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Regoyos, el español entre impresiones

Andrea Reyes de Prado
@AudreyRdP

Los cuadros impresionistas han de verse de lejos. Sólo entonces podrá apreciarse la minuciosa y precisa combinación de colores que transforma una pincelada en una fotografía hecha a mano. “Sí, he hecho esto en dos horas, pero he trabajado años para poder hacerlo en dos horas”, dijo J. Whistler (1834-1903). La pintura, como todas las artes, requiere tiempo. Pasión, trabajo y tiempo.

Con la punta de la nariz frente al óleo, casi creyendo oler las témperas, uno descubre los secretos del pintor. Cómo deslizaba el pincel, con qué intensidad, las sombras difuminadas o el puntillismo más exigente. Es a distancia, sin embargo, cuando todos esos elementos tienen sentido, pues cumplen así con el exigente deseo del hombre de dar vida a un simple y viejo lienzo.

El Museo Thyssen-Bornemisza ha sabido elegir, de entre los muchos artistas de esta época, a un silencioso y discreto pintor español que, gracias a sus numerosos billetes de tren, nos ha dejado un variado e interesante testimonio de la España y Europa de su época, yendo más allá del impresionismo francés. Porque Darío de Regoyos no era puramente  impresionista.

Darío de Regoyos (Ribadesella, 1857 – Barcelona, 1913), uno de los grandes desconocidos del arte español del XIX y principios del XX era, simplemente, un artista (entiéndase el adverbio como una clasificación general, pues ¿qué personas son más complejas que los artistas?).

Los pequeños toques de pincel de sus paisajes, rápidos y cortantes, sin duda recuerdan al impresionismo. Es más, conoció de primera mano en Bélgica y París el movimiento, pero no por ello podemos reducir su obra a una sola – aunque muy bella – temática.

Darío de Regoyos fue un viajero incansable, lo que le aportó tanto cultura y experiencias como un variado aprendizaje artístico y dos importantes consecuencias: la evolución y el cambio. Desde muy joven tuvo contacto con pintores europeos y norteamericanos, surgiendo amistades como Pisarro, Seurat y el anteriormente mencionado Whistler. Siendo él de espíritu libre y aventurero, es lógico que tuviera predilección por la pintura al aire libre, experimentando sin descanso gracias a su rapidez y su capacidad para reflejar con las manos lo que su mente imaginaba.

¿Qué tiene de especial, frente a los grandes apellidos del cambio de siglo, este simpático asturiano al que le gustaba tocar la guitarra? Su inclinación por la tierra, por los orígenes, por el hogar; especialmente el norte español. Su España negra es muy característica, una pintura costumbrista y algo sombría, con escenas serias y en ocasiones tristes, resultado de su viaje por la geografía nacional en 1888.

Su España favorita, sin embargo, es muy verde y muy azul. Convencido de que existen lugares que conectan, más o menos intensamente, con la sensibilidad de cada artista, el suyo sin duda estaba cerca de su hogar. La luz del Cantábrico iluminó gran parte de sus obras, en las que representaba los frecuentes días nublados, los amaneceres y atardeces más paradisíacos, las playas, la vegetación libre, los acantilados, el armonioso y salvaje ruido de las olas contra ellos, la magia única del aire salado.

Cerró esta etapa fructífera y feliz en 1912, cuando se trasladó junto a su familia a Barcelona. Allí, aunque enfermo, siguió pintando con esmero y dedicación, disfrutando siempre de la calma que le aportaba la naturaleza hasta que ésta, transformada en un cáncer de lengua, se llevó prematuramente al dueño de los cuadros que hoy podemos ver en esta exposición. Algunos de ellos impresionistas, otros puntillistas, y otros, simplemente, obras de arte. Pero todos ellos han de admirarse de lejos.

Museo Thyssen-Bornemisza. Paseo del Prado, 8. Madrid
del 18 de febrero al 1 de junio de 2014
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