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La sensibilidad klimterótica

Andrea Reyes de Prado
@AudreyRdP


Serpientes acuáticas I · Klimt · 1904-07Algo tiene la mujer que atrae con fuerza a los lienzos. Será su cabello, mucho más vital y expresivo, serán sus labios, el brillo incógnito de sus ojos, o las curvas misteriosas e inesperadas de su cuerpo. Será que todo aquello que la diferencia del hombre se transforma con facilidad en poesía. O será que, en sí misma, la mujer es poesía. Bella, dulce, profunda. Pero también difícil, inalcanzable y, en ocasiones, incomprensible.

Algo ocurre con la mujer. Si echamos un vistazo al mundo actual de la ilustración, del arte, veremos una predominante preferencia por representarla a ella: Paula Bonet, Albert Soloviev, Conrad Roset, Naranjalidad… Sin embargo, este hechizo al que incumben los artistas no nació junto a su talento. No nació, de hecho, junto al talento de ningún artista. Nació con la propia mujer, pues es algo en ella innato y permanente. Una de las cualidades más especiales y únicas de ese hechizo es la sensibilidad. Una sensibilidad que va más allá del aspecto físico y del carácter, del trato o de la voz. Algo que sólo emana la mujer, al igual que es el hombre quien suele emanar fuerza y protección. Esa sensibilidad puede interpretarse de tan distintas formas como pintores han existido.

Retrato de Emilie Flöge · Klimt · 1902Y una vez existió un pintor, de aspecto desgarbado y descuidado, de personalidad tímida e introvertida, que desde 1862 hasta 1918 se entregó por completo y por pasión al estudio de la sensibilidad de la mujer. A intentar conocer y descifrar ese aura que rodea el cuerpo y el alma femeninos. Ese hombre se llamaba Gustav, se apellidaba Klimt, y logró fundir en una sola expresión, en una sola mirada, sensibilidad y erotismo. Desde las obras más explícitas, como Mujer sentada con los muslos separados (1916/17) hasta los retratos más inocentes, como el de Fritza Riedler (hacia 1906), Klimt invade sus lienzos con un potente simbolismo y una discreta pincelada que pretende (¿o no?) disimularlo.

La mujer a través de Klimt es opuesta al hombre, es protagonista y es dueña de él y de todo lo que la rodea. Atrapa y absorbe la realidad y la fantasía, pero no lo hace con maldad o afán, aunque en ocasiones sí podría representar a una femme fatale. Ahí radica la magia del artista, y el motivo por el que esa superioridad no resulta desagradable o moralmente negativa. Con gestos siempre delicados y tiernos, la mujer de Klimt provoca admiración, atracción y un cierto misterio. Esa sensibilidad y ese erotismo conviven en un mismo cuerpo y en una misma intención que ignoramos y que, al mismo tiempo y por la misma razón que detectamos como peligrosa, nos atrae. Es sumamente refinado el modo en que la mujer ignora, o pretende ignorar, el deseo que ella misma despierta al espectador.

«Los dibujos de Klimt son la quintaesencia de la sensualidad. Carecen de la agresividad y desesperación de los dibujos de Schiele, del cinismo de Picasso, del salvajismo de Toulouse-Lautrec. Su erotismo es siempre, como en Ingres o Matisse, refinado y elegante»[1].

En toda su producción artística, Klimt ha querido transmitir su punto de vista de la figura femenina. Cierto es que su obra más conocida, El beso (1907-08), tiene como protagonistas a un hombre y a una mujer, pero resulta curioso ver cómo es una de las pocas excepciones. Siempre es ella la protagonista, siempre es ella quien se adapta tanto a sus pinturas personales como a los encargos. Klimt incluso prefiere representar el amor de las mujeres, como en Las amigas (1616-17) o Serpientes acuáticas I y II (1904-07), a introducir la figura masculina. Al igual que sus mujeres, el propio Gutav Klimt nos provoca atracción y misterio: ¿por qué ese tipo de mujer? ¿Por qué así? ¿Corresponde y responde su obra a su vida? Por desgracia o por fortuna (pues quizás sin ese aura de silencio Klimt no sería tan Klimt), poco se sabe de él mismo más allá de sus exposiciones y círculos de amistades. Nunca se autorretrató, ni escribió sobre sus pensamientos u opiniones. Cansado, tal vez, de molestas y repetitivas interrogaciones, sentenció: «El que quiera saber algo sobre mí –como artista, digno únicamente de atención– deberá observar detenidamente mis cuadros e intentar reconocer en ellos qué soy y qué quiero».

Sonja Snips, Serena Lederer, Margaret Stonborough, Eugenia Primavesi o Emilie Flöge son sólo alguno de los nombres que posaron en su estudio y pasearon por su alcoba. Modelos y amantes se mezclan en las calles de Viena y en la vida de Klimt, al igual que las extrañas figuras decorativas de sus obras y al igual que él mismo. Sin duda, Klimt no sería tan Klimt sin su mujer y sin ese misterio, entre sensible y erótico, que rodea y protege a ambos.


[1] Neret, G. Klimt. Berlín: Taschen, 2005.

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