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Una tarde en… la Fundación Mapfre

Andrea Reyes de Prado
@AudreyRdP

Ayer, después del cole, mi abuela me llevó a la Fundación Mapfre. Al principio la idea me pareció un poco rollo, porque siempre va con sus amigas, pero me dijo que me iba a gustar y que, si me portaba bien, me compraría en la tienda un libro de arte para colorear.

Cuando llegamos había poca cola, y la señorita de las entradas era muy simpática. Al entrar tuvimos que subir unas escaleras muy elegantes con un espejo enorme, y justo arriba empezaba la exposición: España contemporánea. Fotografía, pintura y moda. Lo primero que me llamó la atención fueron unos trajes antiguos. ¡Las mujeres que los llevaban seguro que eran muy gorditas!

Mi abuela me dijo que todas las fotografías, dibujos y carteles mostraban los acontecimientos más importantes de los siglos XIX y XX en España. Me guiaba por las salas, enseñándome las primeras cámaras, reyes, políticos y escritores famosos, cómo era Madrid antes, escenas de guerras… Me gustó cómo miraba a algunos personajes, como si les hubiese conocido cuando era joven. La imaginé con mi edad, con las trenzas que siempre llevaba en las fotos, paseando por la antigua Gran Vía o en su primer día de trabajo como costurera. Sonreía mientras asentía o negaba con la cabeza diciendo: “¡Qué tiempos…!”.

Una tarde en… la Fundación Mapfre 2

Me sentí muy orgulloso cuando reconocí la parte dedicada a la Guerra Civil, porque mis dos abuelos, en todas las comidas familiares, siempre acaban discutiendo sobre ella, y yo me acabé aprendiendo quiénes son todos los protagonistas. ¡Y ahora les pongo cara!

La parte más divertida fue la última, en la que había un montón de retratos en color de gente hippie, rockera o gótica. Todos tenían el pelo y vestían de forma muy rara. Al final de todo había fotos que pasaban muy rápido, con gente, lugares y cosas de hoy en día. ¡Hasta salía la Selección Española, cuando ganó el Mundial!

Lo que más me gustó (aunque me divertí todo el rato) fue una foto donde salían un hombre con un burro, un niño fumando y un perro muy gracioso. Y lo que menos me gustó fueron dos señoras mayores, muy pintadas y con el pelo igual, que se reían o protestaban delante de todas las fotografías de todas las salas, y se gritaban entre sí porque no debían oírse bien. Eran un poco pesadas. Así que, cuando terminamos de ver la exposición, saqué del bolsillo la propina de mis tíos y le compré a mi abuela un libro de arte para colorear.

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