndole funerales de estado, como ya hicieran con Mahatma Gandhi, máxima condecoración y homenaje terrenal que se le puede hacer a un difunto, pero sobre todo sería acogida, resguardada y elevada por todas las almas que un día besara, y transportada al eterno altar del Universo.

Pablo Ortiz Soto es estudiante de Humanidades en la Universidad CEU San Pablo de Madrid.
Pueden seguirle en su blog Borracho de cultura.

 

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