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El griego de Toledo

Andrea Reyes de Prado
@AudreyRdP

Toledo, ciudad de muralla y río. De sencillas gentes y múltiples culturas. Ciudad de calles y de luces, de espadas y honores. Toledo la discreta, Toledo la Imperial. ¿Es casualidad que uno de los enclaves más importantes de nuestra Historia sea el hogar, y no solamente durante este año 2014, de uno de los pintores más relevantes de la Historia del Arte?

Ningún artista trabaja en el vacío. La cultura, la economía, las instituciones que le rodean y las personas que conoce, todo ello influye en su trabajo, aunque de maneras no siempre fáciles de apreciar […]. De la misma manera que Tiziano es inseparable de Venecia, Rubens de Amberes, Velázquez de Madrid o Rembrandt de Amsterdam, el Greco y Toledo son una sola cosa. (Richard L. Kagan)

Sin embargo, como en toda relación, ya sea amorosa, amistosa o topográfica; sin espinas el tallo no llegaría a ser rosa. Cuando Doménikos Theotokópoulos llegó a la pequeña Toledo, en 1577, se encontró con un recibimiento muy diferente a la despedida que tuvo en Roma. Allí se concebía el arte como un oficio reconocido y noble y él gozaba de prestigio social. Aquí se le veía como un artesano más. Y eso no fue fácil de asimilar para un hombre cuyo concepto de sí mismo era tan alto como las figuras que tanto le caracterizan.

Debía hacer frente a la sociedad, al mercado y a la fortuna, tres elementos que cambiaron abruptamente cuando Felipe II trasladó la corte a Madrid. A partir de entonces Toledo dejaría de ser el núcleo de España, privilegio que estos meses vuelve a tener gracias al trabajo, dedicación y pasión de un artista que supo encontrar el secreto para pasar de ser un artesano a ser El Greco. Griego de nacimiento, toledano de corazón.

Toledo

El Museo de Santa Cruz custodia, desde el reciente 14 de marzo hasta el próximo 14 de junio, una de las sin duda más relevantes, interesantes y bellas exposiciones de este año: El griego de Toledo. Pintor de lo visible y lo invisible. Porque transformó lo visible en invisible y lo invisible en poesía. Sus formas, sus colores, sus rostros, se convierten en la más sorprendente literatura, escrita con pincel en vez de con pluma.

Sobre una planta de cruz griega (haciendo un casual guiño a su lugar de procedencia), la exposición se inicia con las vistas de la mágica Toledo, tablas, lienzos, autos y retratos; entre ellos la bella y peculiar La dama del armiño, El soplón y su pintura más célebre, El caballero de la mano en el pecho. Tres estilos diferentes perfectamente dominados, una mano única, la de El Greco, reflejada con gran delicadeza en muchos de sus cuadros.

La colección es pura devoción, es belleza, fe y talento. Cuadros como San Pedro y San Pablo o Santa María Magdalena nos transmiten una empatía y profundidad que sólo albumen como El Greco – corrijo, sólo El Greco – es capaz de transmitir. Su estilo, tan personal, único y debatido, pese a carecer de un realismo fiel, consigue dar vida a cada figura que representa.

Retablos de adoración, pasión y ascensión nos llevan al mundo de lo divino, donde lo terrenal asciende y el cielo se hace en la tierra presente. Pese a ser habitualmente encargos, estas obras muestran lo más personal de El Greco. “Da la impresión – escribe Fernando Marías – de que el artista, forzado a imaginar esa intervención de lo divino en la historia, hubiera optado por transmitir a este mundo los caracteres propios de su personal visión de lo celestial.”

La Inmaculada Concepción (1607-1613) - El GrecoVisible e invisible, corpóreo e incorpóreo, El Greco pinta lo terrenal como etéreo, las figuras flotan con un sentimiento y una expresión casi místicos. La fuerza emocional, como la que se observa en La Inmaculada Concepción, es admirable e inigualable. Ropajes vistosos y sombras sueltas acompañan a unos rostros humildes, inocentes, evadidos de la realidad. Algunos cuerpos pueden reflejar tensión, sus gestos, jamás. Las caras de El Greco son pura armonía, delicadeza y alma, son música de Beethoven en un claro de luna.

Esa mirada cándida, dulce e intensa de sus personajes nos transmite una especial cercanía a su creador, hacia aquel ambicioso artista que llegó a Toledo para quedarse, regalándola obras tan magníficas como el Expolio, su primera composición allí, el Martirio de san Mauricio o el Entierro del conde de Orgaz. Conocidas y no tan conocidas, cada una de sus obras refleja la misma pasión y el mismo sentimiento que debieron de caracterizarle a él mismo, al filósofo del arte, al griego de Toledo.

Góngora, uno de nuestros “grandes de España”, le dedicó en 1614 estos sencillos versos en los que recoge, con su peculiar artificio, el arte y legado del magnífico pintor:

Yace el Griego. Heredó Naturaleza

Arte, y el Arte, estudio; Iris, colores;

Febo, luces – si no sombras Morfeo.

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