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Retrato de Vincent a través de las cartas de Van Gogh

Ficha técnica

Título: Cartas a Theo

Autor: Vincent van Gogh

Editorial: Paidós

Páginas: 432

Precio: 18,90 €

Pablo Ortiz Soto
@pablothaumazein


NON SOLUM IN MEMORIAM,
SED IN INTENTIONEM
de un hombre en camino:
Vincent van Gogh

“¿Qué soy yo, a los ojos de la mayoría de la gente?”, se preguntó un ilustre pintor decimonónico. La gran mayoría de literatura que se ha escrito sobre la personalidad del eximio posimpresionista Vincent van Gogh se asienta, como germen de su producción artística, en la locura del pintor neerlandés. Véase, por ejemplo, Genio artístico y locura: Strindberg y Van Gogh, del conocido filósofo y psiquiatra alemán Karl Jaspers. Mis conocimientos médicos-psiquiátricos son sumamente escasos y quizá, en parte, fuera cierta la tesis de Jasper. Sin embargo, tras la lectura y reflexión del libro que recoge la correspondencia de Vincent con su hermano; Cartas a Theo (Paidós, 2012), me sobrecogió una inquietud: ¿realmente Vincent era totalmente un demente o, quizá, fue esencialmente una persona admirada e hipersensible? Intentar responder a esta pregunta, mediante unas breves pinceladas literarias apoyadas en la inquietante personalidad que se esconde en el interlineado de la obra anteriormente comentada, es la pretensión del presente escrito.

¿Puede… un demente producir, sin contar lo que desconocemos, 1756 dibujos, 879 cuadros y 821 cartas en tan solo 37 años? ¿Puede un loco realizar, con tan brillante aptitud artística, tan magna obra? ¿Puede un desequilibrado percibir, dibujar, pincelar y escribir la realidad social y las consecuencias de la incitación industrial que instigaba a cosificar la dignidad de sus contemporáneos, como los anónimos comedores de patatas? En las cartas a su muy querido hermano Theo, Vincent comparte inquietudes, pasiones y debilidades que irradian una trascendencia más allá de la posible enfermedad bipolar. Si bien, no descartando que con el paso del tiempo el pintor desarrollara, esporádicamente, trastornos emocionales y delirios –recordemos su tan famosa oreja–, sí defiendo, por la inquietud que me suscitó su testamento epistolar, que ese sufrimiento no era plenamente su vida como así pregona la vox populi.

van gogh

Cuando uno lee literatura, lee unas cartas –como las de Vincent a Theo– descubre el alma de la persona. Pues bien, en el caso de la correspondencia que nos concierne uno redescubre no el alma de un trastornado, sino el alma de un artista, cotidianamente, maravillado y admirado. Si bien, esta cotidianidad se vería ocasionalmente frustrada por unas crisis que probablemente se desarrollaran a raíz de sus inquietudes no respondidas, y consecuentes crisis existenciales, por su triste y difícil infancia y juventud (como así nos comparte en la correspondencia), la deshumanizada y ruidosa industrialización que llevó a su coetáneo Paul Gauguin a Tahití en busca del primitivismo o, quien sabe, si fue causa su hipersensibilidad.

No obstante, si atendemos a la definición de “locura”, que el Diccionario de la Real Academia Española nos comparte, y lo comparamos con los sentimientos que Vincent nos trasmite a través de sus cartas, la calificación de demente podría ser discutible. El DRAE define “locura”, en su primera acepción, como la “privación del juicio o del uso de la razón”. Esta definición tropieza con la percepción que el propio pintor tenía, no solo de la existencia, sino también del maltrato que los médicos del hospital psiquiátrico de Saint-Rémy causaban a los supuestos enfermos mentales. Así lo expresa el historiador francés Pierre Leprohon, en su obra Vincent van Gogh, afirmando que el artista posimpresionista se sentía angustiado “por la manera en que tratan a los enfermos: una alimentación infecta y la inacción en la cual no se deja a los seres que algún trabajo los salve posiblemente de la misma manera que la pintura lo salva a él”. “¿Cómo un loco es capaz de percatarse del maltrato hacia los seres más cercanos si, en teoría, están privados de la razón? ¿Cómo saber dónde está el límite entre el cuerdo y el ‘loco’, si muchas veces uno se comporta como el otro y viceversa?”, me escribía hace un tiempo una estimada correspondencia al hilo de la presente reflexión. ¿Cómo un loco tiene la capacidad de emitir un juicio crítico, tan sumamente razonable, hacia la crítica que realizan los críticos?

También creo que si los críticos y los connaisseurs estuvieran más familiarizados con la naturaleza, su facultad para juzgar sería mejor que ahora, en que solo conocen la rutina de vivir entre los cuadros y hacer comparaciones entre ellos. Lo que es excelente en sí, pero endeble si se olvida que la naturaleza existe y no se profundiza en ella.

