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El alma enjaulada de Paul

Andrea Reyes de Prado
@AudreyRdP

Paul Cézanne. Sin él no existiría el arte contemporáneo.

Paul Cézanne. Algunos le consideran el padre de la pintura moderna. Pocos saben cuán dolorosa fue esa paternidad.

Nació en 1839, en la provincia francesa de Aix. Ni en su infancia y juventud ni en su posterior e inacabada madurez pasó por las penurias y miserias que protagonizan las vidas de muchos hombres conocidos de su gremio. Sus tragedias y duelos fueron interiores, sus pesadillas no le persiguieron de noche, sino día tras día. Su vida es un cuento conmovedor, una narración donde apenas aparecen escritas palabras como alegría o triunfo, ni siquiera a nivel personal. Especialmente a nivel personal. Era tímido e inseguro, y todo el carácter que era incapaz de mostrar al mundo se rebelaba contra él en forma de orgullo y mal genio. Necesitó siempre de un apoyo, de una mano que le guiase por el temerario camino de la vida. Un camino que, como él, era irregular e inestable.

En 1859, cuando terminó el bachillerato, se vio obligado por su padre a matricularse en Derecho. Quería convertirle en magistrado, pero ése no era el sueño del joven Paul. Él quería convertirse en artista. Llevaba dentro una atracción irrefrenable por la belleza y el arte. En su corazón no había sitio para leyes o tratados. Abandonó finalmente unos estudios que no le gustaban, y tras esa decisión tomó otra aún más importante: viajar a París. No la hubiera llevado a cabo sin la insistencia de Emile Zola, a quien conoció siendo niño y cuya amistad influyó fuertemente en su destino. O quizás fuera el propio destino quien intervino para que ambos se conociesen.

La vida de la gran ciudad asustó a Cézanne. Se vio diminuto e indefenso, se ahogaba, todo a su alrededor era más que él. Más grande, más fuerte, más peligroso, más inalcanzable. Regresó huidizo a Aix, donde su padre le hizo comenzar a trabajar en su banca. Fue la prueba definitiva que necesitó para convencerse de que su vocación, efectivamente, era la pintura. Y voló, como todos volamos en algún momento, aunque su aleteo fuera aún tierno y delicado, dejándose llevar por el humo de un tren con destino a París. En la capital le esperaba un grupo variopinto de artistas a los que posteriormente se les llamaría impresionistas. Junto a ellos, le esperaba toda su vida. Comenzó su lucha con el oficio de pintor: tenía gran voluntad, pero también gran torpeza. Zola le observaba, y se dio cuenta de sus defectos mucho tiempo antes que él. «Pablo puede tener el genio de un gran pintor – decía de él – pero no tendrá nunca el genio de llegar a serlo».

Su carácter, su personalidad, su yo. Ése fue su sino. Fue la piedra de su camino, fue su propio enemigo. El estallido de la guerra franco-prusiana le hizo huir al sur, y aquello marcó un antes y un después en su vida. Al terminar aquel exilio voluntario no volvió solo a París. Una joven del nordeste francés, que debió servirle de modelo en L´Estaque, se convirtió en su amante y, en 1872, ambos en padres de un niño al que llamaron Paul.

El pintor, que se había iniciado en su oficio aprendiendo de los impresionistas, comenzó en la década de los 80 a alejarse paulatinamente del grupo, buscando aquello que su pincelada anhela. Ellos jugaban con la impresión mientras él perseguía la expresión. Su compleja vida le hizo  depender económicamente de Zola durante algún tiempo, debido a que su padre llegó a enterarse de la relación de Cézanne con Hortensia y la existencia de un hijo en común. El artista nunca se atrevió a contárselo, pero aprendió que pocas cosas pueden ocultarse a un padre.

Después, un respiro. Una luz en su oscuro cielo, un esbozo de esperanza. El Salón parisino expuso una de sus obras, una satisfacción tan feliz como efímera y falsa, pues fue gracias a la intervención de un amigo del jurado. El continuado rechazo de muchas salas de exposiciones a la obra de Cézanne fue una de esas pesadillas que únicamente le dejaron descansar una vez que su corazón, tan infantil e insatisfecho, dejó de latir en 1906.

Décadas antes tuvo lugar uno de los acontecimientos más importantes en su vida. El destino se transformó en inspiración y provocó la publicación de una novela llamada L´oeuvre. El autor de sus palabras, Zola, contaba en parte de ella la historia de un personaje, Claude Lantier, que recordaba inevitablemente a las vivencias de Cézanne. Leer aquella novela le asestó un golpe tan inesperado como irreversible. Para otros podría haber dudas, pero no para él. Claude Lantier era él mismo, descrito sobre el papel como el artista que no lograba alcanzar el éxito en aquello que más amaba, y sobre cuyo futuro parecía arrojar un augurio fatal el desenlace de la novela. Era él. Con otro nombre, pero bajo la misma piel.

Aquello supuso el fin de su amistad. Para un hombre tan sensible y débil, aquella herida no tenía cura posible. Ahogado entre tantos reproches, burlas, críticas y  rechazos, la novela de Zola fue únicamente la gota que colmó el vaso. Una gota que ninguna culpa tenía de que las demás casi desbordasen su alma, pero que sin duda fue la que más daño le hizo. Decidió retirarse a su primer hogar, Aix, y allí vivir los años que le quedasen pintando en soledad. Vivió con su madre y su hermana tras el fallecimiento de su padre, acompañándoles Hortensia, convertida ya en su mujer, y su hijo. Sentía un cariño sincero por todos ellos, pero no vivía más que para el arte. Realizó algunos viajes cortos a París, visitando antiguas amistades impresionistas, mientras su calidad pictórica se enriquecía. El retiro pareció ser una buena medicina tanto para él como para su pintura, que se acercó en su última etapa al barroquismo.

Entre 1883 y 1895 pintó cerca de 50 retratos. No le importaban los modelos, ante él podían posar tanto amigos y familiares como aldeanos. Únicamente exigía que fueran pacientes y estuviesen muy quietos. El proceso se asemejaba tanto al retrato de un edificio, un mueble o una fruta que sus personajes carecían de expresión. Gestos ausentes, introvertidos, inmóviles como naturalezas muertas.

Aquellos que le vieron pintar le describían intenso, observando insistentemente, reflexionado más que pintando, suspendiendo en el aire la acción durante largos segundos mientras meditaba la siguiente pincelada. Forma, modelado y color sustituyeron progresivamente al dibujo, sobre el que el propio Cézanne decía: «el dibujo es una abstracción. No hay ninguna diferencia entre dibujo y color, porque en la naturaleza todo es coloreado».

En ese apasionado y delicado estudio del color terminó sus días el alma desamparada de un niño eterno. Su personalidad le creó situaciones familiares y profesionales que poco a poco le fueron encerrando en sí mismo y aislándole tanto de los que le rechazaban como de los que le querían. «El mundo no me comprende ni yo le comprendo a él, por eso me he retirado».

El destino, que pareció encapricharse de él, le quiso hacer una última jugarreta. En sus últimos años de vida, que pasó mayoritariamente en sus paisajes provenzales, alejado de la ciudad y sus antiguos sueños, sus cuadros empezaron a verse con frecuencia en exposiciones de París, y su apellido se colaba en más de una conversación. Pero el destino no es tan malvado, y tuvo el “detalle” de permitirle a Cézanne, aunque fuera durante un breve espacio de tiempo, el consuelo de descubrir que, a pesar de todo, aquello a lo que había dedicado cada minuto de su vida parecía agradar al fin a tan cruel y extraño mundo.

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