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El milagro de Ferrer-Dalmau

milagro de Empel

Pablo Casado Muriel
@pablo_casado


Augusto Ferrer-Dalmau es, sin lugar a dudas, el gran pintor de batallas de nuestro tiempo. En un mundo marcado por el arte más vanguardista y abstracto se erige un hombre centrado en inmortalizar la eterna historia militar española y, en algunos casos, extranjera. Entre sus obras podemos destacar obras como Rocroi, el último tercio, que nos muestra a los últimos hombres españoles que resistieron en la batalla que marcaría el ocaso del poderío belicista español; El Quijote carlista en el que el caballero más famoso de las letras hispánicas toma la figura de un ajado combatiente del siglo XIX; incluso la destacada La patrulla realizada a partir de los bocetos que el propio pintor pudo hacer con los soldados españoles destacados en Afganistán. Pues bien, una de sus últimas composiciones tiene como tema protagonista el Milagro de Empel, comentado en Hombre en camino hace ya algunos meses.

El Quijote carlista

La obra de Ferrer-Dalmau muestra con preciso realismo lo que aquel momento pudo significar para los soldados españoles aquel diciembre de 1585: barro, muerte y fe. La historia la conocemos, por lo que podemos pasar a los detalles del cuadro. Observamos en el centro del cuadro, y en mitad de un camino anegado, la procesión organizada por el maestre Bobadilla, a caballo a la izquierda de la formación después de encontrar entre el barro una vieja tabla de la Inmaculada Concepción. Un maltrecho fraile, espada y cruz en ristre, encabeza la patética marcha en la que no faltan la bandera, el repique del tambor, ni las famosas lanzas que Velázquez inmortalizaría en “La rendición de Breda”.

Ferrer-Dalmau no escatima en el perfeccionismo de los detalles: los gavilanes de las espadas, los Doce Apóstoles con la pólvora colgando del pecho de los soldados, las golas blancas que destacan en un uniforme destrozado por los combates y la dureza del terreno, el arcabuz sobre el hombro…. Al fondo, entre la neblina flamenca, las naves del general Holac, dispuesto a pasar a cuchillo a los aguerridos españoles. Al frente, y por delante de la cruz… un soldado yace muerto y casi devorado por el barro.

Acompañando la procesión, a ambos lados del camino, encontramos una amalgama de personajes que, devotos, se arrodillan, descubren y santiguan al paso de la Inmaculada. Vemos a los soldados, vemos a los muertos –despojados algunos de sus ropas y botas a favor de otros compañeros que a esas alturas las van a dar mejor uso- y vemos a una de esas mujeres que acompañaba a los hombres durante sus largas campañas. Y es que, desde el principio de los días los ejércitos han movilizado tras de sí auténticas ciudades en movimiento, capaces de asentar una cultura allá donde acampan. Sobre todas las cabezas destaca, junto a una pieza de artillera, la figura de un soldado que levanta su espada en forma de cruz y que bien puede recordar a algunas de las estatuas erigidas en honor a Don Pelayo. Lo que ocurrió tras la procesión, en la noche flamenca, es historia.

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