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Miguel Blay: instante previo a la rendición

 

Andrea Reyes de Prado
@AudreyRdP


Y, mientras tanto, ellos sueñan con hacer el amor frente aquella pared azul marino. La multitud avanza, acelerada, hacia uno u otro lado del pasillo. Un vaivén de voces extranjeras, folletos bailando bajo las manos, hombros colorados por el sol. Pasan de largo con la mirada perdida y el gesto decidido, buscando a Velázquez, Bosco arriba, Greco abajo. Allí, tan cerca y tan lejos del bullicio, a ellos les ilumina una brillante luz artificial, desde un punto indefinido, que cae del techo o quizás cielo. Ajenos a los transeúntes él posa su mano derecha sobre las rodillas de ella, sin abarcarlas, sin fuerza, sólo para decirle que ha llegado. Su mano izquierda se cuela por el costado y el vientre blanco se contrae, asustadizo. Sus dedos rodean el fino antebrazo, lo atraen hacia sí, en una caricia, sin presión, sólo para decirle que no existe el miedo. Su rostro cierra los ojos y se aproxima con cautela al cuello, para respirarlo, para besarlo. Se detiene. Sólo para decirle que la desea. Y el movimiento se congela en el instante previo a la rendición.

Hay ciudades que aún habita la piedra de Miguel Blay. Olot (Gerona), la que le vio nacer en 1866, y Madrid, la que le vio morir en 1936, son dos de ellas. Sus esculturas tienen nombre de poemas o de flores –si acaso no fueran lo mismo– (Remordimiento, Desencanto, Sensitiva) y todas ellas poseen en su rostro la serenidad. Recogidas de la intemperie y resguardadas ahora en dos salas, cuatro de sus hijos de mármol se exponen hasta el mes de octubre en el Museo del Prado de Madrid.

Bajo el nombre de Solidez y belleza, y comisariada por Leticia Azcue Brea, esta breve exposición constituye un acercamiento, un primer roce, a la sensible obra del escultor catalán Miguel Blay y Fàbregas. En la sala 60, rodeada de la pintura española del siglo XX, preside ausente Al ideal, escultura de escayola nacida en 1896. En sus dos figuras, puras almas que parecen flotar, se reúne toda la experiencia de Blay, todo su aprendizaje, su carrera, el desarrollo y definición de un estilo. Desde sus inicios en la Escuela de Dibujo y Pintura de Olot y su formación en París, donde obtuvo grandes reconocimientos, hasta su consolidación como artista a su regreso a España, cuando recibió la Medalla de la Exposición Nacional de Bellas Artes en 1908. La primera talla de santos, que se le quedó corta a sus inquietudes y deseos de explorar, la dulce e intensa embriaguez en Roma de la escultura clásica, renacentista, barroca y neoclásica. El juego simbolista con el que se buscaba trascender el realismo a través de la espiritualidad. La pérdida de su quinto hijo.

Miguel Blay

Toda una vida dedicada a sus manos agrupada en una pequeña sala que reúne esculturas, un relieve, dibujos sencillos de gran delicadeza y algunos objetos personales como medallas y un pequeño diario de 1902. Un recodo para Miguel entre las obras del reconocido Blay. Sobre ellas, la serenidad. Y, en ellas, la solidez y la belleza. «He aquí, en dos vocablos, expresado todo el ideal que encierra el programa que ha de cumplir un escultor». Solidez en la materia y belleza en la forma. O solidez en el contenido, historias que nunca sabremos; y belleza en el continente, blanco, clásico, erosionado por el paso de la vida.

También los amantes han sufrido lluvias, miedos y adversidades. Durante 30 años, hasta 1979, estuvieron expuestos en los jardines de la Biblioteca Nacional, cuando albergaba el Museo de Arte Moderno. Pero ya sabían lo que era viajar. Blay los esculpió entre 1904 y 1905 en su estudio de París, recreando la primera magia del cuerpo de una forma menos explícita y más tímida. Pero poderosa. Ahora Eclosión, nombre de la unión de ambos, se expone, solitaria y sensual, en la sala 47. Mientras la gente pasa, ellos, que tras tanto tiempo han perdido la suavidad de su mármol de Carrara pero no la cándida pasión de su mirada, sueñan con hacer el amor frente aquella pared azul marino. Donde, tan cerca y tan lejos del ruido, ella deja que él se acerque, que toque sus rodillas y su antebrazo. Que la lleve a sí. Que respire su cuello, que se unan sus materias. 111 años siendo dos estrellas fugaces cruzándose en el espacio de la piedra. Siendo dos cuerpos a punto de fusionarse. La atracción ejerce su fuerza, sus líneas paralelas se curvan. Ahí. Entonces. Ahora.

Pero el movimiento se congela en el instante previo a la rendición.

Miguel Blay
‘Eclosión’, 1905.

Información práctica

Solidez y belleza. Miguel Blay en el Museo del Prado

Hasta el 2 de octubre de 2016

Edificio Villanueva. Salas 60 y 47

De lunes a sábado, de 10:00 a 20:00 horas. Domingos y festivos, de 10:00 a 19:00 horas

Entrada general: 14€. Reducida: 7€

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