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Los ojos del hombre que sabía mirar

Soy de la opinión de que, se trate de escultura o de pintura, en realidad lo único que cuenta es el dibujo. Hay que agarrarse única y exclusivamente al dibujo. Si se domina un poco el dibujo, todo lo demás será posible.

Andrea Reyes de Prado
@AudreyRdP


Esta frase, perteneciente al artista suizo Alberto Giacometti (1901-1966), se encuentra impresa en un espacio elevado al comienzo de la exposición que la Fondation Giacometti y la Fundación Canal han producido y organizado, en colaboración con las comisarias Catherine Grenier y Mathilde Lecuyer, y que lleva por nombre Giacometti. El hombre que mira.

El pequeño fragmento de texto, allí suspendido en el aire, pasa a menudo desapercibido por los espectadores, al situarse de espaldas a ellos. Sin embargo, es una de las claves de la exposición e, incluso, de la obra del artista. Cualquier producción, desde la compleja arquitectura a las modernas artes plásticas, tiene siempre su origen en el ágil e irregular trazo que produce una mina de grafito sobre un folio de papel. En ese trazo, rápido y esquemático, el artista traduce por primera vez en materia la idea del proyecto que quiere llevar a cabo, corrigiéndola y repasándola indefinidas veces. Los bocetos suelen tener mucho menos valor artístico que la pintura o la escultura finales, juicio lógico; pero nunca debemos despreciarlos, pues en ellos se encuentra la respuesta y razón de ser de las obras, y sin ellos, éstas no existirían.

La Fundación Canal dedica gran parte de su exposición a los bocetos de Giacometti, el escultor de figuras alargadas, misteriosas y profundamente humanas; de las cuales encontramos en la Fundación 13, acompañadas de 101 dibujos. Nunca sabremos si éstos eran bocetos; bocetos para dibujos y esculturas, o bocetos que hacía por el simple motivo de querer hacerlos o si, por el contrario, los consideraba dibujos terminados. En cualquiera de los casos, sus características líneas curvas que giran y se contornean sobre el papel para dar forma a un rostro humano consiguen transmitir, a pesar de parecernos inacabados –lo que aporta mayor mérito y magia–, la importancia que Giacometti atribuía a la mirada.

Vemos cosas constantemente a lo largo del día. De hecho, a no ser que cerremos los ojos, vemos continuamente, ininterrumpidamente. Pero ¿cuántas veces, en cuáles de esos parpadeos, nos acordamos o nos atrevemos a mirar además de ver? La diferencia entre ambos verbos es un salto de un mundo a otro completamente diferente y mucho más rico, y Giacometti lo sabía. La mirada es, pues, la segunda clave de la exposición y, como la anterior, clave también en toda su producción. Muchos de sus dibujos representan rostros masculinos, en los que los ojos son la parte más trabajada y expresiva. “Si la mirada –expresaba el artista–, es decir, la vida, se convierte en lo esencial, no hay duda de que lo esencial es la cabeza”. Como explica uno de los textos informativos de la exposición, la mirada es tratada de forma individual como elemento central, pero también como un todo que represente al modelo, al que intenta captar en su totalidad. Captar la esencia de alguien a través de una fotografía, un lienzo o una espátula es una de las tareas más difíciles, pero intentar llegar al alma a través de un garabato, de un esbozo; lo es aún más por la simpleza del mismo.

Según avanzamos en la exposición, las figuras de Giacometti se alejan progresivamente de nosotros, pues al igual que una cámara, el artista reduce el zoom para mostrarnos cada vez, a cada paso, una porción más de cuerpo. Tras Cabeza y Mirada, las siguientes salas están dedicadas a Figuras de medio cuerpo, Mujer, Pareja y Figuras en la lejanía. Las esculturas y relieves egipcios, hieráticos y solemnes, influyen de forma notable en cómo el artista representa tanto al hombre como a la mujer, añadiendo un toque personal al retratarle siempre a él en movimiento y a ella estática. Cuando dibuja a ambos en un mismo espacio, casi nunca llegan a tocarse o comunicarse, permanecen en planos diferentes, sumidos cada uno en sus pensamientos, pensamientos que se nos asemejan como íntimos y melancólicos, inalcanzables, pertenecientes a un mundo interior ajeno al nuestro. Al igual que lo era el mundo interior de Giacometti, descrito así por Antonio Lucas:

Y construyó una galaxia propia en un galpón de 18 metros cuadrados en el 46 de la Rue Hippolyte-Maindron de París, donde hacía frío hasta en verano. En su pequeño taller, un cruce de santuario y laberinto mental, levantó esculturas de hombres extremados, ahondando en el misterio de los otros. Y así se hizo sitio en el arte.

Ficha técnica

Lugar: Fundación Canal, calle Mateo Inurria, 2, Madrid

Fecha: del 31-01-2015 al 03-05-2015

Horario
Laborales y festivos: 11:00-20:00 horas
Miércoles: 11:00-15:00 horas

Precio Entrada gratuita

Página web

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