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De hombres y máscaras que Ribera dibuja

Andrea Reyes de Prado
@AudreyRdP


De pie frente a lo grotesco no gira el rostro. No lo rechaza ni ignora, no hay en su gesto muecas de espanto, denuncia o sátira. Mas tampoco fascinación o alevosía. Sólo la curiosidad innata del pintor, que antes de pintor es dibujante y, antes de dibujante, observador. Mira realidades para conocerlas, mira formas para traducirlas. Sin asombro no hay arte, y éste siempre parte de una primera línea, un primer punto, esbozado sobre el aire. En Ribera. Maestro del dibujo, el Museo del Prado reclama la relevancia del dibujo, considerado en ocasiones como «arte menor», a través del lápiz de José de Ribera (1591-1652), artista icónico del siglo XVII cuyos esbozos y aguafuertes oscilan entre el academicismo y la imaginación.

Roma fue su prólogo, ciudad a la que llegó en 1606. Breve su eternidad allí, pues tras una inicial e intensa formación clásica se trasladó a Nápoles, donde sirvió a los virreyes españoles y vivió del arte, en los dos sentidos, hasta su muerte. Pero Roma deja siempre huella en todo pintor, pues Grecia y ella son las musas encargadas de retirar por vez primera la túnica blanca de quien desea entregarse al Arte. Rostros, bustos y figuras con acento escultórico son motivos habituales en el Ribera dibujante que pasó por Roma, destacando la Cabeza de guerrero (1610-15) o los bocetos para el San Pedro penitente (1617-18).

La década de 1620 es la década de su madurez; camino de precisión, detalle y sutileza. Su observación de la naturaleza humana, motivo principal de toda su obra pictórica, dio frutos como el Eremita atado a un árbol (1626), copiado con frecuencia por jóvenes alumnos para el perfeccionamiento de la anatomía en sus ejercicios. De las anatomías de Ribera, cuidadas y rigurosas, nacen rostros e historias de santos y mártires, a quienes solía representar en sus momentos más dramáticos. Gustaba el pintor valenciano del expresionismo sin poder saberlo, buscando para sus cuadernos y lienzos la tensión, la curva en picado, la mirada suplicante, el dolor, el llanto, la vida en grito.

Ribera

A dibujos como La crucifixión de san Pedro (hacia 1624-26), hechos la mayoría a sanguina, le siguen algunas de las escasas escenas mitológicas que pintó a lo largo de su carrera, como Aquiles entre las hijas de Licomedes (hacia 1637-40) o los tímidos y bellos fragmentos del Triunfo de Baco (1636); Media figura de mujer y Detalle de la cabeza del dios Baco (1636). Mismo espacio, misma cálida madera de las salas, para hacer convivir universos tan distintos y semejantes. Tras ellos, los «años prodigiosos», entre 1634 y 1637. Meta de precisión, detalle y sutileza. Imponente Apolo y Marsias (1637), uno de los óleos más importantes que se cuelan y complementan esta exposición. Junto a él, instantes de castigo y tortura que, unidos al dramatismo feroz de algunos dibujos de los santos, provocaron que al pintor se le apodase, en siglos posteriores, como un artista cruel y sádico. Atraído por una curiosidad que jugaba demasiado cerca de la morbosidad y el esperpento. Atraído, en realidad, por todas las expresiones que la vida es capaz de reproducir y mostrar, escogiendo a veces, entre todas ellas, las menos agraciadas o convencionalmente aceptadas. Hay quien ve belleza más allá de fronteras.

Estudios de cabezas y sus distintas partes, como los ojos o la boca, conducen hacia el final de la exposición por un pasillo de extravagantes gestos e interesantes personajes que Ribera, a diferencia de muchos de sus contemporáneos, realizaba tanto como ejercicios preparatorios para futuras pinturas como a modo de pequeñas obras ya acabadas, a lápiz, sanguina o tinta, nacidas por la simple apetencia. Por la pasión. También hombres y mujeres de la Nápoles más cotidiana, capturados por el ojo del artista entre tanta gente que por entonces la habitaba, se exponen como los rápidos apuntes que el ritmo siempre apresurado de la ciudad permite, así como las «extrañas fantasías» que personificaba en curiosos dibujos como Caballero con hombrecillos encaramándose a su cuerpo (hacia 1627-30). Grotescas criaturas salidas de sueños, pesadillas o sarcásticas quimeras. Ribera polifacético, que transformaba cuando antojaba el rígido academicismo en su propia colección de ficciones de cuento. El Ribera que poseía algo de El Bosco, algo de Goya, algo de Ensor. Pintura comparada, pintura sin cronología, genialidades que ya se conocían.

Información práctica

Ribera. Maestro del dibujo

Museo Nacional del Prado, Madrid

Hasta el 19 de febrero de 2017

De lunes a sábado, de 10:00 a 20:00 horas. Domingos y festivos, de 10:00 a 19:00 horas

Precio: 15€ (entrada general), 7,5 € (entrada reducida)

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