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Ritou

Fernando Bonete Vizcaino
@ferbovi

Ritou - Alexander CalderRitou, tal y como lo calificara el bromista Duchamp, es un móvil. El móvil es un objeto, y hasta un nombre, de por sí paradójico. Desarrolla nuestra capacidad cognitiva en la más tierna edad, nos ayuda a ganar consciencia. A la vez nos acuna y nos duerme, nos mece suavemente hacia la inconsciencia. Permanece ingrávido sobre nosotros, al mismo tiempo que nos sumerge en las profundidades del sueño. Y mientras nosotros permanecemos quedos esperando el dulce reposo, el móvil continúa su movimiento, lento, muy lento, pero infatigable.

Se diría también que el móvil vela por nosotros durante los primeros meses de vida. Es nuestro primer juguete. Por sus contradicciones, el juguete perfecto para un niño y para todos aquellos que nunca han dejado de serlo. Mondrian, Brancusi, Miró, Giacometti… todos ellos son niños que juegan al sueño surrealista de la paradoja. Alexander Calder también; los acompaña, pero no juega con ellos. A Calder le gusta jugar solo y crear sus propios juguetes; hacerlos manualmente y convertirlos en arte.

Los hace en el sótano de su casa de Pasadena (Pennsylvania), donde nació en 1898. Sus padres, que también son artistas, y por ello algo niños, le han dado todo el alambre y corcho que necesita. Casas, muñecos, animales, barquitos… más tarde circos: “Siempre amé al circo, así que decidí hacer un circo solo por la diversión de hacerlo”.

Los juguetes se mueven, empiezan a cobrar vida, y en 1927 las empresas de juegos ya reclaman a Calder, quien hace de la diversión una profesión. Pero en Estados Unidos el juego de no apostar al rojo o al negro se aprecia muy poco. Entonces, París y el Salon des Humoristes le espera. Una Europa gris necesita el juguete alegre, el movimiento a todo color del circo de Calder. También Calder necesita a Europa: “¿Qué por qué vivo en París? Porque en París es un cumplido que le llamen a uno loco”.

Allí descubre las líneas curvas de Pablo Picasso y el soplete de Julio González, y las hace saltar en el trampolín de su circo en miniatura para ponerlas boca arriba, colgarlas de lo más alto, y lograr móviles como Ritou. En ellos encontramos el alambre y la cuerda de su niñez, pero también el metal moderno curvado, también pintado. La contradicción habitual del móvil es acentuada con la temática “marina”. Formas de animales acuáticos parecen flotar gracias al leve movimiento ambiente, evocando una imagen de mundos sumergidos en plena suspensión, en el aire.

Ritou pertenece a su primera década de móviles. Calder alcanzará la fama con ellos, concretamente con Langosta, nasa y cola de pez, que le fue encargada para ser albergada en la escalera principal del Museo de Arte Moderno de Nueva York en 1939. En todos estos móviles de los años 30, y en lo sucesivo, las piezas son dispuestas en una equilibrada gradación de alturas que intensifica la sensación de movimiento.

Este equilibrio, así como las formas de las piezas y sus colores, nos recuerdan las pinturas de Mondrian, pero también a Miró. Calder conoció a ambos en París a partir de 1928. En 1930, de hecho, Calder y Mondrian, que convivieron juntos, compartieron también el mismo interés por el equilibrio y la abstracción. Pero fue Calder quien les dio el impulso decisivo hacia las alturas. Alexander pone en movimiento a Mondrian, mientras que sugiere todas las contradicciones oníricas y surrealistas del móvil. La mirada artística de Calder ha reunido todo ello sobre nuestras cabezas, pero lo ha hecho con los ojos del niño que ríe y que juega, con sencillez e inocencia, esperando con ilusión la sorpresa de la dirección del próximo movimiento, y la diversión de su roce. Y esa mirada infantil, a la vez que continua las de Picasso y González, es totalmente nueva y original: introduce en la escultura el aire que respiramos, en el espacio y tiempo en el que vivimos.

Alexander Calder con "Edagar Varese" y "Sin título"

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