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Un pequeño Prado portugués

La Plaza del Comercio, la del Rossio, las calles empedradas, el castillo de san Jorge, la catedral, las discretas iglesias, los pequeños gallos de la suerte, el Barrio Alto y la Alfama, los tranvías amarillos, el Monasterio de los Jerónimos, los azulejos que decoran mil y un edificios, la Torre de Belén… Hay tantas cosas que ver en Lisboa, que si no se dispone de muchos días, eso es lo único que haremos: ver. Ver, hacer una foto y continuar con paso apresurado hacia la siguiente cruz marcada sobre el mapa.

Entrada al museo

Lo bueno del turismo es poder conocer y degustar nuevas ciudades y paisajes. Lo malo, en ocasiones, no poder saborearlos. En la capital portuguesa, no más lejana de la nuestra que Galicia, Asturias o Andalucía, se encuentra un tesoro escondido que, al no estar junto al núcleo histórico, pasa injustamente desapercibido. Su nombre; Museu Calouste Gulbenkian (que no Guggenheim), y éstos, los motivos que lo hacen especial, valioso e imprescindible:

7 hectáreas de preciosos y cuidados jardines le custodian, así como él custodia una de las mejores – y más desconocidas – colecciones de arte del mundo. Desde piezas del Antiguo Egipto hasta un autorretrato de Degas, el museo recorre las grandes épocas históricas y artísticas mostrando obras de gran belleza como las ofrecidas en las imágenes que, por ser personales quizás no tienen la mejor de las calidades, ilustran este artículo. Las tres primeras salas están dedicadas a Egipto, Mesopotamia, Grecia y Roma, con curiosas piezas como cuencos, esculturas de bronce o elaboradas joyas. Siguiendo el orden cronológico, en las salas 4, 5 y 6 viajamos hasta Oriente, donde viven impresionantes alfombras, azulejos, cerámica, lámparas y un detalladísimo biombo chino con trabajos de lacado y diseño en papel. Por último, hasta la sala número 14, el espacio más amplio, el protagonizado por el arte europeo (incluyendo con “arte” manuscritos, cerámica y un espléndido mobiliario francés de Luis XV y Luis XVI). Apellidos como Ghirlandaio, Rembrandt, Romney, Rubens, Van Dyck, Turner o Manet convierten en la mejor de las guindas a este increíble viaje en el tiempo y la cultura.

A pesar de su variedad y monumentalidad, esta visita no resulta nada pesada, pues no es muy larga y su disfrute es continuo. También se puede recomendar, no obstante, la cafetería que completa el museo como plan para una relajada mañana. Exigiendo quizás ya mucho al turista, frente al museo se encuentra la Fundación Calouste Gulbenkian, que financia tanto la colección como el cercano Centro de Arte Moderno y que está activa en todo Portugal.

Jardines, museos, biblioteca… Es obligado terminar con una pequeña biografía que nos informe de quién fue Calouste Gulbenkian (1869-1955), pues su legado es tan majestuoso como su nombre. Nació en Scutari, en el seno de una familia armenia. Desde joven destacó por ser inteligente e intrépido, cualidades que le permitieron triunfar tanto en el ámbito laboral (fue un gran hombre de negocios en el campo de la industria petrolífera) como en su pasión, el coleccionismo. Ésta le llevó a hacer las Américas por todo Oriente Próximo, reuniendo el inmenso y espectacular legado que posee hoy el museo. Llegó a Portugal cuando el mundo vivía su Segunda Guerra Mundial, enamorándose tanto del lugar y sus gentes que, durante los últimos trece años de su vida, decidió crear la Fundación y resguardar, bajo un mismo techo, todas las obras que con tanto cariño e ímpetu había ido coleccionado a lo largo de su vida. Sanas y salvas descansan hoy en la ciudad que acogió y vio morir a tan aventurero personaje, y sanas y salvas esperan a que turistas de todo el mundo dediquen unas horas de  su viaje a conocerlas.

[tabs titles=”Información”][tab]

Localización: Avda. de Berna 45A

Horario: de martes a domingo, de 10:00 a 17:54 horas

Teléfono: 217 823 000

Web: www.museu.gulbenkian.pt

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