¿Y si los locos fueran aquellos que no perciben el milagro de existir, porque podríamos no existir y, sin embargo, existimos? ¿Y si los locos fueran aquellos que no agradecen “el don de la pisada”, como expresa el poeta granadino Jesús Montiel en su Placer adámico? ¿Y si los locos fueran aquellos críticos que se olvidan de la esencia? ¿Acaso generalizaríamos el tachar de locura al eximio científico contemporáneo, Albert Einstein, por alguna que otra excentricidad más allá de su diaria, como Vincent, admiración por la vida?: “Un hombre que ha perdido la capacidad de Asombro y veneración está muerto”. Una admiración… ¿Como la de Salvador Dalí? ¿Como la de Jorge Guillén?: “¡Luz! Me invade/ Todo mi ser. ¡Asombro!”, escribía el flamante poeta de la Generación del 27 en su Cántico. ¿Como Alois Vogel, el admirado vigilante del museo de Pablo d’Ors? ¿Como la bióloga y conservacionista norteamericana Rachel Carson? ¿Como Marcel Proust y su magdalena? ¿Como León Bloy y su deseo de lo Absoluto? ¿Como la luminosidad del poeta Pierre Garnier? ¿Como los primitivos cavernícolas de Gilbert K. Chesterton? ¿Como el director de cine Terrence Malick en su Árbol de la vida? ¿Como el presocrático Anaxágoras?: “Estoy en la Tierra con el fin de contemplar los cielos y el orden total del Universo”. ¿Como…? Como tantos y tantos. Como aquella admiración que ilumina el tan olvidado lienzo de van Gogh, Primeros pasos.

Primeros pasos

No me canso de repetirte que estoy maravillado, maravillado, maravillado de todo cuanto veo. A veces me sobreviene una clarividencia terrible.

Vincent no es, solamente, el demente de la oreja; es también un hombre admirado, como el niño del cuadro: su sobrino Vincent. El tío Vincent no es solamente la pincelada fusionada de Millet, Rembrandt o Frans Hals en van Gogh; tampoco es, solamente, pinceles, telas o tubos de verde esmeralda, ultramar, bermellón, carmín, cobalto, zinc, amarillo cromo, azul de Prusia y grafito; no es, solamente, Primeros pasos, La noche estrellada o Los girasoles; no es Los comedores de patatas, El interior de un café nocturno o no es, solamente, Campo de trigo con vuelo de cuervos; y así, tampoco es La Iglesia de Auvers, La casa amarilla, La siesta o El sembrador. Es, como todo hombre, todo ello a la vez. Vincent no es únicamente un demente; es “un espíritu ardiente”, solitario, profundo y humanista; es “un pintor de campesinos”, de mineros y de prostitutas; es hospitalario; es regeneración; es posimpresionista; es luz y sombra; es sombra y claridad vaporosa; es de una paleta pastosamente amarillenta; es un vivificador de la naturaleza muerta; es un químico del color; es observador y contemplativo; es ávido de saber; es reflexivo y gran estudioso; es inquieto hasta por un grano de mostaza; es un intelectual; es amante de la literatura; es lúcido ante su melancólica desolación, pero también es alegría…

Lirios-Vincent_van_Gogh

Los lirios… un estudio hermoso lleno de aire y vida.

Vincent es razonable y crítico; es fortaleza artística, pero también es debilidad humana y soledad; es afectuoso e igualmente brumoso; es desconfiado y dependiente de Theo; es agradecido; es emoción, jubilo y estupor ante la existencia, y asimismo es tristeza; es soñador, distraído y absorto; es confusión y preocupación; es libre y trabajador; es imaginación y búsqueda; es sencillo y complejo; es ambicioso y descorazonado; es misterioso y excéntrico; es armonía (“Oigo dentro de mí, sin embargo, una armonía pura y apacible”) y splendor veritatis; es rechazado y admirado; es íntimo y sublime; es apasionado, impulsivo y, en ocasiones, insensato; es comprensión; es vigoroso y perfeccionista; es terror y agotamiento; es lucha interior y trasparencia espiritual; es insatisfacción; es sembrador y recolector de arte; es inspiración e Inspiración; es concentración y pensamiento; es diferente en la indiferencia; es sincero, bondadoso y honrado; es certidumbre y tranquilidad; es valioso y pobre; es mundano y trascendental; es frenesí y neurótico; es lucidez y frustración; es excepcional… y es más crítico que los críticos a los que critica que sus críticas olvidan la profundidad y esencia de la naturaleza; ¿es, solamente, un loco? No, fue un hombre en camino con una vida y con un don: fue una persona hipersensible que deseó lo Absoluto.

Éste quizá sea mi caso, pero yo no tengo la culpa.

Es la vida, la literatura, el arte y el artista: es el retrato literario de Vincent van Gogh.

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