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Edward Hopper

Fernando Bonete Vizcaino

Con motivo de la exposición temporal dedicada a Edward Hopper que podemos (y debemos) disfrutar hasta el día 16 de septiembre en el Museo Thyssen-Bornemisza, críticos, profesores, articulistas culturales y entendidos del arte en general se lanzan a ensalzar la obra del norteamericano como profundo y riquísimo mensaje antropológico y social: la expresión de la intimidad humana, la mirada al interior de la vida, la incursión sociológica adelantando el retrato posmoderno e individualista, la constatación de la soledad humana…

Mi impresión tras sumergirme en la vida y milagros del artista, y acudir a la ya citada y magnífica exposición, ha sido muy diferente. Que la obra de Hopper alberga una indudable reflexión personal sobre la intimidad humana y vital es algo innegable (el propio pintor lo reconoce en sus escritos y, de hecho, así entiende él el arte). Que la continua mirada naturalista a la naciente idiosincrasia contemporánea estadounidense quedan fijadas en sus obras en una renovación del costumbrismo barroco es más bien fácil y claro de percibir (la propia New York School of Art, en cuanto que dirigida por las incursiones artísticas de Henri y Chase, era admiradora de Velázquez y compañía). Pero reducir a Edward a lo anterior, tomando lo señalado como definición de su maestría, es en realidad relegarlo a una tarea artística de reciclaje, de mera repetición.

Mi intención queda lejos de restar importancia a su cualidad como observador social. Esta intención está presente y es reseñable, pero no es en el contenido del cuadro de Hopper donde hallamos el verdadero atractivo y reclamo de su trabajo. Tampoco en la reflexión antropológica. ¿Qué es lo que de verdad queda en nuestra memoria al contemplar su obra? ¿Qué es lo que hipnotiza y nos deleita? Hay algo que hace de cada propuesta del pintor algo intrépido y original, y eso es lo que merece realmente la continua alabanza crítica. El suyo es un continuo someterse al riesgo, una huida constante de lo convencional. Con la plumilla, la acuarela, el óleo, Hopper busca la sorpresa en cada plano (es imposible contemplar su obra y no pensar en cine), las composiciones más complejas aderezadas con aparente sencillez, el carácter y personalidad únicos del color que le define.

Y es en esta reformulación compositiva en la que reside el talento de Edward Hopper. Reinventar las formas, las del paisaje, la ciudad, la calle, la casa y la vida norteamericanos hasta el punto de ganarse el séptimo arte para sí y fundirse con él en una simbiosis perfecta. Tal vez por ello el broche de oro de la exposición sea el final… no se lo cuento, sorpréndanse.

Conoce una perspectiva más científica sobre la obra de Hopper en nuestro artículo Colores

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2 Responses

  1. Carmen

    Es una pena que en una exposición tan bien organizada y mostrada no se haya podido incluir el mítico Night Hawks por ser una de sus obras más importantes e influyentes. Sin embargo, es tan completa en otros aspectos que no notas su vacío. Me encantó su trabajo en publicaciones.
    Me quedo con la penúltima parte (antes de la gran sorpresa) en la que todas las personas de los cuadros están iluminados con un tono amarillo y tienen una exprsión de aceptación y tranquilidad que sólo se me ocurre pensar que están contemplando la explosión de una bomba nuclear o un meteorito que se acerca a la Tierra. Aún así, si pudiera “tomar prestada” alguna pintura me quedo con “Soir bleu”. Creo que quedaría muy bien en mi cuarto.

    1. Pienso que en el mío tampoco me disgustaría tenerlo…

      Sí, la ausencia de “Night Hawks” ha sido muy comentada, pero como bien indicas, es una exposición magnífica y completísima.

      Y coincido contigo por tercera vez para decirte que fue la exposición la que me descubrió esa faceta de ilustración para revista de Hopper de la que hasta ahora solo había escuchado, pero que no había visto. Me encantaron, solo las ilustraciones darían para otra exposición entera por su gran calidad.

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