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Encaje de algoritmos

Andrea Reyes de Prado
@AudreyRdP

Érase una vez un niño llamado Salvador Felipe Jacinto. Un niño curioso, de ojos grandes y pies pequeños. Vivía en Figueras, Girona, y acostumbraba a ser imaginativo y algo despistado. A veces, cuando nadie andaba cerca, sus pies pequeños le llevaban furtivamente al despacho de su padre, el notario Sr. Dalí, y con sus ojos grandes curioseaba, a través de la puerta abierta, una reproducción de La encajera, cuadro de un pintor holandés conocido como Vermeer. El pequeño Salvador se quedaba quieto, mirando la pintura. La miraba, la remiraba y la admiraba. Algo en ella le atraía, algo les conectaba, y esa conexión se convirtió en su secreta e infantil obsesión.

Cuarenta veranos más tarde, en la década de los 50, el pequeño Salvador seguía siendo curioso, pero sus pies ya habían dejado de ser pequeños. Sus ojos grandes habían descubierto el impresionismo, habían conocido a otros artistas, participado en exposiciones y viajado a París. Habían hecho películas, habían sido surrealistas, se habían casado con otros ojos. Sus ojos grandes habían sido portada del Time y habían visto publicar su autobiografía. El pequeño Salvador ya tenía mucho camino que recordar, pero se había olvidado de aquella encajera color pastel que hilaba para él desde una esquina del despacho, entre la lámpara y el dosel.

Hasta que, de pronto, como si tuviese un déjà vu, volvió a pensar intensamente en ella. Pidió que, por favor, le autorizaran a realizar una copia de la obra, allá en el Louvre. Sintió un cosquilleo familiar y reconfortante al verse de nuevo frente a su encajera, y sonrió porque sólo él conocía la prodigiosa energía que fluía desde aquel apacible rostro hasta su pincel angosto. Comenzó a pintar, y terminó asombrado.

"La encajera"

Sobre la encajera ella, en medio de ella, en lugar de ella, había cuernos de rinoceronte. Nadie lo entendía, ni siquiera él mismo. Pero aquellas inesperadas curvas logarítmicas entraron en sus ojos grandes para nunca más salir de ellos.

A partir de entonces, el pequeño Salvador no soñaba otra cosa. Encontró en el cuerno del rinoceronte un ejemplo perfecto de naturaleza, cuya agresividad contrastaba con la dulzura y pureza de la encajera. Reprodujo rostros y obras con cuernos de rinoceronte, y dedujo que todo está en todo. Encontró girasoles en la morfología del rinoceronte, y encontró cuernos de rinoceronte en las espirales de los girasoles. Y todo cobró un sentido místico, paranoico y perfectamente armonioso.

Un mundo en éxtasis no se puede imaginar. Es preciso sumergirse en él para vivirlo

Dalí pintando

Todas las sugestiones poéticas y todas las posibilidades plásticas

Desde el pasado 27 de abril y hasta el próximo 2 de septiembre de 2013, la obra del pequeño Salvador pulula por el tercer nivel del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía de Madrid. La colección reunida el título Dalí. Todas las sugestiones poéticas y todas las posibilidades plásticas recorre un viaje que va desde sus inicios en la pintura, su juventud, la Residencia de Estudiantes y la Generación del 27, hasta sus ismos, su filosofía y su subconsciente, la Guerra Civil, su versión de literato y agitador de masas, su vida secreta y los secretos de su vida pública. Un viaje que, como el título, promete ser extenso, intenso, paranoico, turbador, imaginativo, irracional, teatral, enigmático, lírico. Pero, sobre todo, promete ser surrealista.

Dalí y sus rinocerontes

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