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Bruce Davidson: ausentes criaturas

Andrea Reyes de Prado
@AudreyRdP


Mirar el blanco y negro de las aves bailando en torno a Lola, estática figura humana de piedra y memoria, frente al agua helada de Central Park, y evocar la imagen de esas motas blancas de nieve cayendo desde la breve cúpula que contenía una catedral. Tras ella, los rojos labios y la suave voz de Mary Poppins entonando, tan dulce: Compre usted migas de pan, dos peniques cuestan, no más

Conmovedor e íntimo, Bruce Davidson (Chicago, 1933), cuya trayectoria recoge estos meses la Fundación Mapfre de Madrid tras haberse expuesto en Barcelona, se llama a sí mismo fotógrafo humanista. Qué podría querer decir con esa apreciación, ese subtítulo que trasciende al título, al oficio. Qué podría buscar un fotógrafo humanista que no anhelen los demás; la magia de un instante, ya humano, ya material o paisajístico, en cada uno de sus lenguajes propios.

Bruce Davidson
Lola en Central Park con pájaros y nieve, Nueva York, 1992

El secreto; la mirada. No la del objetivo, las lentes, el diafragma. Ese ojo de cristal es tan sólo el último paso, el medio de transporte, su precisión. Es la actitud del hombre ante el mundo que le rodea. La de Bruce Davidson es una mirada humanista: nacida de la curiosidad, empujada por el asombro, cultivada en el hábito incansable del conocimiento. La preocupación, a partir de todo ello, por la sociedad de su tiempo. Desde la lucha por los derechos civiles en Estados Unidos durante los años sesenta, entre su constancia y sus gritos, hasta el silencio de los rostros más recónditos y salvajes de un circo de Nueva Jersey. Desde las pulcras noblezas inglesa y escocesa, de puntillas sobre vetustas alfombras verdes sin naturaleza, hasta los escombros que arañan los tobillos que cruzan despavoridos y huérfanos la East 100th Street de Harlem, en Nueva York. Retratar un acto cotidiano y sutil en el transcurso de tantas vidas.

«Voy a intentar mostrar las escasas briznas de hierba que crecen, como cualquier otra brizna de hierba, sólo que éstas lo hacen entre cristales y trozos de metal retorcido y brillante al sol».

Desde Lola hasta Kathy. Desde la mujer de pizarra y mármol que de espaldas alimenta la paz de su pasado a la chica rebelde que busca en el espejo de una máquina de cigarrillos hacia dónde va su presente. Juventud, divino tesoro extraviado entre los miedos, los impulsos, la indecisión, las apariencias, el amor, la guerra por dentro que estalla y se equivoca. Lola moriría entre palomas. Kathy resbaló y cerró los ojos, muchos años antes, en los asientos de algún coche al otro lado de la ciudad. «En realidad –explicó Davidson, sobre su serie de las bandas de Brooklyn–, estas fotografías no son sobre bandas, sino sobre el hecho de ser adolescente».

Bruce Davidson
‘Chica sujetando un gatito’, Londres, 1960 y ‘Niña con una jaula’, Harlem, Nueva York, 1966

Desde otro coche en Arizona, el del matrimonio Walls –con quienes descubrió su ‘voz’, en 1955, mientras realizaba el servicio militar–, a los ventanales nostálgicos y cautos de Montmartre, donde la viuda de un pintor acaricia recuerdos de cuando todo bullía a su alrededor. Los tubos de pintura, los pinceles ensuciando las mangas de las camisas, el aire que secaba los trazos de óleo, las tertulias fuera, las indecisiones dentro, la lucha por la firma, el amor, los sueños. Los nombres y apellidos que Bruce Davidson sabía, las historias que escuchaba, las copias de sus fotografías que entregaba. Las vidas por las que se interesó, con las que convivió y que hizo suyas para después mostrarlas al mundo. Contemplari et contemplata aliis tradere. Contemplar y compartir lo contemplado. Mirada humanista.

«Estaba muy encandilado con Cartier-Bresson, pero estaba empezando a pasar mucho tiempo con el personaje. Supongo que es porque estoy buscando esa imagen que nunca encuentro por lo que me detengo mucho tiempo».

Cincuenta años de trabajo y vocación reunidos en las dos plantas que ocupan esta muestra monográfica. Cincuenta años de viajes por el universo propio de miles de personas, tanto en su singularidad como en su colectividad. Junto a las fotografías, algunas revistas que publicaron sus instantáneas, como Esquire o Life, y los textos informativos que guían al visitante a lo largo de tantas etapas y vivencias. Cincuenta años, desde aquel primer entusiasmo de quien aún tiene todo por descubrir al sereno descanso de la vista, y de sus cámaras, sobre algunos parques y ciudades de hoy. Secretos que Bruce Davidson resguarda en tantos retratos, fruto de la admiración y la empatía hacia el ser humano. Secretos que quizá sólo a él le hubieran desvelado esos rostros callados, etéreos. Esas ausentes criaturas perdidas. Como si supiesen que iba a llegar a ellos, en ese mismo momento, en ese mismo lugar. Porque, como describe Carlos Gollonet, comisario de la exposición, Davidson «nunca roba una fotografía; logra penetrar en la intimidad, pero nunca de manera intrusiva, sino pactada». Como si le estuvieran esperando, para contarle algo, para contárnoslo a nosotros. O simplemente para detener un instante de su soledad con el fin que alguien más fuera consciente de ella.

Información práctica

Fundación Mapfre. Sala Bárbara de Braganza
C/ Bárbara de Braganza 13, Madrid

Hasta el 15 de enero de 2017

Lunes, de 14:00 a 20:00 horas.
De martes a sábado, de 10:00 a 20:00.
Domingos y festivos, de 11:00 a 19:00 horas.

Entrada: 3€

+ INFO

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