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Los cuadros de Ingres tienen las cuerdas de un violín

Andrea Reyes de Prado
@AudreyRdP


Él ansiaba ser un pintor de Historia. Y lo fue, pero sólo para sí mismo. La H mayúscula, elegante e imponente, puede parecer que aporta cierta pretensión al sueño, pero, precisamente por tratarse de un sueño, qué otra cosa podía ser sino grande, inmenso y elevado. Sin embargo, Jean-Auguste-Dominique Ingres (1780-1867) nunca fue recordado por la temática histórica sino, mayoritariamente, por sus desnudos femeninos y retratos. Lo que quería a cambio de lo que pudo, su sueño a cambio del prestigio.

 El Museo del Prado, con la contribución y colaboración del Musée du Louvre y el Musée Ingres de Montauban (ciudad natal del artista), nos ofrece la primera gran exposición monográfica dedicada a Ingres, uno de los pintores universalmente más reconocidos e influyentes.

Monsieur Bertin · Ingres · 1832 · Óleo sobre lienzo

Tras una breve introducción, Un artista, múltiples formaciones y Retratos íntimos. Primeros retratos oficiales son las salas, de las once en total, que inician la inédita muestra. En ella, podemos recorrer cronológicamente todos los temas y estilos que desarrolló, dando lugar a una producción mucho más variada de lo que popularmente se considera. Es por ello que el viaje que realizamos a través de su obra, con esbozos y alusiones a su vida, resulta tan interesante: admiramos de cerca sus desnudos, su odalisca; pero también descubrimos al Ingres dibujante, al Ingres fascinado por el mundo grecolatino, al Ingres retratista. Al Ingres apasionado de Rafael, y al que planteó una alternativa a la pintura religiosa.

«Creo haber abierto una vía personal añadiendo al amor que [Jacques-Louis David] sentía por la lo antiguo, el gusto por la naturaleza viva, el estudio de la gran tradición de las escuelas de Italia y sobre todo de las obras de Rafael»

Artista desde niño y educado en la Académie des Beaux-Arts de Toulouse, Ingres tuvo  como maestro más conocido a Jacques-Louis David, pero no fue el único: Suau le ayudó a mejorar el dibujo, Vigan lo introdujo en las técnicas escultóricas y los volúmenes, el paisajista Braint le enseñó los rudimentos propios de su temática… Su formación, versátil en la forma y predominantemente clásica en el contenido, pronto se encontró con sus aspiraciones personales, siendo la mayor y más importante su mencionado deseo de ser reconocido como pintor de Historia. Pero pronto le llegó la fama de retratista, fama que, muy a su pesar, le acompañó hasta sus últimas obras y sus últimos días. «Siempre es así –dijo de él Charles M. D’Argenteuil–. Siempre tiene el deseo de todo y siempre lamenta lo que ha aceptado cuando se pone a ejecutarlo».

No deja de ser curioso, casi paradójico, que pudiese llevar a cabo de forma tan bella y técnicamente bien realizada algo que, en el fondo de su ser, no nacía de la vocación o la pasión, sino del talento, la experiencia y el éxito. Sin duda resulta atractivo el reto de intentar descubrir, descifrar, la profunda diferencia que se esconde entre aquellos cuadros que hizo por voluntad ajena y los que hizo por voluntad propia. En algún rincón, en alguna pincelada, debe hallarse el matiz que, pese al indudable valor artístico de ambos, convierte la esencia de unos en vacío y, la de otros, en pura poesía.

Un ejemplo de ello es un bello retrato, minúsculo y ensombrecido ante grandes pinturas como el Napoleón I en su trono imperial (1806); un dibujo que realizó al violinista Niccolò Paganini. A pesar (o gracias a) su sencillez, posee una calidez y una cercanía tam intensas que transmiten, con apenas echarle un vistazo, la gran admiración que sentía Ingres por el retratado, así como por la música y por el instrumento. Si sus pinturas tuviesen melodía, sin duda sonarían como un violín bien afinado. Esa melodía, dulce y evocadora, acompañaría bien las escenas que Ingres pintó inspirándose en la Antigüedad clásica, protagonista de las salas Roma y los mitos y El desafío clásico, así como la pintura que realizó en Italia bajo el influjo Troubadour o la que nació de su relación con el XIV Duque de Alba, su patrono español.

La gran odalisca · Ingres · 1814

«Hay sólo tres cosas a hacer con una mujer –dijo en una ocasión el escritor Lawrence Durrell–. Se puede amarla, sufrir por ella o convertirla en literatura». Si entendemos literatura como poesía, en su sentido más amplio, profundo y sublime; Ingres desde luego convirtió a la mujer en literatura, en poesía. Las salas dedicadas a Mujeres cautivas y Suntuosa desnudez son una muestra de ello, pues la belleza, el misterio y una extraña sensación de presenciar algo inalcanzable nos rodea cuando observamos obras como La gran odalisca (1814), Ruggiero libera a Angélica (1819) o El baño turco (1862). Sensualidad y ocultación son dos términos que se adecúan a los desnudos femeninos de Ingres, que comparten, junto con los de otros artistas como Gustav Klimt, el ser tan evocadores y atractivos como un tanto altivos. El pudor de una femme fatale.

Como contraposición, o puede que como equilibrio, en Nuevos retratos encontramos una selección de algunos de los mejores encargos que le consagraron como retratista de la alta sociedad parisina, destacando el de Monsieur Bertin (1832) o El duque de Orleans, Ferdinand-Philippe-Louis-Henri (1844). Habiendo renunciado ya a su sueño de pintura histórica, se centró en perfeccionar e innovar en el género que más aceptación tenía, buscando reflejar en los hombres su psicología y, en las mujeres, tras haber ahondado en su cuerpo y alma en los desnudos, detalles más anecdóticos como el vestuario. De la misma forma, en su pintura religiosa, quizás la más desconocida y menos valorada, también aportó su sello personal, pese a ser ésta una misión difícil: la doctrina de Ingres, fundamentada en los ideales estéticos y morales de la Antigüedad clásica y de Rafael, chocaban con  la ideología de la pintura religiosa más canónica. En la exposición pueden contemplarse ejemplos como Juana de Arco en la coronación de Carlos VII en la catedral de Reims (1854) o Jesús entre los doctores (1862), su última obra de grandes dimensiones.

«Sí, el arte necesitaría que alguien lo reformase y me gustaría ser ese revolucionario. Pero, paciencia, haré cuanto esté en mi mano para que eso pueda ocurrir un día y en ello cifro toda mi ambición. Ellos reafirmarán aún más mis ideas ene se bello camino, por más que me griten que me extravío […]. Insensatos, sois vosotros los que no camináis recto»

Ante este fragmento, más que a un clasicista, ¿no se diría que estamos oyendo más bien a un romántico? Oyendo, sintiendo; el fervor, el idealismo, la pasión. Y es que Ingres siempre estuvo a medio camino entre la rigidez neoclásica y la volatilidad romántica, siempre entre la norma y el deseo. Siempre indefinido, inalcanzable como sus mujeres cautivas y también como su verdadera aspiración pictórica. Siempre en tierra de nadie. Como dijo Marcel Duchamp, «el arte tiene la bonita costumbre de echar a perder todas las teorías artísticas». En tierra de nadie, pero en el Olimpo artístico de muchos.

Información práctica sobre la exposición disponible aquí

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