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El perro de Goya

Pablo Casado Muriel
@pablo_casado

La figura del Antonio Saura surge junto al grupo artístico conocido como “El Paso”. Gestado en tertulias y cafés, se crea de manera oficial en febrero de 1957 tras evidenciarse “la necesidad de crear un grupo que esté al día de lo que se hace más allá de nuestras fronteras”. Este grupo, que se disuelve en el año 1960, realizó una importante labor de denuncia sobre la situación artística en la España franquista e intentó revitalizarla.

Antonio Saura

Una de las figuras más destacadas de “El Paso” es Antonio Saura, quien comenzará una andadura en solitario en la que se dedicará a “producir una serie de monstruos basada en la tradición”. Este factor tradicional será en el que encuadremos la obra que nos ocupa: El perro de Goya.

Saura, tras unos primeros años surrealistas, se acerca a las tendencias de vanguardia americanas que giraban en torno a la figura de Pollock, el expresionismo abstracto. Su paleta cromática queda reducida a los blancos, negros y quizá algunos grises, una de las características por las que más se reconoce al pintor. Su manera de pintar “puede semejarse a un ritual cargado de violencia y destrucción, acción determinada por la pasión y el deseo de libertad”.

Como ya hemos dicho, lo tradicional y los grandes clásicos de la pintura española serán una influencia para Saura. Admira a los pintores tenebristas del barroco español y las Pinturas Negras de Goya. De entre todas las obras del pintor del XIX, Saura quedó admirado desde su niñez con Perro semihundido. Dicho cuadro muestra tan solo la cabeza de un can que se encuentra envuelto en un mar de arena que envuelve todo el lienzo.

Saura, que incluso dedica un libro a este perro, El perro de Goya (actualmente en Editorial Casimiro), realiza a lo largo de su vida varias series e interpretaciones de este cuadro. En todas ellas los colores terrosos de la obra original se sustituyen por los blancos y negros, y el perro, pequeño en la obra goyesca, en comparación con el total del lienzo, gana protagonismo a la vez que pierde detallismo en su forma, siguiendo los modelos habituales del autor, el animal queda reducido a una simple mancha pictórica.

Mientras que en otras representaciones el negro ocupa la mayor parte del cuadro, quedando el perro con tan solo una esquina del lienzo, acentuando la sensación de asfixia y agobio, el cuadro que guarda el Museo Reina Sofía, la cabeza del perro ocupa el centro de la composición y es quien la protagoniza. En otras reescrituras de la obra, el perro adquiere un cierto tono “cómico” dibujando una sonrisa en su rostro.

En la pieza del Reina Sofía, la forma que representa al perro emerge de un gran mar negro y se asoma al infinito, a la libertad de la que hablábamos al comienzo, que se muestra en un tono grisáceo. Las pinceladas interiores cargan de tensión al perro y al espectador, dibujando una mueca forzada que parece pedir auxilio entre gritos ahogados.

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