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Surcar los mares sin salir de Madrid

Pablo Casado Muriel
@pablo_casado


En Madrid no hay mar, no hay playa –nos lo recuerda la canción en cada verbena de pueblo– y darse un chapuzón en el río Manzanares es una temeridad que más bien no les aconsejaría por su salud. A pesar de ello, la historia del Mar, o mejor dicho de los hombres de Mar se puede contemplar en el mismísimo corazón de la capital, a medio camino entre la Plaza de Cibeles y la de Neptuno, dios romano de los mares.

El Museo Naval nos permite, por lo tanto sumergirnos en la historia que relaciona a España con “la parte acuática del mundo”, que diría Melville. Comenzamos el viaje en los puertos de los Reyes Católicos, es decir, en la gran travesía que finalizaría con el descubrimiento de el Nuevo Mundo. A partir de ahí, la navegación no llevará por los restos de la Gran Armada, la vuelta al mundo, la Batalla de Trafalgar, las vicisitudes de la fragata Numancia, y cientos de barcos más que consiguen poner ante nuestros ojos ese maravilloso universo que forma el ancho océano.

Desgranar las joyas que alberga este museo nos llevaría, no uno, decenas de artículos en los que hablar de cartas náuticas, de guerras, de marineros de la talla de Churruca, Gravina o Blas de Lezo. En esta ocasión nos centraremos en la exposición temporal que albergan sus salas y que con buen acierto ha sido prorrogada hasta octubre de este año. Hablamos de “Hombres de la mar, barcos de leyenda”. Once barcos, once leyendas flotantes sirven para dibujar los esbozos de una gran Historia, la que forman los marinos y sus embarcaciones, la que se forjó entre tablas, telas y aceros, la Historia del Mar.

Hombres de la mar

¿Dónde se paramos lo real de lo mítico en esta aventura? La línea es tan difusa que esta muestra nos la acerca prácticamente unida y junto a barcos reales como el San Juan Nepomuceno, en la que el brigadier Churruca perdió su vida un 21 de octubre de 1805, o la Galera Marquesa, en la que Cervantes perdió la mano en “la más alta ocasión que vieron los pasados siglos, ni esperan ver los venideros, se entrelazan las aventuras de Jasón y los Argonautas, o la delirante persecución en la que se convirtió el viaje ballenero del Pequod, en la vengativa búsqueda del capitán Ahab frente a Moby Dick.

Hemos señalado cuatro, pero hay más. En el terreno de lo real: la nao Victoria, en la que Elcano completó la vuelta al mundo; la Bounty, testigo de uno de los motines más famosos de la Historia; la fragata Numancia, en la que un grupo de españoles vovlió a dar la vuelta al mundo, en esta ocasión, en un barco acorazado; el Titanic y el Bismarck, duelista en la Segunda Guerra Mundial. En cuanto a esos buques literarios que igual gloria han dado al Mar y a quienes en el habitan: la Hispaniola, buque de referencia en la piratería gracias a La isla del Tesoro; y el Nautilus, submarino que permitió al capitán Nemo surcar aquellas Veinte mil leguas de viaje submarino.

cervantes marquesa

La exposición se nutre de importante material del museo, maquetas de estos barcos, o muy similares, y una serie de elementos que complementan la historia de esa nave y de su contexto. Hablamos de los grilletes de aquellos forzados condenados “al hermano de Romulo” en las galeras mediterráneas, o cofres cargados de oro pirata. Armas, exóticas muestras de ornamentos balleneros o los ropajes del valiente Gravina, héroe en la derrota frente a Nelson.

Marineros anónimos, capitanes en el castillo de popa, grumetes varios, tienen su particular homenaje en estas salas que dan vida a los sueños e historias que todo hombre ha recreado alguna vez en su mente al observar esa basta extensión plateada que es el mar.

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