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La realidad mundana de Català-Roca

Blanca López de Ceballos

Tras mirar las caras curiosas de los pasajeros del ascensor, salí con paso decidido del mismo para enfrentarme sola al piso primero del Círculo de Bellas Artes. Me habían hablado muy bien de las 150 fotografías de la exposición Català- Roca, Obras Maestras, y mis tres euros mensuales de cultura eran parte del fin de semana.

El fotógrafo Francesc Català Roca (Tarragona, 1922 – Madrid, 1998) es uno de los intérpretes y retratistas de la realidad más importantes del siglo XX. El legado de 200.000 negativos que ha dejado a nuestro país es magnífico no solo por la originalidad con la que fotografiaba a las personas; también por la diversidad de los protagonistas y sus ambientes. A través de los gestos, miradas y quehaceres de las personas de los años cuarenta, cincuenta y sesenta nos revela el contexto histórico de una España donde las diferencias entre las gentes de los campos y las ciudades son muy visibles.

No dejaba de lado su inclinación y creencia de que las fotografías debían ser cuadros costumbristas. Apreciamos en todas las fotografías de la exposición que le encantaba viajar y captar la realidad de cualquier persona, desde una mujer paseando por la Gran Vía hasta una gitana bailando, una moto con unas estampas, un Dalí saltando a la comba, unas mujeres ansiosas por saber el número de la lotería que cambiará la vida a alguien, unas monjas paseando por la calle junto a una hilera de motos, el reflejo de un festejo tras un espejo. En todas sus representaciones vemos que la religiosidad está presente. No hay ningún tapujo en captar también al clero. Por los pasillos de la exposición vemos también la destacable serie que realiza en Carrascosa del Campo (Cuenca,1954) con motivo de la corrida de toros de Luis Miguel Dominguín.

No quería ser considerado un artista, solo le bastaba con expresar y reflejar en sus fotografías lo que sucedía. El comisario de la muestra, Chema Conesa, explica lo poco que le importaban las fotografías en sí, materialmente hablando. El artista defendía que el valor de las mismas no lo otorgaban los cristales protectores, una buena enmarcación o una exposición directa, sino la capacidad de reproducir muchas veces una fotografía.

Francesc Català fue una persona exigente que solo conservaba los mejores negativos. Ganó el Premio Nacional de Artes Plásticas en 1983. Como un avanzado, supo ser atrevido y valiente para llegar a adelantarse a otro grande como Henri Cartier-Bresson. Francesc se anticipará al postulado del “instante decisivo” para tomar las fotografías.

“No he tenido problemas con la gente que fotografiaba, he tenido la intuición, sabía cuándo pedirlo y cuándo no”

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