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Cuando Degas no pintaba bailarinas

Andrea Reyes de Prado
@AudreyRdP

Es 1886. En Nueva York, han inaugurado la Estatua de la Libertad. En París, el hombre de los ojos vivos, maliciosos, inquisidores, hundidos bajo una gran arcada superciliar en forma de acento circunflejo, toma un café en una mesita redonda de un céntrico Café, con mayúscula. Ha decidido que su trabajo con los impresionistas ha terminado. No le interesa el aire libre ni esa compartida obsesión por los efectos de la luz. Él prefiere trabajar en su taller, solo, protegido por las silenciosas paredes, estudiando el espacio y la solidez de las formas.

Un hombre le pisa sin querer el bajo del abrigo al pasar.

-Tenga cuidado, caballero.        

-Perdóneme. ¿Usted no es…?

Sí, es él. Edgar de Gas, el hombre que unió su apellido como si con ello hubiera pretendido pasar desapercibido en un mundo donde el origen social condicionaba los valores del individuo. El hombre que aprendió de Ingres, que estudió y copió a Durero, Rembrandt, Goya y los renacentistas italianos. El pintor que ha compartido exposiciones con Monet, Cézanne, Pisarro y su recién fallecido amigo Manet. El lector de Mallarmé, Zola y Duranty. El elogiado por Puvis de Chavannes por un pastel expuesto en el Salón, allá por 1865. El retratista familiar, el viajero europeo, el apasionado fotógrafo. El artista difícil, introvertido, callado y absorbido por su trabajo. Nunca en busca de llamar la atención ni el reconocimiento, siempre en busca de nuevas escenas que escondieran la inspiración.

El sabor del café con minúscula le hace sentirse melancólico. Recuerda a su padre, por quien se licenció en Derecho en 1853. Recuerda sus inicios con Lamothe, Valpiçon e Ingres. Sus primeros viajes a Italia a finales de los cincuenta. La primera charla con Manet, en el sesenta y dos, en el Louvre, mientras le sorprendió copiando a Velázquez. El Café Guerbois y la guerra contra Prusia, donde su sentido más preciado quedó dañado para siempre. La primera exposición impresionista, en 1784, en los locales del estudio del fotógrafo Nadar. Y, entre medias, cuadros de caballos y pistas de carreras, desnudos femeninos, músicos de orquesta, lavanderas, absentas, paisajes, cafés-concierto y mercados de algodón de Nueva Orléans.

"El desfile" - Edgar Degas
"Las orquesta de la ópera" - Edgar DegasDistinto a los demás, nunca le ha seducido el momento culminante del espectáculo, ni el instante en el que el caballo alcanza la meta, ni el armónico final de una sintonía. Se fijaba en el antes o el después: el aplauso, el galope, la afinación de un violín.

Ahora apenas puede fijarse en nada. No lo sabe, pero no le quedan más de catorce años para perder por completo la poca vista que le queda y sustituir los pinceles por el barro cocido y el bronce. Mientras tanto y tanto después, irán cayendo las hojas que han decorado el árbol de finales del siglo XIX: Van Gogh, Gauguin, Pisarro, Whistler, Cézanne… hasta que un 27 de septiembre de 1917, en medio de la Revolución rusa, los ojos cansados y grises del impresionista menos impresionado apagarán la luz de su taller para siempre. 

Continúa el camino...
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