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El habla de Odilon Redon

Ficha técnica

Título: A sí mismo. Diario 1867-1915

Autor: Odilon Redon

Traducción: Elena Vilallonga

Editorial: Elba

Año: 2013

Páginas: 218

Precio: 21 €

 

 

 

 

 

 

Andrea Reyes de Prado
@AudreyRdP


«Corro a toda prisa al encuentro de la pintura y ahí encuentro la vida».

La vida del hombre que además de hombre es pintor está condenada a morir de sensibilidad. Tras la infancia pervive en él la ilusión, sobrevive la inocencia y, maltrecho pero intacto, llega el asombro hasta el final del camino más hermoso y empedrado. Su espíritu es habitación donde conviven el joven anhelo por vivir y captar la belleza y el tormento de su esquiva probabilidad. Niño con alma de viejo, ángel con pies lentos de demonio. El ser más pleno y dolido por frágil.

Su mirada alcanza los recovecos y se detiene con igual respeto y admiración frente al paisaje más sublime y la más pequeña brizna de hierba. Sufre ante el más leve desconcierto y se exalta ante la más mínima expresión de vida. Y es por todo ello, por su única, sagrada e inevitable naturaleza, que es el testimonio de su vida herida una de las lecturas más apasionantes y verdaderas que pueden vivirse. La Obra completa de Ramón Gaya (Pre-Textos, 2010), El friso de la vida de Edvard Munch (Nórdica Libros, 2015), el Diario nocturno de Jan Fabre (Casimiro, 2017) o los Escritos. 1909-1918 de Egon Schiele (La micro, 2014) y Escritos. 1884-1914 de Henri Rousseau (La micro, 2017) son algunos recientes ejemplos de ello.

Redon
«Caliban» · 1881

Elba, editorial que busca y cuida de las palabras que artistas pronunciaron sobre sí y sobre el mundo, publicó en 2013 A sí mismo. Diario 1867-1915; un maravilloso eco del pintor francés Bertrand-Jean Redon (1840-1916), apodado Odilon Redon. Traducido por Elena Vilallonga y ordenado en dos partes (una más breve, Confidencias del artista, y el Diario propiamente dicho), el libro recorre recuerdos, experiencias, razones, miedos y vuelos a lo largo de su carrera y descubrimiento como artista. Más allá del interés o curiosidad natural que pueda provocar este contenido en admiradores de su obra (y/o del arte en general), el mayor valor de este volumen es el contagio de vida que se esconde como regalo involuntario: a través del mirar concreto de alguien que poseía la delicadeza y la pureza de la luz, ésta se enciende en nuestro contaminado oscuro interior, ahogado bajo el peso de la frialdad, la pereza y la fugacidad actuales, y se reaviva ofreciéndonos la posibilidad de regresar a nuestro origen: al del hombre y la mujer que miran cada acontecimiento de su alrededor como si fuera la primera vez que ocurriesen.

El espíritu del artista es habitación donde conviven el joven anhelo por vivir y captar la belleza y el tormento de su esquiva probabilidad.

«He hecho un arte a mi manera. Lo he hecho con los ojos bien abiertos a las maravillas del mundo visible y, se diga lo que se diga, constantemente preocupado por las leyes de lo natural y de la vida». Palabras-prólogo que sirven de puente entre el Redon enigmático, colorista y escurridizo de sus cuadros, el gran Redon simbolista y atisbado surrealista, y el tímido hombre que desde la sombra guiaba los pasos del pintor. Escritos desde finales de los años 60 de su siglo, el XIX, hasta su muerte, este interesante conjunto de pensamientos e impresiones abarca desde su niñez –donde adopta ya para siempre el carácter que le define– como reflexiones en torno a la propia pintura y al ser humano. Entre ellas son especialmente interesantes las que dedica a otros grandes nombres como Rembrandt («pese a su energía masculina, conservó la sensibilidad que conduce a los senderos del corazón»), Berlioz («su definición: la música es la expresión de un alma apasionada y desgraciada»), Degas («su admiración por Ingres es un amor cerebral: el corazón no se implica») o Dante («el día en que la lectura de una página de Dante nos eleva y nos afirma es el día del impacto y de la herida»).

