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Matemática y onírica Maruja Mallo

Andrea Reyes de Prado
@AudreyRdP


Son sus letras las que destacan, sobresalen, exaltadas vuelan. Las letras fueron puente entre ellos, motivo de conexión, nombre unánime y reconocido. Pero las letras no fueron la única forma de expresión de aquel grupo de infinitos. También hubo arte en la Generación del 27 y, en él, unas manos destacan sobre las demás: las de Maruja Mallo (Lugo, 1902 – Madrid, 1995).

Maruja MalloSu vida fue como la de muchas mujeres de su época: incierta, inquieta y voraz. La inferior valoración y reconocimiento tanto social como artística frente a sus compañeros masculinos y el difícil contexto que se vivió durante la primera parte del siglo XX a causa de la Primera Guerra Mundial y, especialmente, la Guerra Civil, forjaron en ellas un carácter fuerte, independiente, inconformista y soñador. Obligados muchos de los intelectuales y artistas al exilio, la poesía, la prosa o la pintura se convirtieron en su patria y única bandera. Y así fue para Maruja, la etérea niña marioneta. «Todavía alcancé a conocer a Maruja Mallo en sus últimos años –relataba Francisco Umbral–. Había pintado mujeres como muñecas y el tiempo la había convertido en una muñeca vieja y parpadeante. Llevaba su flequillo rubio completamente postizo y un lazo infantil sobre sus ochenta o noventa años. Maruja Mallo no se maquillaba sino que pintaba una muñeca sobre su propio rostro y así salía a la calle. Iba vestida de niña antigua y todos los personajes de sus cuadros se habían reunido en ella convirtiéndola en la mujer/verbena, como aquellas que pintó por los años 20, cuando Ortega y Gasset decidió patrocinarla y publicó cosas suyas en la Revista de Occidente».

Los personajes de sus cuadros habitan un cuento mágico y místico y, como bajo un hálito de promesa, parecen estar siempre en alertada espera. No fue extensa su producción, pero no necesitó de más para dejar su huella, silenciosa y firme, en el mundo. Parte de ella se exhibe actualmente en la madrileña Galería Guillermo de Osma bajo el título de Maruja Mallo. Orden y creación. «Así es su obra –define el propio Guillermo de Osma–: muy reducida en número pero de una calidad exigente y rotunda para expresar con un extremo rigor en la factura y en la composición su mundo visual, de una profunda originalidad, en constante búsqueda, evolucionando a través de series […]. Su calidad plástica y su poderoso imaginario hacen de la artista una de las más interesantes y originales de su generación; la generación de Frida Kahlo, Georgia O’Keeffe, Remedios Varo, Amalia Peláez, Ángeles Santos, Leonora Carrington, Kay Sage o Dorothea Tanning».

Sus personajes habitan un cuento mágico y místico y, como bajo un hálito de promesa, parecen estar siempre en espera.

 

Madrid fue el inicio de su formación artística y su punto de encuentro con todas las jóvenes voces que por entonces ya bullían: Salvador, Dalí, Federico García Lorca, Luis Buñuel, María Zambrano, Rafael Alberti o Concha Méndez y Josefina Carabias, con quienes entabló una especial amistad. Gracias a sus trabajos ilustrativos para La Gaceta Literaria o la mencionada Revista de Occidente su nombre comienza a escucharse y exponerse; nombre que traía consigo el realismo mágico. Tuvo la oportunidad de ir a París en 1932, y el contacto con Magritte, Ernst, Miró o De Chirico dejó en ella una inevitable mueca de asombro y conexión. Su pintura, hasta entonces fronteriza entre la realidad y lo onírico, se volcó totalmente en el surrealismo. De esta efervescente época son obras como Estampa (1927), Escaparate (1928) o Mensaje del mar (1937), expuestas en la galería, que nos elevan hacia su geométrico mundo azul-gris.

Magritte, Ernst, Miró o De Chirico dejaron en ella una inevitable mueca de asombro y conexión.

Imponentes dibujos como Cabeza de mujer, de frente y de perfil (1947) y óleos como Naturaleza viva (1942), Joven negra (1948) o sus enigmáticas máscaras nos acercan a su etapa durante el exilio a Portugal y, después, a Argentina. Una etapa, hasta comienzos de los años sesenta en que regresa a España, de reconocimientos, exposiciones, viajes y un intenso crecimiento tanto artístico como personal. En el país luso la recibió y acogió Gabriela Mistral, embajadora entonces de Chile allí. A ella está dedicada una de las dos cartas de Maruja Mallo que se exponen en la muestra (junto con una interesante correspondencia con el arquitecto Jorge Oteiza). «Tres veces rodó el planeta sin saber directamente por ti», escribe en 1966 a Luisa Sofovich, la segunda corresponsal. Maruja, poética siempre. Y, sin embargo, tan matemática.

Y es que la exactitud, la geometría, vivía en Maruja Mallo. Paciente, meticulosa, entregada. Como si hubiera sido una curiosa discípula de Escher, realizaba esmerados bocetos y estudios  –“trazados armónicos” los llamaba– basados en las teorías de la proporción que aprendió en los libros del matemático de origen rumano Matila Ghyka (1881-1965). La constancia es clave para cualquier actividad, afición o pasión del ser humano. La constancia y la lealtad. Y Maruja fue constante y leal a las líneas hasta el final de su vida. Varios de estos estudios pueden contemplarse en las salas de esta pequeña, discreta y hermosa exposición, resguardada en la primera planta de un oscuro y hermoso edificio antiguo que invita a adentrarse en los sueños de una mujer que revoloteó por entre sueños imposibles. Estudio para ‘Viajero del éter’ (1958) o el infinito Estudios de movimientos (1956) se nos aparecen como metáforas secretas de su mundo, un mundo ahora accesible gracias a esta exposición que, entre grandes nombres que se han inaugurado en Madrid como Ignacio Zuloaga, Norman Foster o Alphonse Mucha, con pesar pasa desapercibida.

Información práctica

Maruja Mallo. Orden y creación

Galería Guillermo de Osma

C/ Claudio Coello 4, 1º izquierda, Madrid

Hasta el 10 de noviembre de 2017

De lunes a viernes, de 10:00 a 14:00 horas y de 16:30 a 20:30 horas

Entrada gratuita

Sitio web

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