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El fauvismo: una corriente de arte colorista

Andrea Reyes de Prado
@AudreyRdP


No siempre lo que permanece es lo que más tiempo dura cuando llega. No siempre humedece el agua con la misma velocidad, ni siempre el amor más presto es el que marca. A veces toda una tarde de sol es necesaria para templar un cuerpo. Sin embargo otras con un sólo rayo de luz basta para alterar irreversiblemente una temperatura.

El fauvismo fue el primer rayo que sacudió el hasta entonces regio árbol de la pintura en el siglo XX. El primer movimiento en revolucionar, verdaderamente, la pintura. Un relámpago de color que alteró la propia luz de la naturaleza y raudo se ramificó, como sus protagonistas, en     otros ismos y sus vanguardias. Ahora en Madrid, hasta finales del próximo mes de enero de 2017, la Fundación Mapfre recoge una amplia selección de obras fauvistas, desde su Big Bang hasta su temprana muerte, en la exposición Los fauves. La pasión por el color.

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Restaurante La Machine en Bougival – Vlaminck – 1905 – Óleo sobre lienzo

Las fieras. Fue un crítico, Louis Vauxcelles, quien sin saberlo los bautizó. Sucedió tras asistir, en 1905, al Salón de Otoño de París, alarmado por esos cuadros extraños, agresivos, imposibles; pintados por un grupo de jóvenes artistas que se habían congregado en una manada que amenazaba con alterar el orden del arte europeo. Como líder, Henri Matisse, quien para entonces se encontraba descubierto su propio lenguaje.

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Saint Tropez puesta de sol – Henri Manguin – 1904 – Óleo sobre lienzo

Dos plantas, coloreadas de azul cobalto, para seguir de cerca el corto pero intenso recorrido del fauvismo, pues si bien en vida fue «tan brillante como efímero», su brevedad marcó un antes y un después en la Historia del Arte. La primera, organizada en El fauvismo antes del fauvismo, Los fauves se retratan y Acróbatas de la luz, aborda desde el nacimiento del estilo, durante aquellas veladas de trabajo y coloquio en el estudio de Gustave Moureau a lo largo de la década de 1890, hasta el acrobático y experimental verano de 1905 que muchos compartieron en la eterna costa mediterránea.

Compartir es buen verbo para los fauvistas. Su amistad fue el pilar que sostenía una misma forma de mirar y representar la realidad; mirada que, aunque fue desgranándose poco a poco, sin ese fuerte lazo quizás no hubiera surgido e irrumpido con tanta potencia. El discreto Marquet, el llano Camoin, el exaltado Vlaminck. Matisse el versátil, Derain el prismático. Retratos y autorretratos donde hallarles, influencias de Van Gogh o Moreau, salvajes pinceladas de entusiasmo. La vanguardia está en la mezcla que sostiene la paleta.

«Manet fue el primero que obró por reflejos y simplificó así el oficio de pintor… no expresando sino lo que le impresionaba a sus sentidos inmediatamente» (Henri Matisse).

Y tras las escenas de academia (Desnudo en el estudio, Matisse, 1899), urbanas (Le Boulevard Saint-Martin, Dufy, 1903), sus propios rostros (Henri Matisse, Derain, 1905; protagonista del folleto y catálogo de la exposición) o la luz sobre el mundo (Restaurante La Madrine en Bougival, Vlaminck, 1905); ascender al Olimpo y desprenderse de él. Las mujeres del delicado Puy (Pequeña fauvesa durmiendo, 1906) y el familiar Manguin (Jeanne en camisón, 1905) silenciando a solas la belleza. Reposando la agresividad del arte que de nuevo, en la planta superior, coge fuerza a través de La fiereza del color, Los fauves de Le Havre y Senderos que se bifurcan. Mar abierto con aires a Monet (Big Ben, Londres, Derain, 1906), un instante entre muchos, evocando cierto impresionismo, de una misma calle (Quai du Louvre, Marquet, 1907).

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Los bañistas de Les Andelys – Friesz – 1908 – Óleo sobre lienzo

Entonces, en el vértice que anunciaba el descenso, llegaron las fieras del norte. Dufy, Friesz y Braque. El paisajista decorador, su inseparable compañero de tonos ocres y el «fundador», junto a Picasso, del cubismo. Tres jóvenes atraídos por el éxito de un movimiento apasionado, innovador y peculiar al que dieron impulso y un segundo y último renacimiento. Geometría de Cézanne colándose entre sus formas (Los bañistas de Les Andelys, Friesz, 1908) y ecos de Munch en algunas obras –en ese momento, en Alemania se expandía desde muy adentro el expresionismo–.

«La pintura fauvista me impresionó por lo que tenía de nueva,  por ello me convenía. Era una pintura entusiasta y encajaba con mi edad; tenía entonces veintitrés años» (Georges Braque).

La pasión vuela alto pero no lejos. Mas no siempre lo necesita, y no siempre las metas se encuentran en algún horizonte. Desde 1907, muy poco después de haber alcanzado la fama, cada miembro del movimiento comenzó a dar pasos hacia sus propias voces, alejándose de aquella mirada común que se impuso con tanta convicción. La enérgica abstracción, el grito, la exuberancia, el riesgo, la juventud. El impulso de un salto que se comió el mundo con su sombra. Y una sosegada, progresiva e inevitable caída hacia confines tan individuales como universales. Durar no estaba en la naturaleza vibrante y volátil del fauvismo. Perdurar, sí

Fauvismo. El rugido de una estrella fugaz.

Información práctica

Los fauves. La pasión por el color
Fundación Mapfre (sala Recoletos).
Paseo de Recoletos 23, Madrid

Hasta el 29 de enero de 2017
Lunes, de 14:00 a 20:00 horas.
De martes a sábado, de 10:00 a 20:00 horas.
Domingos y festivos, de 11:00 a 19:00 horas

Entrada: 3€

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