Redon
«Closed eyes» · 1890

«¿Cómo hacíamos para cultivar el espíritu cuando no había libros?», se pregunta. «Mirábamos el universo y la Tierra. Y en la lectura que hacíamos de esta obra el hombre constituía el capítulo más emocionante». «¿En qué nos apoyamos? En la naturaleza humana. Dos ojos profundos y tiernos nos cautivan y he aquí que amamos». El amor es imprescindible. De ahí surge la admiración, de ahí la intriga y el deseo de saber, de ahí la necesidad de expresar. De ahí el arte: «el artista es, día tras día, el receptáculo de las cosas circundantes. Recibe del exterior sensaciones que transforma por vía fatal, inexorable y tenaz, según él mismo y completamente solo. En realidad no existe producción alguna hasta que se tiene algo que decir, por necesidad de expansión».

«En realidad no existe producción alguna hasta que se tiene algo que decir, por necesidad de expansión».

Y la expansión de Redon fue siempre versátil, inquieta e introvertida. Su peculiar misticismo, por original y extraño, es lo que la mente comúnmente proyecta cuando escucha su nombre. Pero sus personajes, litografías y escurridos sueños en pintura no fueron lo único en su universo: se alistó en el ejército para servir en la guerra franco-prusiana, ilustró libros de Baudelaire, aprendió a ser escultor, era un apasionado de la música. A causa de su débil salud fue criado lejos del bullicio urbano, inmerso en el silencio de la naturaleza y la imaginación. «De niño, escudriñaba las sombras. […] ¡Cuánta fascinación ejercían en mí los cielos!», recuerda. Uno de los fragmentos más bellos de este Diario corresponde precisamente a ese paréntesis entre la infancia de Bertrand-Jean y el inicio de Odilon Redon:

«Hacia los quince años me asignaron un profesor particular de dibujo […]. Hombre harto independiente, dejaba que me guiara por mis preferencias. Tomaba por buenos augurios los escalofríos y las fiebres que me producían las telas exaltadas y apasionadas de Delacroix. […] Mi profesor hablaba delante de ellas como el poeta que era y, mientras, mi fervor aumentaba. Es a mi enseñanza libre a la que debo muchos de los primeros arrebatos de mi espíritu, los mejores, sin duda, los más frescos, los más decisivos; y creo de veras que fueron para mí mucho más valiosos que cualquier enseñanza de una escuela estatal».

Ser libre siempre fue para él algo fácil, natural, innato. Soñar lo que quisiera, dibujar lo que quisiera. Mientras sus contemporáneos, los impresionistas, se adecuaban al mercado burgués y sus escenas apacibles de armónica vida, él se entregó a los monstruos de sombras. Arañas, cabezudos, sonrientes ojos. El subconsciente y sus esquinas, el negro su príncipe de los colores. Hasta Ojos cerrados (1890), un retrato de su mujer Camille cuyos rasgos se mezclan con inventados masculinos para representar la esencia del ser humano. Allí estalló el color, y la sensibilidad varió el rumbo desde la dureza y la oscuridad a la exaltación. Un atractivo y brusco cambio de búsqueda en alguien tan calmo, que tanta serenidad desprende cuando sustituye –por un rato– el óleo por las palabras. Una vida intensa e incansable. Los porqués de sus motivos artísticos, las dudas, los orígenes, las fantasías… todo lo relativo a su arte y personalidad se halla entre las páginas de A sí mismo. Diario 1867-1915, un lugar detrás de sus cuadros y dibujos: el lugar desde donde habla el Redon esencial, el Redon hombre que solo más tarde, y gracias a esa inquietud latente, fue también pintor. Un alma embriagada de entusiasmo e incertidumbres. Un corazón irreversiblemente inclinado hacia la vida.

Para conocer más a Redon:

· Una historia incomprensible y otros relatos, Odilon Redon. Vaso Roto, 2016.
· Odilon Redon, Rodolphe Rapetti. TF Editores, 2013.
· Baudelaire, Poe, Mallarmé, Flaubert. Interpretados por Odilon Redon, Odilon Redon. Ediciones de La Central, 2012.

· Une vie, une œuvre : Odilon Redon (1840-1916). Claude Mettra y Jean-Claude Loiseau, 1992 (YouTube).
· Cómo vemos a Redon. Ciclo «Redon y el simbolismo», Fundación Mapfre, 2012 (YouTube).

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