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Pisarro

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Andrea Reyes de Prado
@AudreyRdP

No tenía pensado hacerlo. Apenas lo supo se negó. Se negó a viajar hasta allí, se negó a recorrer las salas, a recorrer sus obras, sus historias, su pasado, su vida. Se negaba a sí mismo mientras que los hombres, cada vez más distintos a lo que él fue, se empeñaban en afirmarlo.

No se acostumbraba, cien años después, a ver bailar sus pinturas de una pared a otra, de una ciudad a otra, en un movimiento tan constante como la propia vida. Claro que él ya no estaba con ellas, custodiándolas y vigilándolas. En su tiempo estuvo orgulloso de ser el único que había participado en todas las exposiciones del movimiento impresionista, entre 1874 y 1886, a pesar de haber sido el artista menos reconocido. Pero ya no. El mundo ha cambiado demasiado, y no tenía ninguna intención de adaptarse a él. ¿De qué serviría, a estas alturas? Al fin y al cabo, lo único que quedaba del viejo Camille Pisarro era un trocito de energía vital a la que algunos llamaban alma.

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El puente de Charing Cross de Londres se alzaba majestuoso al final del pasillo. Junto a su apellido, escrito en letras grandes y negras, anunciaba a los visitantes del Museo Thyssen-Bornemisza una exposición paisajísticamente impresionista. El próximo tren Madrid-Cielo saldría en más de una hora. Había vuelto a caer en la tentación, ya no había marcha atrás. Se ajustó instintivamente las gafas y suspiró, más de tres veces, antes de realizar de nuevo el viaje de su vida.

Camille PisarroLos madrileños habían decidido que ésta, al menos en su versión artística, empezó en la década de 1860, cuando conoció a Cézanne y Monet, con quien forjó el estilo impresionista y quien terminó eclipsando su obra. Recordó sus excursiones a los alrededores de París, su mudanza a Louveciennes y su huída a Londres debido al estallido de la guerra franco-prusiana. Ah, Londres… ¡Fueron pocos años, pero qué intensos! Conoció a Durand-Ruel, su futuro marchante, y pasó muchas tardes con Claude, contemplando obras de Turner y Constable y aprendiendo de ellas.

En una nueva sala, los paisajes de Pontoise le llevaron a 1872, cuando regresó a Francia. Allí residió, junto a toda su familia, durante mucho tiempo. Fueron años duros, y se distraía discutiendo con Cézanne acerca del espacio y las formas, buscando nuevos conceptos y perspectivas. Después llegó Éragny, con sus huertos y sus infinitos prados. Recordó a Seurat y Signac, con quienes había simpatizado por su interés por el movimiento anarquista, y por quien experimentó con el puntillismo durante unos años. El alma de Pisarro se rio. ¡Cuántos problemas había tenido con los Salones por sus ideas políticas!

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PisarroAvanzó unos pasos. De pronto, sus pinturas, que hacían para él al mismo tiempo de ventanas y espejos, cambiaron drásticamente de lugar en las dos últimas salas y se trasladaron al mundo urbano. La llegada a la ciudad significaba también la llegada de su última década de vida, y eso le entristeció. En ella disfrutó como nunca del éxito comercial, pero en 1891 le atacó una enfermedad ocular, y eso le impidió volver a pintar al aire libre.

Permaneció largos minutos contemplando sus últimas obras, dejando que pasaran por él las personas reales y el tiempo real. Durante una pequeña eternidad, se vio a sí mismo sentado frente a una ventana, a veces de un hotel y a veces en su estudio,  transformando el Boulevard Montmartre en pinceladas color ocre. Y se vio, empezando el 1900 y apurando sus últimas fuerzas, viajando a Normandía para no abandonar sus lienzos sin antes impregnar en ellos la modernidad que había comenzado a desarrollarse y que él nunca conocería. 

Continúa el camino...
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