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Con permiso de Pierre Bonnard

Bonnard-1944-Photo-Henri-Cartier-Bresson

Andrea Reyes de Prado
@AudreyRdP


Visitar una exposición es, a menudo, como llevar a cabo un allanamiento de morada. Con un folleto entre las manos en lugar de una ganzúa, pero con los mismos ojos ansiosos y llenos, eso sí, de una curiosidad sana, los visitantes penetran en el que es el hogar temporal de un artista. Sus pasos y susurros recorren las salas, siempre meditabundos, rescatando de los cuadros la vida que aún, aunque adormecida por el paso de los años, les habita. Algunos, tímidos, se satisfacen con la contemplación lejana de las obras, mirando a ambos lados con cortesía, como si su intención fuera entrar de puntillas y echarle un rápido vistazo, por miedo a tocar o romper nada, y desaparecen arrepentidos. Otros, en cambio, son ladrones de primera. Ningún pudor les frena, ninguna conciencia poseen. Saben dónde van, cómo entrar y cómo salir con los bolsillos llenos de Belleza. Su mirada es la del eterno asombrado, sus pupilas, las del apasionado del arte. Entrecierran los ojos para captar todos los detalles, y se mueven como una marioneta buscando el punto exacto desde el cual los focos no disparen su luz lunar contra el lienzo.

mue-sep-15-pierre-bonnard-02Pero ninguno de ellos, ni el ladronzuelo escurridizo ni el experto cleptómano de belleza, se marcha nunca de una exposición sin haberse llevado consigo un pedacito del universo de aquél a quien ha ido a visitar. Y, de la misma forma que el visitante dialoga con el artista y se cuela entre las historias de sus pinturas, éstas inspiran y se guardan para sí la experiencia de haber estado en contacto con personas tan diferentes bajo un mismo techo, llevándosela consigo cuando viajen a otros lugares, a otros murales.

Ese encuentro entre artista y espectador/ladrón tiene especial magia cuando la exposición en la que ambos se citan alberga muchos prismas, muchas facetas del protagonista. Y ese encuentro es el que se da lugar en la Sala Recoletos de la Fundación Mapfre este otoño en Madrid, que alberga la primera retrospectiva que se realiza en España en más de treinta años sobre la obra de Pierre Bonnard (1867-1947). Poco conocido en nuestro país, pero clave para el nacimiento del arte moderno, Bonnard se alejó de las teorías artísticas de su época (en la que comenzaban a surgir las vanguardias) y se embarcó en un viaje hacia su interior, tanto espiritual como espacialmente: sus escenas familiares y cotidianas, junto con los paisajes, los dos temas predominantes de su producción, están impregnados de un lirismo melancólico muy personal, vivaz y misterioso, en el que el que el detalle más sencillo puede esconder el secreto que desvele toda la escena.

El espectador inicia su visita, su respetuoso o bien impaciente allanamiento de morada, conociendo al nabi très japonard (“el nabi muy japonista”), como Bonnard fue apodado: la creación, en 1888, junto con algunos compañeros de la Académie Julian Denis, del grupo de los nabis (profetas en hebreo) es el hilo conductor de esta primera parte de la exposición, en la que se comprueba cómo este grupo introdujo en sus pinturas el arte japonés (que sirvió de inspiración para un gran número de artistas de finales del siglo XIX y comienzos del XX), para desarrollar y mostrar sus ideales: una verdad que trascendiera del mundo visible, a través de la exaltación del color y la simplificación de las formas, renunciando a las tradicionales leyes sobre la perspectiva y la proporción.

Pese a su relevancia para la Historia del Arte, la época de los nabis fue tan solo, como el sustantivo indica, un periodo breve, una experiencia dentro de la carrera artística de Pierre Bonnard. No quiso seguir  la corriente, y giró sobre sí mismo en busca de lo cotidiano e íntimo; protagonistas de Interior e Intimidad, las salas más personales e intensas de la exposición. Aquí, el espectador verdaderamente se cuela, cual bandido, en unos interiores silenciosos, furtivos e iluminados bajo una extraña luz artificial. Desde un punto de vista escondido; el pintor en su momento, y ahora el visitante, atiende a un conjunto de escenas sombrías, en las que, aunque no sucede nada que se escape de lo ordinario, el halo de misterio y ensueño que las cubre es del todo extraordinario.

Los desnudos femeninos, a continuación, pillados por sorpresa en el ámbito doméstico, son uno de los temas predilectos de Bonnard. Obras como Un dans un intérieur (1935) o La table de toilette (1908) están inspiradas en Marthe de Méligny, amante del artista y con quien se casó en 1925. Sensualidad, ternura y, al igual que sucedía con los interiores, misterio; definen estas pinturas color pastel, que con la peculiar visión de Bonnard enriquecen  el concepto e interpretación del desnudo femenino a lo largo de los diferentes periodos artísticos. Bonnard recoge y unifica la elegancia de Ingres y la naturalidad de Degas en su figura femenina, siempre medio oculta, tanto física como emocionalmente, pues nunca lograremos descifrar en qué piensa esa mujer dulce y segura cuando cree que nadie la está mirando. Me gusta cuando callas –diría Neruda–, cuando te peinas o desnudas, porque estás como ausente.

La bañista de Valvinçon Ingres 1808 - Mujer peinándose el cabello Degas 1885 - El baño rosa Bonnard 1914-21

En la planta superior, la más enigmática y versátil, esperan los retratos, cuyas reglas tradicionales Bonnard rompió: su círculo de amistades, pertenecientes a la cultura y el arte, aparecen representados con una combinación de sentido del humor y subjetivismo, de parecido y deformación, de, como no podría ser de otra manera, misterio. Los retratos, como los autorretratos que más adelante el espectador también puede contemplar, se encuentran sumergidos en la soledad y la reflexión, así como en una imperecedera inquietud que le acompañó durante toda su vida. Estas tres emociones, además de en las escenas de interior o los retratos, las trasladó a los paisajes: sus estancias en Normandía y la Costa Azul le permitieron estudiar la pintura paisajista, y representar una naturaleza muy colorista y en sintonía con el hombre, que llega al éxtasis con el memento mori virgiliano Et in Arcadia ego (“incluso [la muerte] existe en la Arcadia”). La armonía y la exaltación de la alegría de vivir conviven con cierta angustia existencial, advirtiendo, así, al hombre, de la imposibilidad de alcanzar una plenitud despreocupada.

Y, entre los óleos, como si también se hubieran colado sin permiso; un pasillo del que cuelgan, a un lado, fotografías en blanco y negro. Fotografías que realizó el propio Pierre Bonnard quien, como muchos de sus contemporáneos, se sintió fascinado por aquel extraño y revolucionario invento que estaba entonces en pleno auge. Muchos artistas temían a la cámara, temían que su oficio pudiera difuminarse y extinguirse a causa de la facilidad y precisión con que la realidad podía atraparse ahora, mas no fue el caso de Bonnard. Le sirvió como inspiración y modelo para sus pinturas, las cuales, a partir de la década de 1890, adquieren un carácter diferente, definido por encuadres y composiciones tan fotográficas como fotogénicas.

Con eje cronológico de la vida de Pierre Bonnard, completo y armónico como su obra, el visitante se despide del artista, saliendo del edificio con la satisfacción y la tranquilidad de quien ha cometido uno de los mejores crímenes que pueden cometerse: el de haberse dejado seducir por la belleza del arte, y el haber seducido a éste para que le enseñe su intimidad, su espacio, sus secretos.

Continúa el camino...
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