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Tras la máscara de James Ensor

James Ensor

«Creo que, como pintor, soy inclasificable»

Andrea Reyes de Prado
@AudreyRdP


Así lo admitió el autor de una de las obras más extravagantes y extrañas del cambio de siglo, el belga James Ensor (1860-1949). Está considerado, junto a Edvard Munch, como precursor del Expresionismo, pero es éste un movimiento tan heterogéneo en autores y estilos que, muy a pesar de críticos e historiadores del Arte, con frecuencia se acaba dando la razón al propio Ensor respecto a su pintura, reflejo de su propia vida y personalidad.

Desde niño proclamó al mundo su interés por convertirse en artista y por buscar, para lograrlo, sus propios caminos. Su padre fue el único miembro de su familia que aceptó de buen grado y animó a su hijo a estudiar aquello que tanto parecía entusiasmarle, pero el joven Ensor abandonó la Academia de Bellas Artes de Bruselas dos años después de ingresar en ella, pues se cansó de copiar figuras de escayola en esa «casa de miopes». Se cansó, en cierta manera, del Academicismo. De la tradición, de las reglas, de lo establecido. Y aunque abandonó el estudio, no dejó de visitar con frecuencia la capital, quien le abrió las puertas a la vanguardia, las tertulias y un ambiente mucho más desinhibido que el de su hogar en Ostende, en el que prevalecía la ausencia de sentimientos. Su carácter obstinado y su temperamento anarquista encontraron al fin compañía, y se enriqueció tanto personal como artísticamente.

Ensor en su estudio

En 1874 dio el paso de presentar algunas obras suyas en París, como La dama con la sombrilla roja (1880), inspiradas en los motivos impresionistas, pero fueron violentamente criticadas. El Impresionismo, el Academicismo y James Ensor formaban un auténtico Triángulo de las Bermudas: la crítica rechazó los cuadros por considerarlos muy oscuros –tanto literal como simbólicamente– y Ensor pronto abandonó un juego de luces, sombras y motivos campestres y alegres que nunca le interesó. En 1899, refiriéndose a ello, escribió a Jules Dujardin: «Los experimentos de los puntillistas me dejaron bastante indiferente». Una de las características claves del Expresionismo, exceptuando su última etapa, es un rechazo a la indiferencia que el Impresionismo tenía hacia el objeto retratado. Su interés se encontraba en la forma, no en el contenido; y los expresionistas lo recuperan y rescatan, tratándose, en la mayoría de los casos, de un contenido profundo, melancólico, descontento y pesimista. Al fin y al cabo, el Expresionismo no puede evitar nacer en un momento muy convulso de la Historia, marcado por las dos guerras mundiales.

En esa heterogeneidad de estilos ya mencionada, en la que se busca transmitir emociones, sentimientos y también ciertos mensajes de protesta; James Ensor encuentra su medio de expresión en un objeto sencillo pero muy versátil que, curiosamente, siempre había formado parte de su mundo: la máscara. Así lo explica él mismo: «Me he confinado alegremente en ese ámbito solitario donde impera la máscara, hecho de violencia, de luz y de esplendor. La máscara me dice: lozanía de tono, expresión aguzada, decoración suntuosa, grandes gestos inesperados, movimientos desordenados, exquisita turbulencia».

James Ensor b

Como si de una señal se tratara, las máscaras esperaron a que Ensor diera los primeros pasos en su camino definitivo, y comenzase, en las pinturas, a añadir a ese aura oscura y misteriosa que tanto había irritado a la crítica motivos imaginarios y fantásticos. Así, a los rasgos amenazadores, malévolos e incluso demoniacos de sus figuras se sumaron las máscaras, motivo que aparece por primera vez en Máscaras escandalizadas (1883). Realidad y ficción se confunden y mezclan, la imaginación y los recuerdos de Ensor se plasman en obras fantásticas y fantasmagóricas de gran contenido simbólico, de las cuales la más representativa es La entrada de Cristo en Bruselas (1888-89). Esta monumental producción logra sintetizar el gran trauma de la vida de Ensor: no ser reconocido como artista. Pese a su ateísmo, encontraba en la figura de Cristo algunas similitudes, como, en el caso de esta obra, expresar a través de él su deseo de entrar en Bruselas no como salvador; sino como pintor, al fin aceptado y tolerado. Las grotescas máscaras que forman la masa de gente son también un reflejo de sí mismo, del descontento y rencor que siente hacia una población que le ignora, pues lo que más irritaba y entristecía a Ensor no era que una u otra obra no gustase; sino que ninguna de ellas fuese aceptada. Como si, además de rechazar su pintura, se le rechazase a él mismo como pintor y como persona.

Encontrado al fin el estilo y el motivo con los que más a gusto se sentía y a través de los cuales mejor sabía expresar su interior, a partir de este momento se vuelca, casi de lleno, en el universo de las máscaras y los esqueletos. A pesar del aspecto desagradable que poseen, Ensor los envuelve en escenas muy coloridas y vitalistas, algo que llama la atención y reduce el impacto de ese primer e inevitable rechazo que uno siente cuando contempla alguna de sus obras. Pero cuando indagamos en ellas, cuando nos preguntamos qué hay tras las máscaras, tras la máscara del propio Ensor; llegamos a comprenderle, a entender por qué se decantó por una pintura tan peculiar y tan poco convencional, impregnada de recuerdos y datos biográficos y de un sentimiento de soledad permanente que acentuó su agresividad y desconfianza hacia el mundo que le rodeaba. Fue valiente al no aceptar hacer lo que los demás hacían, no contentar al público si primero no se había contentado a sí mismo, experimentar y encontrar con júbilo aquello que mejor le definía y expresaba sus miedos e incertidumbres. Pagó un alto precio por ello, pero a pesar de ello nunca se engañó, nunca dejó de ser quien era. Y qué hay más audaz y satisfactorio que el ser fiel y sincero con uno mismo.

Continúa el camino...
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