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En el Thyssen: A quién besa Caillebotte

Andrea Reyes de Prado
@AudreyRdP


Antes de irse. De camino a otras Francias, otras Europas. O a las Américas del Brooklyn Museum de Nueva York o la National Gallery of Art de Washington. A colecciones desde donde trajeron sus vistas urbanas, sus rostros esquivos, los rincones de sus jardines. O de regreso a Petit Gennevilliers, a sus orquídeas y margaritas, de las que nunca más quiso alejarse.

Aún queda tiempo, antes de irse. Antes de verle descolgar sus obras, recoger su caballete, sus pinceles manchados de verde. Verde hoja, verde jade, verde lima, verde pistacho, manzana, oliva. Porque durante todo el mes de octubre, y a tiempo de saludar a su para entonces recién llegado compañero Renoir, Gustave Caillebotte (1848-1894) aún pinta crisantemos en el Museo Thyssen-Bornemisza de Madrid.

Caillebotte
Autorretrato en el caballete · Caillebotte · 1878-79 · Óleo sobre lienzo

Pintor y jardinero es el subtítulo de la exposición, primera monográfica del francés en España y comisariada por Marina Ferretti, en la que se reúnen 64 obras de las que ocho son dibujos preparatorios. Espaciosas y silenciosas están distribuidas a lo largo de cuatro secciones, cuatro lugares (París, Yerres, el Sena y Normandía y Petit Gennevilliers) que acompañaron al artista a lo largo de su carrera. Una carrera tildada de impresionista. Sí, en gran medida lo fue –aunque cómo etiquetar, delimitar, cercar a un artista–, pero de ella cuántas veces se escapó. Buscó su lenguaje en las calles parisinas, en los paisajes florales y tranquilos, en las manchas breves que perseguían capturar la impresión del ojo ante una porción de mundo. «Si quiere saber lo que persigue un impresionista –dijo John Singer Sargent–, salga al campo y dirija su mirada a un paisaje con el sol de frente, y modifique el ángulo del ala del sombrero para comprobar la diferencia de tonos que hay en los objetos oscuros según la cantidad de luz que deja entrar en sus ojos».

También en el agua. Ese agua que tanto hipnotizaba a Monet, y que él retrataba en sus pinturas de piraguas y orillas. Pero escapaba, sin poder evitarlo. Su pintura le pedía también otras cosas, otras formas. Pasó muchas horas en el taller, reviviendo bocetos, imaginándolos hechos óleo, fotografiando con la imaginación escenas bruscas de puentes y balcones. Arriesgados encuadres, bulevares desde el aire, el gris de las ciudades. Un ojo impresionista con aires a Van Gogh (Paisaje de Normandía, manzano en un valle arbolado, 1880) y el otro impresionado por la suavidad de un mismo verde, antes colorido y áspero, transformado en seda japonesa (Pradera de Yerres, 1875). Geminiano Caillebotte.

Caillebotte
Piraguas en el río Yerres · Caillebotte · 1877 · Óleo sobre lienzo
Caillebotte
Balcón, Boulevard Haussmann · Caillebotte · 1880 · Óleo sobre lienzo

Del urbanismo menos bullicioso a la jardinería más apasionada, la exposición, envuelta en la armonía de la iluminación y los tonos claros de sus paredes, recoge instantes del París moderno que en ella pasan inadvertidos (Pintores en un edificio, 1877), navega por el río Yerres, habitual lugar de reposo y deporte de la burguesía de la época (Remero con sombrero de copa, 1878), recorre los concurridos alrededores impresionistas (El Sena y el puente del ferrocarril de Argenteuil, 1885) y pasea por intensos campos violáceos, granates y rosas que conducen, finalmente, a la que fue la segunda pasión del pintor, descubierta durante las vacaciones en la casa familiar de Yerres: la jardinería.

Ah, Petit Gennevilliers. Quién podría resistirse a ese nombre, en su correcta y exquisita pronunciación. Allí descansó, tras tanto tiempo de búsqueda, de experimentación, de probar su mirada, sus manos y su talento. Allí se mudó, junto a Charlotte Berthier, en 1888, y vivió sus últimos años. Sumido en el estudio feliz y preciso de las flores. «… ¡Que planea sobre todo y sabe sin esfuerzo / el lenguaje de las flores y de las cosas mudas!», cantaba en versos Baudelaire. Como si fuera a él a quien iban dirigidos, Caillebotte se sumergió cada vez más hondo en esa lengua de lo callado, de lo que implosiona sin ruido y despacio. La vida, esa pequeña frágil vida de belleza fugaz que exige su momento de luz en la Tierra (Gladiolos, 1893).

Como el propio Caillebotte. Su Autorretrato en el caballete, de 1878-1879, advierte ya de su polaridad creativa. Detrás el Baile en el Moulin de la Galette de Renoir, que habita Barcelona desde hace apenas unos días. Delante el espectador, intimidado y curioso. Pero ¿qué hay entre medias, en ese espacio entre el lienzo y el transeúnte? Lo inexplorado. Porque Caillebotte siempre caminó entre dos márgenes: el de sus contemporáneos, con quienes mantenía una estrecha relación por su posición de coleccionista y mecenas, después pintor; y la suya propia, la que aguardaba. Tener tan cerca, tantas veces, las pinturas de Monet, Sisley, Cézanne… Hizo que su propia técnica variase tanto, esquiva, inquieta, indecisa. Tomando prestado la luz de Pisarro, la realidad de Degas. Acariciando su estilo, su pintura, sin llegar nunca a besarla.

A quién besó aquel al que llamaban pintor de domingos, de tiempo libre. Falso coloreador, cobarde que no se entrega a los brazos del Arte. Murió muy joven, mas no fue maldito. Se hizo mecenas y ya nunca se quitó el sambenito. Tardó en ser reconocido como pintor, y aún hoy permanece en una discreta segunda fila, allí en su cueva, eterna primavera, coleccionando y creando pinturas, ausente, oculto tras su selvática habitación de pétalos y pistilos. Guardándose del primer frío dentro de su último universo, inacabado. Las margaritas mudas del Thyssen-Bornemisza.

Información práctica

Caillebotte. Pintor y jardinero

Museo Thyssen-Bornemisza. Paseo del Prado 8, Madrid
Hasta el 30 de octubre de 2016

De martes a domingo, de 10:00 a 19:00 horas
Sábados de 10:00 a 21:00 horas
Lunes cerrado

Entrada general: 12€.
Entrada reducida: 8€

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