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Por amor al Arte

Fernando Bonete Vizcaino

Se me permitirá que comience citando a Ortega, filósofo que ha acaparado mis últimas lecturas y que por tanto está muy presente en mi pensamiento e ideas estos días. “Sorprenderse, extrañarse, es comenzar a entender. Es el deporte y el lujo del intelectual”. Y como intelectual, es también deporte y lujo del artista descubrir en las cosas más pequeñas y en apariencia insignificantes de la vida la esencia misma de la existencia. Sin embargo, para levantar el velo que cubre nuestra realidad hace falta primero desear. Desiderare procede de la raíz latina sideral, es decir, perteneciente o relativo a las estrellas o a los astros, a todo aquello que nos hace mirar hacia algo superior, hacia el infinito, desde una perspectiva claramente limitada, finita, humana. Decía, pues, que solo el deseo, la aceptación y comprensión de la agitación interior que nos impulsa más allá de nosotros, puede desvelar el ser de las cosas. Aquel hombre que acepta su destino trágico, de perpetua contienda, de continua tensión respecto a la realidad, aquel hombre habrá comprendido la vida. Ese es el verdadero artista, el único facultado para aprovechar la revelación de que ha sido partícipe y llevar a cabo la conversión de esa abstracción superior al ser humano mismo a formas tangibles (entiéndase, intelectivamente). Su obra es fruto única y exclusivamente de este proceso de expresión de lo infinito en una realidad finita. Es ante todo y sobre todo trascendencia, una certeza sobre la cual se construye la irrefutable y única posible verdad del Arte.

Fuera interesante y hasta útil una pequeña pausa para que el lector se cerciorara de que la anterior reflexión no contiene ni hace mención al dinero. Tampoco ninguna de sus acepciones en sus múltiples variantes serán halladas. Si por algo se ha caracterizado la moneda de todos los tiempos ha sido por su particular peso. Grandes fortunas y riquezas han caído lastradas por el mismo, y su pesado metal ha alejado las grandes certezas de la vida de su influencia por miedo de quedar ancladas en este mundo. Como las amistades (tanto o más), el Arte debe quedar fuera de la esfera directa del dinero. La evidencia de que ambos ámbitos pertenecen a esferas sustancialmente diferentes la encontramos en la realidad pasajera, efímera, de lo material, frente a la eternidad e inmortalidad de la verdadera pintura, arquitectura, escultura, música, literatura, teatro, danza y cine.

¿Qué ha llevado al mundo de hoy a aceptar la ligazón del Arte con lo monetario, lo comercial, el producto, lo efímero, la materialidad? ¿Qué circunstancias han producido la tremenda y alarmante confusión respecto al origen y finalidad del Arte? Sin duda alguna, el gran mal padecido por la mente del siglo XXI es lo que he dado en llamar la enfermedad del concepto. El error de concepto es si cabe el gran cáncer que padece la sociedad del momento. Fruto del pragmatismo imperante, la filosofía del “todo vale” se hace dueña de la conciencia colectiva y aquello que yo creo y que conforma mi opinión asciende a la categoría de conocimiento. Una gran bola de nieve que va creciendo durante su avance hasta arrasar las grandes certezas que de suyo han constituido al hombre. Pero aquello que conforma la obra de Arte se halla más allá de la conciencia humana, lo único que podemos hacer es resignarnos a aceptar nuestra finitud y desear aquello que es cognoscible por naturaleza, muy diferente con respecto a lo cognoscible respecto a nosotros. Extirpada esta dolencia podremos verificar que ni el dinero ni cualquier otra realidad diferente a lo que el significado del Arte nos remite constituyen su verdadera dimensión.

Tampoco el artista que se precie de ser tal encamina su imaginación, inspiración y genio hacia la riqueza, pues sería como circular en dirección contraria. Si hemos dicho que la meta del artista es dirigirse hacia las cimas más altas de la esencia humana cualquier peso material entorpecerá su escalada. Por supuesto que el artista vive de su talento y su maestría es reconocida no solo por la calidad de su obra, sino también por el valor monetario de su producción; pero nunca en su interior se halló la codicia del interés personal, pues entonces ninguna forma artística hubiera podido brotar de su sino. Incluso en los casos extremos de dificultades económicas en los que se verá forzado a proyectar su genio, el artista sigue dirigiendo su mirada el horizonte, única forma de captar la Verdad, Belleza y Bondad que constituyen el Arte.

Si la vida es la gran obra de Arte de la historia de la humanidad sorprenderse, extrañarse ante sus perspectivas, tonalidades, matices, proporciones y sonidos, es comenzar a entender. Comprender el destino inexorable de artista que la existencia nos depara a cada uno de nosotros es dejar de ser silencios en la sinfonía de la vida.

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