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Dedicado al arte II

Viene de Dedicado al arte I

Fernando Bonete Vizcaino

Si se han atrevido a mirar, a escrutar la obra de arte, a pensarla, les felicito. No se han conformado con una experiencia de segunda mano y han elegido vivirla por ustedes mismos. Un pequeño esfuerzo en el que han contribuido libertad y razón, y por el cual, y con el ejercicio de ambas, el arte nos hace más humanos por cumplir con nuestra naturaleza.

Un esquemático repaso por la biografía más somera de Chagall nos ofrece las claves de una vida en que la fascinación por lo sagrado se hizo sentir desde su más temprana obra. Su origen judío fue determinante para el conocimiento exhaustivo del Antiguo Testamento, tanto como lo fue su nacionalidad rusa, y más tarde francesa, en una mímesis cultural absoluta, para hacer confluir en su pincel la tradición ortodoxa y católica, respectivamente. No nos sorprende entonces encontrar en el artista una completa síntesis de fuentes y temáticas de la más variada tradición, y en combinación tan magníficamente articulada que hace de Marc el pintor modernista (por otorgarle una clasificación generalista que nos ayude a identificarle) por excelencia en este sentido de mixturas identitarias.

Teniendo en cuenta esta particularidad de tamaña importancia para la dimensión artística y vital del bielorruso, Dedicado a mi prometida gana una perspectiva nueva para nosotros. Aquel animal fetiche que cobraba el gastado significado del erotismo más recurrente, ¿no se nos presenta ahora con una luz diferente? Si Marc Chagall fue un intenso conocedor de Las Sagradas Escrituras, ¿no se nos revela el buey con un original significado teológico? Las implicaciones de este animal tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento nos proporcionan el cambio de mirada que tanto buscábamos.

Es el buey bestia del sacrificio por excelencia en las Escrituras. Es el buey, además, representación tetramórfica de san Lucas, evangelista protector de los pintores por ser el autor del primer retrato de la Virgen María. La interpretación, en lo sucesivo, es bien clara. El buey como símbolo del pintor, del mismo Chagall, que dedica esta, su primera obra retrato explícita, a su prometida, como lo hiciera san Lucas con la Virgen, y que expone con la máxima intención del sacrificio el darse al otro, a Bella Rosenfeld.

El ojo inocente no ve nada, mucho menos si se trata de cuadros en los que, parafraseando a Kundera, existe una mentira comprensible que encierra o se refiere a una verdad incomprensible. La pintura de Chagall, como arte que es, remite a algo más intencionado que una primera mirada, y que una segunda… ¿es aquello del fondo una Cruz?

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2 Responses

  1. MR

    Gracias por esta genial interpretación del cuadro, está claro que la formación “básica” (clásica) actual no es la misma que antaño y eso se nota a la hora de poder descifrar los mensajes, pues no disponemos de las mismas claves, no compartimos el mismo “código” y es una lástima perdernos estos detalles que tanta importancia resultan tener.

    Personalmente, yo me había fijado enseguida en la cruz (¿como “fondo” de la relación, del matrimonio?) y también en lo que creo adivinar que es un sombrero, y en ¿el pañuelo? que su prometida lleva al cuello, como símbolos de la femineidad. En cuanto a los supuestos “fluidos”, me resulta mucho más natural pensar que es algo más simbólico, sobre todo con su expresión pacífica, con esos ojos cerrados en, a mi parecer, una actitud de entrega.

    No conozco la obra de Chagall, por lo que no sé cuál es su uso de los símbolos ni el color. Tal vez el rojo sea una obvia referencia a la pasión, o tal vez sea más reminiscente del amor en general. En conclusión, soy una moñas, sí, pero esa es la interpretación que yo hago del cuadro.

  2. Lo primero, MR, gracias a ti por animarte a comentar tus impresiones sobre la obra. La verdad es que sí, es una lástima que abandonarnos a la evasión se haya convertido en norma y que hayamos perdido recursos para mirar con profundidad.

    Por otro lado, el que no compartamos el mismo código es, entre nosotros, también una ventaja, pues hace que la obra quede finalmente inagotada. Tanto la propuesta de Ignace en su comentario de la primera parte del artículo como la tuya revelan, en este sentido, nuevos elementos, significantes, diferentes a los míos y a tener muy en cuenta.

    Precisamente tu alusión al pañuelo resulta crucial, pues creo que precisamente por ser mujer y compartir la feminidad de la representada has observado un detalle que a mí me había pasado totalmente desapercibido, y que vuelve a redundar en la tesis que mantuve en la primera parte, pues la experiencia que obtenemos del arte es única precisamente por las circunstancias que nos conforman, tanto transitorias (en el mismo instante de mirar) como permanentes.

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