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Christen Købke, el chico danés

Andrea Reyes de Prado
@AudreyRdP


Dinamarca. Tierra del norte, lejana y ajena. Cuatrocientas seis islas de verde y azul, cinco regiones, todas con vistas al mar, de casitas coloreadas que se abrigan del frío. Una bandera roja cruzada por dos estrellas fugaces, canales y ríos y una sirena que vela por Copenhague. La tierra que otorgó un don a Hans Christian Andersen, la tierra que a escuchó declamar a Hamlet.

Dinamarca. Qué distante nos resulta, qué bellamente remota y desconocida. ¿Qué sucede con la pintura, poesía muda según Da Vinci? ¿Qué pintan los daneses? Recientemente hemos descubierto qué pintaban dos chicas danesas, Gerda Wagener y Lili Elbe (antes Einar Wegener), a través de la última película del director británico Tom Hooper. Pero, antes de que el suceso de sus vidas eclipsara el suceso de sus cuadros, antes de que Einar descubriese que era Lili, antes, de hecho, de que naciese; Dinamarca, su tierra, vivió durante cincuenta años una Edad de Oro.

El pasado 7 de febrero fue el aniversario de la muerte de uno de los principales representantes de dicha edad dorada: Christen Købke (1810-1848), pintor inquieto y curioso cuya vida fue arrebatada por la neumonía demasiado pronto. Siempre vital, siempre joven. Siempre el chico danés.

Alrededor de su infancia, ocurriendo durante su inocente inconsciencia, Copenhague pasó de ser una ciudad arrasada por bombardeos e incendios, sin flota y con bancarrota; a un centro cultural que desplegó sus alas como un ave fénix resurgiendo, valga la literal y mágica redundancia, de sus cenizas. Entre 1800 y 1850, entre la guerra y la caída del absolutismo con la inmediata adopción de la primera Constitución danesa; Christen Købke conoció el esplendor de su ciudad, el esplendor del conocimiento y la literatura, el esplendor de las artes. ¿Cómo iba a perderse ese maravilloso mundo que brillaba al otro lado de su humilde y sencilla casa de panaderos? Soñar no fue suficiente para él, mirar, tampoco. Quiso formar parte de aquello, y no sabía cómo. Tuvieron que ser unas fiebres quienes le iluminaran y empujaran a atravesar aquella pesada puerta de madera: durante la convalecencia, preso en la cama, dibujó. Dibujó su casa, a su familia, cómo entraba la luz por la ventana. Y le gustó tanto que decidió que, no cuando fuera mayor, sino desde ese mismo instante; iba a ser artista.

Christen Købke
Christen Købke – Retrato de Frederik Sodring y vista de la colección Plaster Cast

Entre 1822 y 1837 Christen Købke estudió dibujo y pintura, primero en la Real Academia de Arte Danesa y, posteriormente, de forma autodidacta; buscando en su paleta su propio estilo y, en sí mismo, aquellos motivos que desease pintar. Se inició en el paisaje de lápiz y grafito, que a menudo convertía después en óleo. Paisajes daneses cuya luz y atmósfera trataba de capturar e inspirar, y paisajes introspectivos bajo la forma de retratos. Familiares, amigos y compañeros de oficio posaron para el joven Christen Købke, quien se vio influido –pues todos somos hijos de nuestro tiempo– por el estilo de los franceses Jean-Baptiste Greuze y Claude Lorrain, así como de las ideas de aire nacionalista de Niels Lauritz Høyen, historiador del arte que defendía la búsqueda de temas y costumbres danesas frente al fuerte eco italiano.

Pero ninguna voz contagiaba a Købke. Mientras otros pintaban sublimes panorámicas, él buscaba discretos rincones desde los cuales pudiera verse un paisaje único, diferente, secreto y apasionante. Puntos de vista que, sin él sospecharlo, también buscarían más adelante los primeros fotógrafos. Tras haber contraído matrimonio a finales del 1837, salió por primera de Dinamarca. Acompañado por el también pintor Georg Hilker. durante dos años recorrió Italia, dejándose seducir por el Mediterráneo. Al regreso, llevaba una gran carpeta de bocetos bajo el brazo. Se sentía entusiasmado por la imparable inspiración que aguardaba entre los papeles y manchones que allí dentro hacia el norte viajaron.

Christen Købke
Christen Købke (1838) – Vista desde Dosseringen cerca del Lago Sortedam y mirando hacia los suburbios Norrebuo en las afueras de Copenhague – Óleo sobre lienzo

Pero, con la vuelta a casa, ese entusiasmo se convirtió en el inicio de las desventuras: en 1843 falleció su padre y, tres años más tarde, la prestigiosa Academia de Arte rechazó su solicitud de ingreso. A partir de entonces, sus cuadros adquirieron un formato más grande y, su corazón uno más pequeño. Se acercó al clasicismo y se alejó de su salud, que tras unos meses de lucha finalmente le abandonó en forma de neumonía en febrero de 1848. La enfermedad se llevó, además de su cuerpo y espíritu, su arte; de la misma forma que se lo entregó.

Christen Købke, el chico danés, permaneció en el recuerdo de pocos durante mucho tiempo. Murió joven, como siempre fue, y dejó una producción no lo suficientemente numerosa como para que pudiera propagarse por estudios y escuelas. Sus paisajes, arquitecturas y retratos tuvieron que esperar, para comenzar a ser apreciados y valorados, a que terminase su siglo, el XIX. El siglo romántico y apasionado. Aquel que vio nacer y morir la Edad de Oro de la pintura danesa y, con ella, a uno de sus sacerdotes.

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2 Responses

  1. PabloMC

    Una gozada de artículo, desconocía tanto al pintor como al movimiento danés y ha sido un grato descubrimiento. Es sorprendente el modo en que el costumbrismo y las escenas plácidas se llenan del espíritu nacionalista al modo de Madrazo en España, pero con un acabado y perspectiva más próximo a la pintura de Vermeer. Junto al pintor sobre el que trata el artículo, recomiendo la obra de Eckersberg y Bendz como representantes muy dignos de este Siglo de Oro de la pintura danesa. Como añadido, debo decir que la lectura se hace una verdadera delicia, felicidades y gracias.

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